LA PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN

 

                                          La crucifixión y muerte

1º Los Evangelios relatan sólo la crucifixión. No se detienen en describir cómo se crucifica a Jesús. La documentación que existe es suficiente para hacernos una idea de este suplicio que es típico de los romanos, aunque hay ejemplos esporádicos en otras culturas. Seguramente proveniente de los medos y persas, practicado también por los fenicios, lo copian los romanos para castigar los peores delitos y, sobre todo, asegurarse el orden de las regiones ocupadas (Heródoto, Historia, 1,128; 3,132.159; Tucídides, Historia, 1,110,3). Así en el territorio de Palestina, Quintilio Varo, el año 4 a.C., manda a la cruz a más de dos mil judíos en Jerusalén; Tiberio Alejandro, el 46 d.C., lo hace con Santiago y Simón, hijos de Judas Galileo; Ummidio Quadrato, gobernador de Siria, crucifica, del año 52 al 53, a los prisioneros de Samaría del procurador Cumano; Félix, procurador del 52 al 60 d.C., ajusticia «incontables» judíos; Gesio Floro, del 64 al 66 d.C., también condena a la cruz a judíos con ciudadanía romana. En el asedio a Jerusalén, antes de su toma y quema del templo en el 70 d.C., se clava en el madero a diario a más de quinientos judíos. Cicerón y Josefo afirman que es el peor de los suplicios que un hombre puede sufrir (Verrinas, 2,5,165; Ant., 20,102.161). A esto se añade la maldición de Dios de la tradición bíblica sobre los que cuelgan de un madero, pues los judíos suspenden a los ajusticiados con la lapidación o decapitación por idólatras o blasfemos como castigo añadido después de la muerte (cf. Dt 21,23; Gál 3,13); los escritos del Qumrán sentencian expresamente que «son malditos de Dios y de los hombres los colgados del árbol» (11Q Rollo del Templo, 64,12).

Los romanos tienen varios modos de crucificar. En la cita sobre el asedio a Jerusalén, Josefo escribe que los soldados bajo el mando de Tito clavan a los rebeldes con posturas diferentes. De todas formas, hay unas constantes que se mantienen en la mayoría de los casos. Se desnuda al condenado una vez que llega al lugar de la crucifixión; supone una especie de botín para los verdugos, aunque la Misná, debido al pudor judío, dice de los condenados a la lapidación: «… cuando se encontraba distante cuatro codos del lugar de la lapidación, se le quitaban los vestidos. Si era un hombre, se le cubría por la parte delantera; si era una mujer, por delante y por detrás» (Sanedrín, 6,3, 734). Marcos afirma: «Lo crucificaron y se repartieron su ropa, echando a suertes lo que le tocara a cada uno» (Mc 15,24). Juan concreta que «la dividieron en cuatro porciones, una para cada soldado; aparte la túnica. Era una túnica sin costuras, tejida de arriba abajo, de una pieza» (Jn 19,24). Lo más probable es que se distribuyan el turbante, la correa, las sandalias y el manto. La túnica es como una camisa larga que se ajusta a la piel.

El condenado es tendido en la tierra y se le clavan al patíbulo las muñecas en la zona del carpo, porque éste es capaz de soportar el peso de un cuerpo suspendido, no así las palmas de las manos. El clavo, que suele medir de 13 a 18 cm. de longitud con una cabeza cuadrada de 1 cm., penetra hasta la madera entre la primera y la segunda articulación del carpo en el espacio situado entre los huesos escafoides y semilunar y el hueso grande. Es el sitio más seguro para evitar un desgarramiento. A pesar de que un clavo en cualquiera de los dos sitios en la muñeca puede pasar entre los elementos óseos y no producir fractura alguna, la posibilidad de herir el periostio es grande. Éste es el que recubre al hueso y recoge su sensibilidad. Más aún, el clavo al penetrar destruye el nervio mediano, el de mayor sensibilidad de la mano. La afección de este nervio origina un fuerte dolor en ambos brazos y la parálisis parcial de la mano. Además, la perforación de los tendones flexares por los clavos provoca fuertes contracciones de la mano.

Las señales que muestra Jesús a los discípulos en la resurrección son prueba de que no es atado con cuerdas al travesaño; que digan los Evangelistas «manos», en este caso se entiende en sentido amplio que comprende las manos y el antebrazo (cf. Lc 24,39-40). Fijada la parte superior del cuerpo, se eleva sobre el palo vertical que normalmente está hincado en la tierra.

En la mitad del palo hay una especie de tablilla de madera saliente, al que el reo asienta de inmediato las nalgas para no quedar descolgado. De esta manera se retrasa la muerte por afixia (Séneca, Epístolas morales, 101,12). A los dos bandidos que ajustician con Jesús, se les acelera la muerte quebrándoles la tibia y el peroné para que los cadáveres no queden suspendidos de la cruz en sábado (cf. Jn 19,31-32). La muerte es rápida de no existir las tablilla, pues el reo para respirar sólo tiene la posibilidad de empujar hacia arriba para alzar el cuerpo, haciendo fuerza sobre sus propios pies y de esta forma poder expulsar el aire, lo que le provoca un dolor horrible, porque el peso del cuerpo recae sobre el tarso. Si no es así, el peso del cuerpo tirando hacia abajo por los brazos y hombros extendidos tiende a fijar la musculatura intercostal en un estado de inhalación quedando los pulmones hiperinsuflados, lo que dificulta la salida del aire -la exhalación pasiva- dando lugar a una respiración superficial y agónica.

La forma más común de fijar los pies al poste es pasar el clavo por la parte media del pie, entre el primer y segundo espacio intermetatarsiano. Con ello se daña por encima el nervio peroneo al entrar y las ramas mediales y laterales de los nervios plantares por la planta al salir. Se colocan los pies uno sobre otro. La planta del pie izquierdo (o derecho) se coloca sobre el dorso del pie derecho (o izquierdo) con los dedos hacia abajo, quedando en una situación de hiperextensión, ciertamente muy forzada. Otro procedimiento de fijación de las piernas al palo vertical es colocarlas de lado al poste; entonces el clavo atraviesa los tarsos, parte posterior al pie, situada entre el metatarso y la pierna, y se perfora el calcáneo (hueso del talón) en sentido lateral, como se muestra en el crucificado Yehohanán hallado en 1968 en Jerusalén. Hasta el siglo III no aparece la tablilla donde el condenado apoya los pies para ser clavados.

La cruz puede ser commissa, donde la traviesa se apoya en el punto superior del palo vertical, como la tau griega (Ƭ). Se llama immissa (†) cuando se cruzan los palos asegurándose con cuerdas o clavos. También decussata cuando forman los dos palos una X. La elevación de la cruz varía. Puede estar casi a la altura de los soldados que custodian al reo, para ser devorado por las fieras en los coliseos romanos; o ser alta de forma que se vea a distancia por la población (Suetonio, Nerón, 29,1; Artemidoro, La interpretación de los sueños, 2,53). En el caso de Jesús, las referencias evangélicas, aunque sean redaccionales, dan a entender que la cruz es, a la vez, alta y baja. Los sumos sacerdotes le tientan para que baje de la cruz (cf. Mc 15,33); el soldado le da la esponja con el vinagre por medio de una caña (cf. Mc 15,36); por el contrario, el centurión que le confiesa como Hijo de Dios está frente a él (cf. Mc 15,39), que no debajo.

Normalmente al reo le cuelgan en el cuello un rótulo donde está escrita la causa por la que ha sido condenado. A veces lo lleva uno de los soldados o verdugos (Suetonio, Calígula, 32,2). Lo clavan en la parte alta de la cruz, pues la cabeza queda por debajo de los brazos. Hay casos en que la tablilla se fija en el suelo junto al palo vertical. Tomando la referencia de Juan, la inscripción dice: «Jesús el Nazareno, Rey de los judíos» (Jn 19,19), y especifica que está escrita en tres lenguas: arameo, la lengua hablada en Palestina, latín, lengua oficial de Roma, griego, la lengua común del Imperio (cf. Jn 19,20). La mentira de la inscripción es lo único que lee Jesús sobre sí mismo en su vida.

Los soldados o verdugos dan de beber a Jesús dos veces en el Gólgota. Antes de crucificarlo «le ofrecieron vino con mirra, pero él no lo tomó» (Mc 15,23). Es un analgésico que elaboran los judíos para narcotizar a los condenados evitando parte del dolor. De hecho Proverbios aconseja: «Dad el licor al vagabundo y el vino al afligido: que beba y olvide su miseria, que no se acuerde de sus penas» (31,6-7). Las mujeres de Jerusalén practican esta costumbre para los condenados (Billerbeck, I 1037-1038). Jesús la rechaza para mantener su control personal y evitar convertirse en un simple chivo destinado a perecer, o, siguiendo a Marcos, para llevar a cabo el compromiso que adquirió en Getsemaní de cumplir la voluntad del Padre asumiendo el sufrimiento y el dolor de la cruz. Poco antes de morir en la cruz «uno empapó una esponja en vinagre, la sujetó a una caña y le ofreció de beber» (Mc 15,36). La finalidad es apagar la sed del reo, pues es una bebida refrescante que emplean con frecuencia los soldados y campesinos en sus trabajos. También ayuda a conservar la conciencia y, por tanto, alarga el sufrimiento del crucificado. De la intencionalidad de los verdugos depende que sea un socorro contra el dolor o una maldad para mantener vivo a Jesús.

 

2º  «Al mediodía se oscureció todo el territorio hasta la media tarde» (Mc 15,33). Las tinieblas cubren la tierra en señal de luto, como cuando muere Rómulo y César. Es la imagen cósmica que suele acompañar la muerte de una figura histórica (Virgilio, Geórgicas 1,466; Plinio, Historia Natural 2,29). También puede interpretarse como símbolo del final de la historia y del juicio venidero, donde la cruz alcanzará su pleno significado (cf. Mc 13,23-26). En este sentido se cumple un juicio global de la historia humana, o sólo para el pueblo de Israel por intervenir en la muerte de Jesús, un juicio que entraña como posibilidad el castigo divino dentro de un contexto de ira. En este caso, las tinieblas deben unirse a la rotura del velo del templo después de la muerte de Jesús (cf. Mc 15,38) si queremos entender la palabra «territorio» a la región habitada por Israel. Al rechazar al Mesías de Israel, se inutiliza el templo como presencia divina para el futuro.

Los soldados «se sentaron allí para custodiarlo» (Mt 27,36). Ellos vigilan al crucificado por dos razones fundamentales. La primera es para cumplir la sentencia de crucifixión y para que se lleve a cabo como está prescrito en las costumbres y leyes romanas. La segunda es para que los familiares no roben el cadáver para enterrarlo, pues el castigo de la crucifixión se prolonga más allá de la muerte: las alimañas deben comerse el cadáver o debe desaparecer por otros medios (Suetonio, Augusto 13, I 190;  Artemidoro, La interpretación de los sueños, II,53). Esta práctica se mezcla con una intencionalidad teológica en Mateo (27,54). Más tarde los soldados tienen la función de ser testigos de su muerte y confesar la filiación divina de Jesús, filiación que está presente en toda la pasión en el enfoque del Evangelista.

Los Evangelios indican la presencia de un grupo de seguidores que con toda probabilidad están en las murallas: «Estaban allí mirando a distancia unas mujeres [Mc 15,40] que habían acompañado y servido a Jesús desde Galilea» (Mt 27,55); o, al decir de Lucas, «sus conocidos se mantenían a distancia» (Lc 23,49). Es muy difícil que los soldados y verdugos admitan junto a la cruz familiares o amigos de los crucificados. El pueblo observa los ajusticiamientos siempre de lejos. Los romanos suelen sacar a los condenados fuera de la ciudad, porque no los consideran personas ni ciudadanos.

«Jesús lanzando un fuerte grito, expiró» (Mc 15,37). Es normal que en medio de tanto sufrimiento se emitan quejidos fuertes, por más que el estado agonizante y la situación de suspensión en la cruz no facilite articular gritos. Jesús muere de una forma instantánea. El aoristo exepneusen («expiró su vida») advierte que hay una interrupción seca de la existencia, aunque los castigos precedentes hayan avisado la muerte constantemente. Ni el fallecimiento viene como una dormición, ni la muerte es una salida dulce de la historia, si bien es verdad que el grito puede ser la última espiración, que, por lo general, es más ruidosa que la exhalación normal.

La creencia cristiana elabora unas frases para darle contenido a su último suspiro. Con ello intenta interpretar la conciencia de Jesús en estos momentos finales. Pero el grito también comporta una carga simbólica. Jesús no se despide de la vida por la puerta trasera. Es un aviso. La costumbre de elevar la voz está muy enraizada en la tradición bíblica (cf. 1Re 8,55; Ez 11,13). Con frecuencia adquiere un significado peculiar en los relatos apocalípticos que describen los tiempos finales de la historia humana con una gran parafernalia. Particular énfasis se pone cuando, en estos momentos, se ofrece la batalla definitiva entre el bien y el mal, entre Dios y el diablo, cuyo precedente lo sabemos por la lucha que Jesús sostiene con los endemoniados.

La muerte le sobreviene a Jesús por muchos factores, porque el hecho de la crucifixión no entraña herir un órgano vital que produzca la muerte de inmediato. Recordemos la pérdida de sangre en la flagelación y en la crucifixión, la toma de escasa cantidad de líquidos, la posición en casi suspensión que mantiene en la cruz, el dolor causado por las palizas que le propinan los guardias de los sumos sacerdotes y los soldados, la tensión acumulada en un día de acontecimientos tan duros para su vida, etc. Todo ello puede originar una arritmia por estrés y paro cardíaco por edema de pulmón, que daña los tejidos y los capilares. Éstos se tornan más permeables (es decir comienza a escaparse el líquido de la sangre e infiltrarse en los tejidos), dando lugar a una acumulación de líquido alrededor del corazón (derrame pericárdico) y de los pulmones (derrame pleural). Las causas principales de la muerte pueden ser por shock causado por deshidratación y por pérdida sanguínea.

Jesús dura poco en la cruz, entre tres y seis horas. De hecho Pilato se asombra de que haya muerto tan pronto (cf. Mc 15,44), porque los condenados agonizan lentamente y permanecen en el suplicio incluso varios días. Para acelerar la muerte se aplica el crurifragium. Se rompen la tibia y peroné con una barra de hierro. Entonces el reo pierde el apoyo, queda el cuerpo suspendido y muere al no poder respirar. Juan cuenta lo siguiente: «Era la víspera del sábado, el más solemne de todos; los judíos, para que los cadáveres no quedaran en la cruz el sábado, pidieron a Pilato que les quebrasen las piernas y los descolgasen. Fueron los soldados y quebraron las piernas a los dos crucificados con él. Al llegar a Jesús, viendo que estaba muerto, no le quebraron las piernas, pero un soldado le abrió el costado de una lanzada. Al punto brotó sangre y agua» (19,31-34). Los verdugos suelen llevar una lanza de 2,40 cm. que se usa para el tiro, que no para el combate cuerpo a cuerpo.

La ciencia médica explica que el agua proviene del líquido acumulado en la pleura de los pulmones (derrame pleural) y en el pericardio (derrame pericárdico) como consecuencia de la insuficiencia cardiaca por la asfixia. La perforación de la lanza puede llegar hasta el corazón haciendo brotar sangre. Es posible también que en el pericardio haya mezcla de sangre y se derrame como consecuencia de una rotura cardiaca (hemopericardio), en cuyo caso la lanza al atravesar la pleura hace brotar agua (derrame pleural) y, a continuación, al llegar al pericardio la sangre acumulada en él. La sangre derramada es fruto, pues, de un hemopericardio. Por consiguiente, lo más seguro es que la lanzada se dirija al corazón, el costado izquierdo, aunque también es posible que la lanza penetre del lado derecho hacia el izquierdo atravesando el pulmón derecho.

Lucas escribe: «Sus conocidos se mantenían a distancia, y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea lo observaban todo» (23,49). Sabemos de la presencia de las mujeres en el vía crucis, en la crucifixión, contemplándola desde la muralla, y al pie de la cruz, según los relatos de los Evangelistas. Mateo (27,56), Marcos (15,40) y Juan (19,25) identifican a las mujeres que están en el Calvario. Sin embargo, Lucas las deja en el anonimato, no obstante las nombre cuando acompañan a Jesús en sus giras por Palestina (María Magdalena, Juana, Susana, Lc 8,2-3). Estas mujeres son las que le arropan en su vida pública «con sus bienes» (Lc 8,3).

Además de las mujeres asisten a la crucifixión algunos conocidos, seguramente parientes y discípulos. Lucas no es tan severo con ellos como los demás Evangelistas, que afirman que en el huerto de los olivos desaparecen de la escena de la pasión. Aún se siente el eco de aquella traición: «Lo abandonaron todos y huyeron» (Mc 14,50) al estilo de la protesta del enfermo ante Dios: «Has alejado de mí a mis conocidos, me has hecho repugnante ante ellos» (Sal 88,9). Para Lucas no todos andan huidos, como los discípulos más cercanos, es decir, los Doce u Once, aunque ha evitado narrar este hecho vergonzoso. Se refiere seguramente a algunos de los setenta y dos discípulos que antes Jesús envió a evangelizar en Galilea (cf. Lc 10,1.17), o que después de la resurrección aparecen nombrados, como los que iban a Emaús (cf. Lc 24,13), y más genéricamente en la aparición a los Once «y a todos los demás» (Lc 24,9). También es verdad que no los sitúa muy cercanos a la cruz, como se atreve a decir Juan de su madre, la hermana de su madre, las dos Marías y el discípulo predilecto (cf. Jn 19,25).

La mirada de las mujeres sobre lo que está ocurriendo en el Calvario entraña dos funciones: atestiguar que muere Jesús y asegurase el lugar de la sepultura para justificar su presencia en la mañana del domingo: «Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás para observar el sepulcro y cómo habían colocado el cadáver» (Lc 23,55).

 

3º Según la costumbre judía, los crucificados deben ser descolgados antes de la noche (cf. Dt 21,22-23) y ser enterrados, porque a todo cadáver, incluso el de los enemigos, le corresponde una parcela de tierra. En el caso de Jesús y demás ajusticiados se añade que por la tarde comienza la fiesta de Pascua. Por tanto, no pueden quedar suspendidos en la cruz en el «gran sábado» (Jn 19,31). No obstante, esto choca con la costumbre romana de dejar los cadáveres colgados hasta que se pudran por completo o se los coman las alimañas, porque el castigo de los condenados a morir con este suplicio se prolonga más allá de la muerte (Petronio, El satiricón, 111-112.155-158).

Con todo, en un Imperio tan vasto no siempre se cumplen las normas por igual (Cicerón, Verrinas, 2,5,45), y seguramente en Judea, cuyos habitantes no tienen la ciudadanía romana, es el procurador el que dicta el derecho según conveniencia de la paz social local. Por eso no es extraño que dejara sepultar los cuerpos de los ajusticiados judíos, cuando éstos tienen muy clara su necesidad y derecho. Sin embargo, la sepultura del ejecutado no es la correspondiente a un familiar fallecido en circunstancias normales. Por ejemplo, Josefo afirma sobre la costumbre del entierro para los malhechores: «El que blasfeme contra Dios morirá lapidado y luego permanecerá colgado por el día y finalmente será enterrado sin honores e ignominiosamente» (Ant., 4,202).

Muerto Jesús, se procede a su entierro. Todos los Evangelios coinciden en un nombre para cumplir esta misión: José, procedente de Arimatea, la actual Rantís, un pueblecito situado a 30 km. al nordeste de Jerusalén. Él pide el cadáver a Pilato y se encarga de la sepultura: «Ya anochecía; y como era el día de la preparación, víspera del sábado, José de Arimatea, consejero respetado, que esperaba el Reino de Dios, tuvo la osadía de presentarse a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato se extrañó de que ya hubiera muerto. Llamó al centurión y le preguntó si ya había muerto. Informado por el centurión, le concedió el cuerpo a José. Éste compró una sábana, lo bajó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca. Después hizo rodar una piedra a la boca del sepulcro» (Mc 15,42-46).

José es un «consejero», es decir, una persona respetada por su pueblo debido a su piedad, a su influencia social, o a sus posesiones. También puede significar que pertenece al Sanedrín, como dice Lucas, pero entonces se obliga a aclarar de inmediato que no interviene en la condena de Jesús (cf. Lc 23,51). En cualquier caso no procede de Galilea y no ha venido a Jerusalén siguiendo a Jesús, como los Doce o las mujeres citadas antes. De hecho nadie de sus discípulos se apresta a ayudarle a enterrar a Jesús. Que sea «justo y honrado» (Lc 23,50) corresponde a una persona influyente y abierta a las nuevas propuestas que entraña el Reino, como tantos piadosos judíos, al estilo del letrado que coincide con Jesús sobre el mandamiento del amor a Dios y al prójimo y al que le dice: «No estás lejos del reino de Dios» (Mc 12,28-34). Para Juan, José es «un discípulo clandestino», 19,38; para Mateo es ya decididamente un «discípulo» y «adinerado» (Mt 27,57), ampliando la propuesta de Marcos. Con ello justifica Mateo que entierra a Jesús «en un sepulcro nuevo que se había excavado en la roca» (Mt 27,60), hecho que confirman Lucas (23,53) y Juan (19,41). A pesar de que José de Arimatea no sea un discípulo, se hace cargo del cuerpo de quien oficialmente es un excluido y condenado por la sociedad y el Imperio, aunque sea su nivel social lo que le permite acceder a Pilato para pedirle el favor. He aquí una de las claves por las que se recuerda en las comunidades cristianas su acción generosa y su progresiva inserción entre los seguidores de Jesús.

Así, pues, los soldados bajan a Jesús de la cruz y le entregan el cuerpo a José, toda vez que su muerte adquiere carácter oficial al saber Pilato por el centurión que ya ha fallecido. José actúa solo en apariencia, aunque se supone que es ayudado por algunos criados. No se nombra a nadie del entorno cercano a Jesús, porque los discípulos andan huidos, las mujeres y familia desaparecen de la escena al prohibirse cualquier acción sobre el reo muerto que dignifique su entierro, como es costumbre en la cultura judía. No se limpia el cuerpo de Jesús ni se le unge antes de enterrarlo.

La Misná reglamenta la costumbre de que a los condenados no se les puede enterrar en el panteón familiar. Sólo se llevan los restos cuando se han reducido a los huesos. José envuelve el cadáver en una sábana para evitar que quede desnudo, lo introduce en una tumba y la cierra con una piedra; así impide que los animales se lo coman. El sepulcro debe estar cerca de la crucifixión, seguramente será uno de los huecos excavados en la roca donde los romanos facilitan la sepultura de los crucificados o que el Sanedrín dispone para los condenados a muerte. Esto contribuye a cumplir la prohibición de que se trasladen los restos de los fallecidos en la Pascua (Misná, Shabat 10,5).

 

 

RESURRECCIÓN

 

 

 

Introducción

 

No cabe duda que el final de la vida de Jesús origina en los discípulos una crisis que les separa de su seguimiento. La crisis que padecen va más allá de la sorpresa que les supone su forma de morir. Y tiene dos razones de fondo: su pertenencia al pueblo elegido y su confianza en la vida y predicación de Jesús. La primera obedece a que todo judío de bien ya no puede garantizar que el mensaje de Jesús se equipare al mensaje de Dios, o que se pueda hacer en su nombre, pues el rechazo de las autoridades religiosas y la condena de Pilato evidencian un alejamiento divino con el que se prueba la falsedad de su doctrina o lo utópico de su enseñanza y vida. Las frases vociferadas por los sumos sacerdotes y escribas cuando Jesús está crucificado van en este sentido: *Si es Hijo de Dios, que baje de la cruz […] Se ha fiado de Dios: que lo libre si es que lo ama+ (Mt 27,40.43). Aunque sean redaccionales, el trasfondo último responde a esa confianza ilimitada en Dios de todo fiel justo. Y los discípulos no comprueban que Dios mueva un hilo en favor de Jesús. La segunda corresponde al sentido de la vida de Jesús, que ha sido proclamar el Reino de Dios, de forma que sus obras y su doctrina implican el inicio de la presencia histórica de la misericordia y el perdón de Dios procedentes del amor ilimitado a sus hijos, a su creación. Y los discípulos se han implicado en este mensaje hasta simbolizar con el Maestro la salvación de Dios en Israel. Por consiguiente, la muerte de Jesús es la *muerte+ del Dios que ofrecen a sus conciudadanos. Con la desaparición de estos dos agentes de la salvación se anula toda posibilidad de proseguir su acción en la historia. Se inutiliza la fe en Dios y la confianza en Jesús, y con ellas la esperanza suscitada en sus vidas y el compromiso radical formulado al acompañar a Jesús: *Mira, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido+ (Mc 10,28par). La muerte en cruz de Jesús sentenciada en un juicio legal y por una causa tipificada en el derecho del Imperio destruye toda su pretensión y la de sus partidarios. Más aún. Ser acusado como *rey de los judíos+ excluye a Jesús de morir como un mártir por la causa que defendió, y sus seguidores quedan incapacitados para esgrimirla en adelante.

 

 

Los discípulos desertan y dejan a Jesús solo. Suena su aviso momentos antes de ser apresado: *Todos vais a fallar […] Lo abandonaron todos y huyeron+ (Mc 14,27.50; Mt 26,56). Y lo demuestra el hecho de que ni se presentan para darle sepultura. Las autoridades religiosas llevan toda la razón y la fe en el Señor continúa en las coordenadas que defienden de tiempo, pues han probado que es falsa la vida de Jesús y el ámbito de esperanza que había creado fundado en la historia profética de Israel. Su proyecto queda así aparcado. Humanamente no hay otra salida sino aceptar el fracaso. La única posibilidad de resolver esta situación es que Dios diga otra cosa, porque ésta es una cuestión que atañe directamente a Él, porque es a Él a quien ha obedecido y se ha entregado Jesús por entero.

 

 

Los datos históricos

 

No es tan fácil reconstruir los hechos que rodean la resurrección de Jesús. Con todo, y a pesar de los resultados fragmentarios que se deducen de las antiguas tradiciones muy elaboradas por las comunidades cristianas y los redactores, se pueden entresacar los datos que enumeramos a continuación, aunque siempre de una forma indirecta.

 

Los discípulos que acompañan a Jesús a Jerusalén regresan a la Galilea natal y retoman sus trabajos como solución al descalabro de la misión; otros permanecen en Jerusalén, quizás los que se le unen en la fase final de su ministerio (Lc 24,13).

 

Al poco tiempo (Mc 9,2par; 14,28par) y en Galilea (Mt 28,16-20) sucede un acontecimiento en el que los discípulos más allegados creen vivo al que, días antes, ha sido ajusticiado y sepultado (Mc 15,43-46par). Todos los datos disponibles conducen a que Pedro es el primer convencido de este hecho inaudito, o al menos es el más interesado en difundir la noticia a los seguidores de Jesús y proclamarla a los cuatro vientos(4). Junto a Pedro proponen los textos neotestamentarios otra serie de testigos que no son siempre los mismos, pero indican la persistencia de un encuentro personal con el que aparece ahora vivo: *… se apareció a Cefas y después a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos de una sola vez: la mayoría viven todavía, algunos murieron ya; después se apareció a Santiago y después a todos los apóstoles. Por último se me apareció a mí [Pablo], que soy como un aborto+ (1Cor 15,5-8).

 

 

Lo cierto es que estos encuentros con Jesús les transforman casi por completo. Lo observamos comparando la nueva disposición que manifiestan y la nueva obligación que asumen ante todo el mundo con el comportamiento seguido días antes en Jerusalén en el prendimiento de Jesús en Getsemaní (Mc 14,50par). La pasión los dispersa; ahora, por el contrario, aparecen juntos y son capaces de establecer relaciones con un Jesús *distinto+. Después de encontrarse con él en Galilea regresan a Jerusalén, de donde han huido (Lc 24,33). En la ciudad santa, por ejemplo, Pedro, que le había negado durante la instrucción del proceso de las autoridades religiosas (Mc 14,66-71par), explica sin miedo alguno que la historia de Jesús iniciada en Galilea permanece todavía, que no se ha acabado con su muerte. El primero de los discípulos se presenta a las gentes que viven o visitan Jerusalén con un vigor insólito hasta entonces, insistiendo una y otra vez que: *Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y señales que Dios realizó por su medio, como bien sabéis. A éste, entregado según el plan previsto por Dios, lo crucificasteis por mano de gente sin ley y le disteis muerte. Pero Dios, liberándolo de los rigores de la muerte, lo resucitó, pues la muerte no podía retenerlo+ (Hech 2,22-24). Los discípulos bautizan, crean comunidades y admiten a otros discípulos que extienden la fe en Jesús resucitado por doquier. Lucas lo indica con una noticia que repite varias veces: *El mensaje de Dios se difundía, en Jerusalén crecía mucho el número de los discípulos+ (Hech 6,7). Pero no limita el suceso de que Jesús *vive+ sólo a Jerusalén, sino que lo amplía a los núcleos judíos del Imperio e incluso se admite a los paganos. Y los discípulos cobardes, que dejan a Jesús solo ante los sumos sacerdotes y Pilato, se convierten en creyentes valientes que entregan la vida por su causa . Ciertamente los encuentros con el *nuevo+ Jesús les transforman por completo.

 

Por otro lado, con otros testigos y en distinto lugar, Jerusalén, se ofrece el relato de la tumba de Jesús. María Magdalena o unas mujeres se acercan al sepulcro para llorar su muerte (Mc 16,1-8par). El resultado de la visita es que encuentran la piedra corrida y la tumba vacía. Tal hecho, muy diferente al que experimentan los discípulos varones, no les lleva al encuentro con Jesús, como atestiguan los dos adeptos a Jesús que caminan hacia Emaús (Lc 24,22-23).

 

En este sentido y a raíz de la experiencia de la resurrección se extiende la opinión de que el cadáver ha sido robado. Opinión que se da tanto entre los seguidores como entre los enemigos de Jesús. Se relata (Jn 20,11-18) en la visita que hace al sepulcro María Magdalena en el primer día de la semana y sus encuentros con los ángeles y con Jesús. Compungida al ver el sepulcro vacío, le preguntan los ángeles: *Mujer )por qué lloras? Responde: Porque se han llevado a mi señor y no sé dónde lo han puesto […] Le dice Jesús: Mujer, )por qué lloras? )A quién buscas? Ella, tomándolo por el hortelano, le dice: Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a recogerlo+. Lo mismo sucede con las autoridades religiosas de Jerusalén, que elaboran una estrategia para convencer a la población de que el cadáver ha sido robado por los discípulos (Mt 28,11-15).

 

Se piensa que la desaparición del cadáver del sepulcro obedece al robo, y no sólo al principio del cristianismo, sino también por muchos pensadores a lo largo de los siglos. Es la lógica de toda persona sensata que no ve al difunto en su lugar. De hecho los relatos elaborados para cubrir las primeras opiniones sobre el sepulcro vacío se unen a la increencia de los discípulos de que Jesús *vive+: *Pero ellos [los discípulos] tomaron el relato [de las mujeres] por un delirio (leros) y no les creyeron+ (Lc 24,11; cf. Mc 16,11-14). Esto obliga a escribir nuevas apariciones del Resucitado o a ampliar algunas de ellas para, después de muertos los primeros testigos, enseñar a dar el paso a una creencia más estable y duradera en la resurrección en otra perspectiva, cuando ya se sitúa a Jesús definitivamente en la gloria del Padre. Son los relatos de Tomás y de los discípulos de Emaús que narran Juan (20,19-29) y Lucas (24,13-35).

 

Al margen de la incoherencia de los relatos y el testimonio de los soldados que no vale para probar que el cadáver ha sido robado si dormidos, lo inexplicable es que una mentira pueda dar pie a la transformación radical de los discípulos y a la proclamación de que Jesús está vivo de una manera tan intensa y permanente. La historia hubiera acabado muy pronto si el cadáver se hubiese robado. Y sería imposible crear una experiencia que transmita la dimensión divina aplicada a un ser de forma tan real. No obstante esto, lo que se difunde es la existencia o realidad de un encuentro personal con Jesús después de muerto, y más tarde se comprueba que Jesús no está en el sepulcro donde depositó su cadáver José de Arimatea. Por eso, los escasos datos aportados provienen de que no hay testigos del hecho de la resurrección. Nadie ve cómo Jesús es devuelto a la vida por Dios, ni cómo se corre la piedra, ni cómo sale del sepulcro. Es lógico que nadie intente describir este acontecimiento y se extienda la opinión del robo del cadáver.

Estos malentendidos responden a que la resurrección no entra dentro de las categorías de los milagros de resurrección que realiza Jesús en el hijo de la viuda de Naín (Lc 7,11-17), en la hija de Jairo (Mc 5,23.35-42par) y en Lázaro (Jn 11,1-45). Tampoco Jesús sobrevive, por otra parte, al estilo de la existencia eterna de su alma por ser de naturaleza espiritual, como defiende la antropología griega. Ni la comprobación directa con los *devueltos a la vida+ ni la racionalidad que prueba la eternidad de los espíritus en contra de la caducidad de lo temporal, contingente e histórico, pueden fundar la explicación de la resurrección de Jesús. Ésta pertenece a la vida nueva en Dios prometida desde tiempo a Israel. Por consiguiente, es un acontecimiento escatológico, es decir, la situación que Dios dará al final de los tiempos a sus hijos y que los humanos no poseemos elementos para describirlo y entenderlo. Está en la línea que Pablo afirma con rotundidad: *Sabemos que Cristo, resucitado de la muerte, ya no vuelve a morir, la muerte no tiene poder sobre él. Muriendo murió al pecado definitivamente; viviendo vive para Dios+ (Rom 6,9-10).

 

Y es que lo que se verifica en la historia necesita del espacio y del tiempo, que es como se identifica todo acontecimiento, y la resurrección no entra dentro de estas coordenadas espacio-temporales. A esto se añade que para delimitar y describir un hecho histórico se necesita de la analogía y la correlación con otro hecho histórico para poder entenderlo. Y esto tampoco se da en la resurrección. Nadie con anterioridad se ha presentado en las condiciones que lo hace Jesús después de su muerte. Además, todo relato histórico reclama la objetividad, la descripción del hecho en sí mismo, para reconocerlo como tal, al margen de toda subjetividad e ideología que lo oriente hacia una determinada perspectiva. La resurrección, por el contrario, prende en el individuo y lo cambia radicalmente. Para ello necesita la fe que introduce al creyente en la dimensión divina y éste entiende que el poder de Dios hace posible recrear la vida de Jesús e influye en rehacer la propia. Lo único que podemos aportar son pruebas indirectas de que tal acontecimiento ha sucedido y que forma parte del contenido de la esperanza de Israel para los tiempos finales.

Pablo nombra a Pedro y a los Doce, después a Santiago y a los Apóstoles en la tradición que cita en Corintios (cf. 1Cor 15,3-5). Estas parejas de nombramientos deslindan a los que acompañaron a Jesús en su ministerio y a los que se integraron a la fe después de Pascua, pero todos ellos quedan legitimados para la misión de anunciar la vida de Jesús y su función salvadora por la resurrección. Pablo y Bernabé extienden el mensaje entre los gentiles, Pedro y los demás entre los judíos (cf. Gál 2,7.9). Esta división artificial, que más mira a la progresiva liberación de las tradiciones judías para los paganos que abrazan la fe, se concreta en el futuro con la primacía de Santiago en la comunidad de Jerusalén (cf. Gál 2,1-10) y la de Pedro, poco a poco para todos, judíos y gentiles (cf. Hech 2,14-41). De esta forma Pedro sigue siendo el primero de las listas que legitiman el anuncio de Jesucristo y se incorpora en la confesión de fe cristiana: «… resucitó al tercer día según las Escrituras y se apareció a Cefas» (1Cor 15,4-5).

La preeminencia de Pedro en el mensaje de Pascua se ratifica por el anuncio del ángel a las mujeres: «… id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ellos a Galilea. Allí lo verán, como les había dicho» (Mc 16,7). En Galilea, pues, Pedro experimenta a Jesús resucitado y éste le confirma una primacía que se entronca en las promesas que le había hecho en su ministerio: «Pues yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta Piedra construiré mi iglesia, y el imperio de la Muerte no la vencerá» (Mt 16,18), y en las nuevas recomendaciones nacidas del encuentro con el Resucitado: «Pedro […], apacienta mis corderos […] apacienta mis ovejas […] apacienta mis ovejas» (Jn 21,15-17). Este encuentro con el Resucitado le empuja a congregar de nuevo a los discípulos más cercanos y a encabezar la proclamación de la salvación ofrecida por Dios en Jesús, cuya experiencia de creerlo vivo desplaza, en cuanto lo incluye, el mensaje del Reino de Jesús. Entonces la voz común de las comunidades primeras proclama: «Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón» (Lc 24,34).

Pedro y los Once, incorporado Matías (cf. Hech 1,15-26), forman el núcleo histórico sobre el que recae la proclamación de la resurrección, y se constituyen en los protagonistas de la rápida difusión de la noticia y de la experiencia. Que Pedro contagie la visión a los demás discípulos (cf. Lc 22,31-32), o que Jesús se deje ver a todos, es decir, a los Once (cf. Mc 16,14), a los quinientos (cf. 1Cor 15,6), a María Magdalena (cf. Jn 20,11-18) y a las mujeres (cf. Mc 16,1), como se afirma en las tradiciones, queda en segundo término. Lo que está en juego en estas noticias son dos cosas fundamentales: La inesperada acción de Dios en Jesús y la autoridad con la que reviste la comunidad a los que se les aparece Jesús y se convierten en creyentes de dicho acontecimiento divino. No existe interés alguno, quizás porque no se pueda y no se sepa, por explicar la experiencia y el encuentro con el Resucitado y su condición como Resucitado.

Así, pues, ni Pedro ni los demás discípulos comunican su experiencia personalmente, aunque no debe ser muy diferente a la que escribe Pablo de la suya. La diferencia que existe entre Pablo y los demás creyentes que se encuentran con Jesús resucitado es que Pablo se ve obligado a decirlo para acreditar su misión, que no es el caso de los discípulos. Éstos de una forma sencilla y escueta expresan el acontecimiento de la resurrección en los primeros momentos y la divulgan por medio de las confesiones de fe y más tarde por las narraciones sobre la tumba vacía y las apariciones que justifican la afirmación breve de que «Jesús vive».

 

3º  Las confesiones de fe: «Dios resucitó a Jesús de entre los muertos» (Hech 3,15). La acción de Dios recae en Jesús de Nazaret. Aunque los hombres le hayan crucificado, Dios le ha sido fiel, como fiel se ha mostrado Jesús en todos los momentos de su vida. Dios responde a la fidelidad de Jesús con la resurrección

El poder del amor de Dios sobre Jesús se enuncia de muchas formas en el NT, aunque finalmente prevalece la palabra «resurrección»,  es decir, «levantar», «alzar», «resucitar» (cf. Mc 8,31). Se indica una nueva acción o un movimiento que cambia una situación dada. Por ejemplo, el estado postrado de un enfermo, que, al sanar, se levanta, se alza para reiniciar la vida. Se comprende, pues, que se use para la resurrección de la muerte, muy unida a la enfermedad. «Resurrección» forma parte lógicamente del significado de «salvación». Acentúa la identidad entre Jesús crucificado y el Cristo que ha recreado Dios. Cerca del vocablo «resurrección» están el «volver a la vida» o «estar vivo» (2Cor 13,4), que, para que no se confunda con una simple «reanimación», al estilo de los milagros de la hija de Jairo, Lázaro o el hijo de la viuda de Naín, se dice con el sentido de «vive siempre», «permanece siempre» (Heb 7,24-25), «no vuelve a morir» (Rom 6,9), etc.

Otro término que se emplea para «resurrección» es «levantar», «despertar», «alzar» (cf. Mc 16,6). Supone incorporarse de la tumba, o salir del ámbito de la muerte, dejar atrás la condición mortal para iniciar una nueva vida; Jesús vive (cf. Mc 16,14) y no está sujeto a la ley de la muerte (cf. Rom 6,9) por medio del poder de Dios. Además el «ser exaltado», o «ser glorificado» se orientan al movimiento de entrada o ingreso en la gloria divina, lo que le conduce al «señorío» de Jesús sobre toda la creación, como relatan en los himnos cristológicos.

La incidencia de la acción de Dios sobre Jesús entraña además una repercusión en la vida de todos los humanos. La resurrección de Jesús, como «primogénito de entre los muertos» (Col 1,18) actúa sobre los creyentes en él como una «nueva vida» que está más allá de la muerte (cf. Rom 8,10-11) y significa una «nueva creación» (2Cor 5,17), que cambia la existencia humana (cf. Col 3,1-4).

 

4º  Después de tratar las confesiones de fe, se pasa a los relatos de la resurrección. Y está dentro de la lógica de los creyentes. No todo está dicho ni explicado con la afirmación del hecho de que Jesús ha resucitado. Por consiguiente, se buscan relatos donde se concreten las circunstancias de la resurrección. El hecho permanece sin tocar: «Dios resucita a Jesús de entre los muertos», pero se entiende mucho mejor al convertirse en historia vivida por unos personajes conocidos de todos los seguidores de Jesús. Los himnos proclaman la exaltación de Jesús. Ellos describen el ascenso de Jesús a la gloria divina (cf. Flp 2,9-11). La afirmación de la exaltación la escenifica y traduce en una crónica Lucas: «Después los sacó hacia Betania y, alzando las manos, los bendijo. Y, mientras los bendecía, se separó de ellos y era llevado al cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén muy contentos» (Lc 24,50-52).

Estas crónicas o narraciones de la resurrección tienen el mismo humus que las confesiones y los himnos. Se escriben para alimentar la fe y explicarla en las comunidades; como las confesiones, forman parte de las predicaciones, y como los himnos se rezan o proclaman en la liturgia. Por tanto, su finalidad inmediata es la que es, y no la narración de una historia donde se transmiten los acontecimientos de Pascua para datarlos, codificarlos y fijarlos para que lo sepan las generaciones posteriores. Ni se intenta ni se busca la verdad histórica, sino reflexionar sobre el hecho y significado de la fe en la resurrección. Y en este sentido hay que explicarlas.

 

  1. La tumba abierta y vacía descubierta en el primer día de la semana no forma parte de la predicación de los primeros cristianos. Pedro no hace referencia a ella en el día de Pentecostés (cf. Hech 1,14-35) y Pablo no la cita en la tradición que transmite en la carta a los Corintios (1Cor 15): si Jesús «fue sepultado» es para ratificar la muerte, como las apariciones son para confirmar la resurrección. Quizás tampoco es necesario acentuar lo que resulta evidente en una visión antropológica judía, cuando la concepción más común en ella es la continuidad entre el cuerpo histórico y el cuerpo resucitado. Pero, por otra parte, es imposible proclamar la resurrección de Jesús en Jerusalén si se comprueba que su cadáver yace en la tumba. Así, pues, a la noticia de la resurrección le corresponde acreditar que el cadáver no está en el sepulcro.

No obstante esto, la tumba abierta y vacía es el mejor lugar para divulgar la resurrección y para que preceda a los relatos de las apariciones, aunque las narraciones ante el sepulcro presuponen la experiencia de la resurrección. De lo contrario no se entienden. Lo cierto es que la tumba introduce fecha y lugar al anuncio de la resurrección. Tratemos el texto más antiguo (cf. Mc 16,1-8) y del que dependen los demás evangelistas, texto centrado no en el dato histórico del sepulcro vacío, que lo es, sino en el mensaje que se ofrece allí, que es su finalidad última.

 

Marcos narra la sepultura de Jesús por José de Arimatea. Lo hace en un sepulcro excavado en la roca y tapa la entrada con una piedra para que las alimañas no destrocen el cadáver. «María Magdalena y María de José observaban dónde lo colocaban» (Mc 15,47). Ahora comienza el relato del anuncio de la resurrección una vez que se ha centrado la atención en que las mujeres saben dónde está el sepulcro y que está perfectamente cerrado. Se da a entender que el entierro está en función de la mañana de Pascua y la mañana de Pascua está en función de la proclamación de la Resurrección por el ángel. Los detalles de la descripción son secundarios.

Empieza el párrafo diciendo que, «cuando pasó el sábado, María Magdalena, María de Santiago y Salomé compraron perfumes para ir a ungirlo. El primer día de la semana, muy temprano, llegan al sepulcro al salir el sol» (Mc 16,1-2). Las mujeres que observan desde la muralla la crucifixión y muerte de Jesús (cf. Mc 15,40) son las que se disponen a ungirlo. Sin embargo no se apercibe el redactor de que la costumbre judía de ungir los cadáveres no se hace con perfume, sino con aceite. Además, en las honras fúnebres no se emplean aromas confeccionados con esencias de plantas para crear un ambiente agradable contrapuesto al olor que pueda despedir el cuerpo. Tampoco es costumbre en Israel embalsamar los cadáveres, como en Egipto. Por otro lado parece descabellado ungir un cadáver destrozado, envuelto en una sábana y enterrado más de un día. Se unge a los muertos antes de enterrarse, no después. Más sentido tiene ir al sepulcro para llorar la desaparición de un ser querido (cf. Jn 11,31). Aún así, lo que subyace en el relato es que las mujeres se disponen a realizar una acción que revela su amor y veneración a Jesús.

Por tanto, se advierte que todo el párrafo está orientado a la necesidad de que las mujeres marcharan al sepulcro ese día, el primero de la semana —según la liturgia, sin referencia a la muerte—, el tercero de la muerte de Jesús —alusión a la inmediata historia de la pasión—, como rezan las fórmulas cristianas. Y en una hora indicada por dos veces: «muy temprano», «al salir el sol». Quizás se pretenda llamar la atención sobre lo siguiente: si la unción de Betania tuvo la finalidad de adelantarse a ungir el cuerpo de Jesús antes de su muerte porque no se haría cuando se le sepultara (cf. Mc 14,8), la unción de ahora es para anunciar la resurrección; como fue al anochecer cuando se dispuso José de Arimatea a enterrarlo (cf. Mc 14,42), ahora, al amanecer, al salir el sol, es cuando se proclamará su resurrección. En cualquier caso, Dios ha madrugado más que las mujeres. Por muy temprano que salen hacia el sepulcro, se encuentran al llegar que Dios ya ha resucitado a Jesús, ya que Él es el Señor del tiempo y de la historia.

Frente a la tumba «se decían: ¿Quién nos correrá la piedra de la boca del sepulcro? Alzaron la vista y observaron que estaba corrida la piedra. Era muy grande» (Mc 16,3-4). Las mujeres saben que la piedra es un impedimento para la supuesta unción, pues observan cómo sellan el sepulcro al atardecer del viernes (cf. Mc 15,47). De ahí nace su interrogante y el portento de la resurrección, pues como la piedra es «grande», de igual manera tiene que ser grande el acontecimiento o el poder de la persona que la aparte o la corra. Por eso, si grande es la muerte y la piedra con la que es sellada en el sepulcro, más grande es Dios que separa la piedra y vence la muerte con la resurrección.

«Entrando en el sepulcro, vieron un joven vestido con un hábito blanco, sentado a la derecha; y quedaron espantadas. Les dijo: No os espantéis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Mirad el lugar donde lo habían puesto» (Mc 16,5-6). Sin preguntarse el porqué está la piedra corrida y sin percibir aún el interior de la tumba, entran al sepulcro y se encuentran con un joven que pertenece al mundo celeste por sus vestiduras (cf. Mc 9,3), y sentado, signo de autoridad, en el lugar de la felicidad y de la nobleza, como es la derecha. El sobresalto de las mujeres al verlo responde a las reacciones típicas del contacto con lo trascendente y la conciencia de que están ante una revelación divina. Es un temor reverencial, que no pánico que atenace a las personas. El joven invita a la serenidad ante el anuncio que les va a hacer, que es el centro del pasaje y de todo el evangelio de Marcos. No va a relatar lo que ha acontecido, sino simplemente lo afirma sin más. El joven identifica a Jesús sin título creyente como Hijo de Dios, como Mesías, como Hijo del Hombre, como Señor. Lo nombra según su procedencia y destino en la historia de connotaciones negativas: «nazareno» (Jn 1,46) y «crucificado» (Gál 3,13). El anuncio de la «resurrección» sigue después de indicar que ha recaído la acción sobre el «crucificado». Se contraponen, pues, el resultado de muerte de la obra humana y la respuesta contundente de la obra divina. No hay duda de quién ha actuado y sobre quién lo ha hecho, porque el joven es su representante y lo que dice es «palabra de Dios». Dios ha pasado a Jesús de la muerte a la vida, de Nazaret a lo más alto del cielo. Porque está vivo, la tumba se encuentra vacía; ella ni lleva ni precede a la resurrección; es una consecuencia lógica del que cree que la persona se compone de una unidad psicosomática inseparable.

«Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ellos a Galilea. Allí lo verán, como les había dicho» (Mc 16,7). La referencia es a cuando advierte Jesús a sus discípulos después de la Última Cena que van a huir cuando se precipiten los acontecimientos del viernes. Entonces dice: «pero, cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea» (Mc 14,28). Es una vuelta gozosa, muy distinta a cuando se dirige a Jerusalén con los Doce: «Iban de camino, subiendo hacia Jerusalén; Jesús se les adelantó y ellos se sorprendían; los que le seguían iban con miedo» (Mc 10,32). A continuación les participa por tercera vez que va a padecer. Que Jesús les espere en Galilea indica la reconciliación entre el maestro y los discípulos después de su huida en Getsemaní. De nuevo se distingue a Pedro de los demás discípulos en el anuncio de la resurrección (cf. Lc 24,34; 1Cor 15,5). Así lo proclama la comunidad y le reconoce como el primer testigo.

El anuncio de la resurrección lleva consigo una tarea, un trabajo. Y Galilea es la «sede» del Evangelio, de donde proceden todos, Jesús y los discípulos, donde se ha proclamado la Buena Noticia y donde se unieron a la misión con Jesús. Ahora, resucitado, lo verán allí, y al verlo lo comprenderán «entero», como Jesús y como Mesías, y de esta manera lo proclamarán por doquier, tanto en Galilea como en Jerusalén.

Las mujeres huyen asustadas; no se fijan dónde lo enterraron como lo hicieron el viernes (cf. Mc 15,40) y ni siquiera cumplen la invitación del joven de comunicarles la noticia a los discípulos: «Salieron huyendo del sepulcro, temblando y fuera de sí. Y de puro miedo, no dijeron nada a nadie» (Mc 16,8). Es a Pedro a quien corresponde proclamar la resurrección; a ellas les sobra con el seguimiento que han mantenido en la pasión, muerte y, ahora, en la recepción del anuncio de la resurrección. De todas formas su testimonio no es decisivo en la fe de la comunidad. Lucas termina el párrafo de la siguiente forma: «Ellas […] se volvieron del sepulcro y se lo contaron todo a los Once y a todos los demás […] Pero ellos tomaron el relato por un delirio y no les creyeron» (Lc 24,8-11). Los discípulos de Emaús opinan de igual manera. Dicen al desconocido que se les ha unido al viaje: «Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han alarmado; pues, yendo de madrugada al sepulcro, y al no encontrar el cadáver, volvieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles que les dijeron que él está vivo» (Lc 24,22-23). Pablo no las nombra como testigos de la resurrección (cf. 1Cor 15,5-9).

Sin embargo, Pedro al escuchar el mensaje de las mujeres «se levantó y fue corriendo al sepulcro. Se asomó y vio sólo las sábanas; así que volvió a casa extrañado de lo ocurrido» (Lc 24,12). Después visitan el sepulcro los demás discípulos (cf. Lc 24,24), incluido el discípulo predilecto (cf. Jn 20,1-10). Lo cierto es que Pedro no cree en la resurrección con ver el sepulcro vacío, pero al menos no desoye ni esconde la declaración de las mujeres. Se cumple lo que les dice el ángel en el relato de Lucas antes de proclamar la resurrección: «¿Por qué buscáis al vivo entre los muertos?» (Lc 24,5). Pedro es sólo testigo de la desaparición del cadáver y tiene que volver a la comunidad. Quizás la clave para que crean él y los demás discípulos sea la aparición del Resucitado, el encuentro personal con quien está vivo y la donación de su Espíritu, que fundamentan la vida fraterna y el introducirse en la nueva historia que vive Jesús de Nazaret.

 

  1. Las apariciones. La convicción de que Jesús vive parece que proviene de una aparición, o una serie de apariciones o encuentros con los discípulos más cercanos y que se formulan de una manera muy escueta. Lo hemos observado en Pablo: «… se apareció a Cefas y después a los Doce…» (1Cor 15,5). Marcos lo da a entender en el relato sobre la visita de las mujeres al sepulcro vacío: «Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ellos a Galilea. Allí lo verán, como les había dicho» (Mc 16,7). A este hecho simplemente afirmado se le da más tarde un cuerpo de relato en el que se relaciona a Jerusalén con el sepulcro y a Galilea con las apariciones. Lo mismo sucede con el tiempo, que se concreta en el amanecer del primer día de la semana del sepulcro con el anochecer de las apariciones (cf. Lc 24,29; Jn 20,19). Más tarde las apariciones se diversifican y se usan según los objetivos de Mateo, Lucas y Juan.

El desarrollo de los relatos de las apariciones proviene del lógico interés de las comunidades de fundar la fe en lo que constituye su auténtico arranque histórico, como es la experiencia de la resurrección: «… si Cristo no ha resucitado, es vana nuestra proclamación, es vana nuestra fe» (1Cor 15,14). Experiencia que se adapta a las situaciones de las comunidades y a las interpretaciones más válidas para que Jesús se mantenga vivo y operante en ellas. Las reconstrucciones del hecho de las apariciones son muy ricas y divergentes. Algunas apariciones transmiten el encuentro entre Jesús resucitado y sus discípulos más cercanos, a los que se les capacita para una determinada misión y con la que se pretende narrar la creación de la comunidad cristiana. Son apariciones que fundan el cristianismo, además de explicar en qué consiste la resurrección. Otras apariciones se orientan a enseñar el proceso creyente para llegar a la convicción y experiencia de la resurrección, toda vez que ya no es posible a los cristianos de las generaciones posapostólicas un encuentro con el resucitado. Por último, hay que afirmar que las apariciones no se deben confundir con el hecho de la resurrección, sino que son la consecuencia lógica de ella y se utilizan para testimoniar la acción divina sobre Jesús. Como no existe un relato pormenorizado de la resurrección, las apariciones determinan lo más cercano a ella. Jesús se aparece a los discípulos y a los creyentes (cf. Jn 20,24-29; Lc 24,13-35; Jn 20,11-13). Contemos una.

Los Once están en Galilea para encontrarse con Jesús resucitado, como les había citado previamente por medio de las mujeres que habían visitado el sepulcro (cf. Mc 16,7). El lugar del encuentro es un «monte», un sitio donde Jesús revela la voluntad de Dios a su pueblo y se revela como enviado suyo a los discípulos. Entonces escribe Mateo que «al verlo, se postraron, pero algunos dudaron» (Mt 28,17). Sucede igual que cuando Jesús sale al paso de las mujeres cuando huyen del sepulcro (cf. Mt 28,9). Es la adoración ante quien ya creen como su Señor, no obstante haya sido difícil el camino de acceso a la creencia, sobre todo a la de la resurrección. Tenemos un ejemplo en las escenas que narra el Evangelista de la tempestad del lago en la que los discípulos creen naufragar (cf. Mt 8,26), o del hundimiento de Pedro en el agua (cf. Mt 14,30-31) como muestras de sus dudas y falta de fe en la fuerza y la veracidad de la palabra de Jesús.

Pero el señorío de Jesús responde a la debilidad de los discípulos. Jesús ha sido revestido de todos los poderes por Dios Padre. Está capacitado para revelar la voluntad salvadora de Dios y para ejercerla, y como tal la participa en cierta medida en su ministerio público: «Y llamando a sus doce discípulos, les confirió poder sobre espíritus inmundos, para expulsarlos y para curar toda clase de enfermedades y dolencias» (Mt 10,1). Los Doce, unidos a Jesús, se centran en las ovejas descarriadas de Israel, predican el Reino y hacen toda clase de signos para indicar que Dios está cercano, o se está acercando a su pueblo (cf. Mt 10,7-8). Sin embargo, todo cambia con la resurrección aunque tenga elementos básicos de continuidad, como es la misión.

Por consiguiente, ahora que está sentado a la derecha del Padre: «Jesús se acercó y les habló: Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. Por tanto, id a hacer discípulos entre todos los pueblos; bautizadlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, y enseñadles a cumplir cuanto os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo» (Mt 28,18-20). El señorío de Jesús es universal y en este ámbito confiere la misión a los discípulos. Ellos no deben centrarse sólo en las ovejas de Israel, sino recorrer todo el mundo, todos los pueblos, para anunciar la buena noticia del Reino. El mensaje es muy concreto a estas alturas. En primer lugar el bautismo es el rito para introducirse a la fe y declarar el sentido de pertenencia a la comunidad. En él se adquiere la filiación divina, que el Padre manifiesta a Jesús en su bautismo realizado por Juan (cf. Mc 1,11). El Padre es el nuevo rostro de Dios, y su Espíritu, el poder de amor por el que las personas se saben consagradas recreando el mundo en la nueva dimensión que ha inaugurado la presencia histórica de Jesús.

En segundo lugar, el mandamiento del amor, que resume la ley y las enseñanzas de los profetas, es lo que los discípulos tienen que enseñar y hacer cumplir a los nuevos cristianos para que puedan consagrarse y consagrar la creación a Dios, es decir, hacer de nuevo toda la realidad imagen y semejanza, aún más, hija del nuevo rostro misericordioso de Dios Padre revelado por Jesús. En tercer lugar, si los discípulos siguen estas normativas, él no los abandonará. Que Jesús esté con ellos, es la garantía de la validez de su misión significada en su permanencia entre los pueblos a lo largo del tiempo. La compañía de Jesús, en fin, es la seguridad del éxito de la misión, antes que la calidad del discípulo. Un éxito que se verá cuando transcurra todo el tiempo que hay entre la resurrección y la venida como juez a separar la paja del trigo, a los que han amado al prójimo de los que lo han despreciado (cf. Mt 13,49; 25,34.41).

 

Conclusión

 

Dios habla poco después de manifestar un silencio escandaloso en la pasión y muerte de Jesús. Y habla recreando la vida de Jesús. Los cristianos comprenden la resurrección como un acto de Dios, como un acto del amor paterno divino, con el que prueba su filiación divina: Jesús es el Hijo de Dios. Con ello Dios revela la nueva dimensión a la que está destinada la historia humana, porque la resurrección de Jesús se confiesa como una primicia del destino global de la historia (cf. Rom 8,22). Además, Dios aprueba la vida de Jesús como el contenido último de su voluntad salvadora para los hombres. Así invalida todas las anteriores relaciones y revelaciones que ha mantenido con Israel que no coincidan con las líneas de actuación y mensaje de Jesús.

Con unas doctrinas judías parcas sobre la resurrección, los escritores del Nuevo Testamento intentan transmitir la experiencia de la resurrección que tienen los discípulos elegidos. No se centran ni en el hecho de la resurrección ni en relatar la identidad del Resucitado. Todo apunta a que la resurrección entra de lleno en la nueva dimensión de la realidad que Dios tiene destinada y preparada para sus criaturas y para la creación entera. Es una realidad ciertamente objetiva, pero está más allá de la realidad creada. Por tanto la capacidad humana está imposibilitada de identificarla y explicarla como cualquier acontecimiento histórico. No nos extrañe que los primeros incrédulos de este acto de Dios sean los primeros destinatarios del mensaje iluminador de la mañana del primer día de la semana.

El acceso a la resurrección se ofrece por medio de la experiencia creyente de los discípulos que los transforma radicalmente. Se ha descrito en el análisis de las apariciones a María Magdalena, a Pedro o a los Once y a Pablo. Las apariciones son encuentros reales con el Resucitado, que se les presenta e impone en su nueva dimensión divina, y que derivan en un recurso literario con el que los creyentes legitiman a algunos discípulos para formar las comunidades. Son, pues, actos fundacionales de la experiencia cristiana.

Los relatos de las apariciones están ciertamente interpretados; sin embargo difunden el hecho de la resurrección y del Resucitado como visto y oído. Él es capaz de mantener conversaciones con sus discípulos (cf. Lc 24,13-32; Jn 20,15-17), les interpreta la Escritura (cf. Lc 24, 25-27), pronuncia afirmaciones teológicas importantes como la relación entre ver y creer (cf. Jn 20,29) o la fundamentación de su autoridad (cf. Mt 28,18; Jn 20,21), por la cual mantiene la oferta de la misericordia divina a todos los hombres por medio del perdón de los pecados de los discípulos (cf. Jn 20,23), instituye a Pedro como el primero entre los discípulos (cf. Jn 21,15-17) y a éstos como los que deben extender el mensaje cristiano a todo el mundo con la señal del bautismo (cf. Mt 28,19-20). En definitiva, la presencia del Resucitado permanece en la historia (cf. Mt 28,20), no obstante esté él en la gloria del Padre.

Las apariciones fundan la misión, pero no describen la vida e identidad del Resucitado. Lo que está en juego en estas narraciones es el acto del poder amoroso de Dios sobre Jesús, del cual los discípulos son testigos y, transformados por su encuentro con él, reviven su vida y su mensaje desde la perspectiva resucitada. Del mensaje del Reino proclamado por Jesús se pasa al mensaje de los discípulos sobre Jesús resucitado, resurrección que los bautizados se harán partícipes. Con esto se abren al mundo nuevo que Dios ofrece a la creación. De aquí nace el pueblo de la nueva alianza, que será el ámbito natural donde se crea al Hijo de Dios, se experimente su Señorío y se le ofrezca a los judíos y a los gentiles, es decir, a la creación entera, que se convierte en el nuevo cuerpo del Resucitado participando de su filiación divina gracias a su Espíritu (cf. Rom 7,4).

 

 

 

 

 

 

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