IDEAS SOBRE EL SACERDOCIO DE LA VIDA RELIGIOSA

 

            1.- Decreto  de La caridad perfecta  sobre la Vida Religiosa del Concilio Vaticano II.

En el número 5 dice: . Ante todo, han de tener en cuenta los miembros de cada Instituto que por la profesión de los consejos evangélicos han respondido al llamamiento divino para que no sólo estén muertos al pecado, sino que, renunciando al mundo, vivan únicamente para Dios. En efecto, han dedicado su vida entera al divino servicio, lo que constituye una realidad, una especial consagración, que radica íntimamente en el bautismo y la realiza más plenamente.

En consecuencia, los religiosos, fieles a su profesión, abandonando todas las cosas por Él, sigan a Cristo como lo único necesario, escuchando su palabra y dedicándose con solicitud a las cosas que le atañen.

            2.Al vivir radicalmente el Bautismo, entre otros ministerios, desarrollamos la triple relación del amor que es Dios —bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo—:

En nuestra misión debemos llevar a cabo la relación de amor del Padre: Creador, Providente, Salvador con todas las criaturas que nos encomiendan en la misión

 En nuestra misión debemos llevar a cabo la relación del amor del Hijo que ha tenido con todos sus hermanos, que nos ha hechos hijos del Padre y hermanos entre sí.

Asumimos la relación de amor del Espíritu porque somos templos suyos, como dice San Pablo (cf1Cor 6,19), y nos da la fuerza interior para entregaros a crear la fraternidad universal y la salvación y providencia del Padre.

            3.En el crisma que se nos impone en el bautismo se nos da la gracia de ser sacerdotes, profetas —saber discernir el bien del mal— y reyes —saber hacer el bien—.

El sacerdocio universal de cristianos por el bautismo los religiosos lo radicalizamos y consiste en lo que nos dice la Carta a los Hebreos de lo que es el sacerdocio de Cristo:

 Carta a los Hebreos (5,1-10): «Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, porque también él está sujeto a debilidad. A causa de ella, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo. Nadie puede arrogarse este honor sino el que es llamado por Dios, como en el caso de Aarón. Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy; o, como dice en otro pasaje: Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec.

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec».

A Jesús el sacerdocio universal le viene de Dios. Su familia no era sacerdotal. No pertenecía a la descendencia de Aarón, sino a la de Judá y, por tanto, legalmente el camino del sacerdocio le estaba vedado. Además ni la persona ni la actividad de Jesús de Nazaret se sitúan en la línea de los antiguos sacerdotes, sino más bien en la de los profetas. En este sentido Jesús se alejó de una concepción ritual de la religión, criticando el planteamiento que daba valor a los preceptos humanos vinculados a la pureza ritual más que a la observancia de los mandamientos de Dios, es decir, al amor a Dios y al prójimo, que, como dice el Señor, «vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (Mc 12, 33).

Así pues, a Jesús no se le reconoce como un Mesías sacerdotal, sino profético y real. Incluso su muerte, que los cristianos con razón llamamos «sacrificio», no tenía nada de los sacrificios antiguos, más aún, era todo lo contrario: la ejecución de una condena a muerte, por crucifixión, la más infamante, llevada a cabo fuera de las murallas de Jerusalén.

Entonces, ¿en qué nuevo sentido Jesús es sacerdote? Nos lo dice precisamente la Eucaristía. Podemos tomar como punto de partida las palabras sencillas que describen a Melquisedec: «Ofreció pan y vino» (Gn 14, 18). Es lo que hizo Jesús en la última Cena: ofreció pan y vino, y en ese gesto se resumió totalmente a sí mismo y resumió toda su misión. En ese acto, en la oración que lo precede y en las palabras que lo acompañan radica todo el sentido del misterio de Cristo, como lo expresa la Carta a los Hebreos que hemos citado.

Jesús oró en el huerto de los olivos, fue escuchado por Dios y los resucitó de entre los muertos. Así pues, podemos concluir que Cristo es sacerdote verdadero y eficaz porque estaba lleno de la fuerza del Espíritu Santo, estaba colmado de toda la plenitud del amor de Dios, y esto precisamente «en la noche en que fue entregado», precisamente en la «hora de las tinieblas» (cf. Lc 22, 53). Esta fuerza divina, la misma que realizó la encarnación del Verbo, es la que transforma la violencia extrema y la injusticia extrema en un acto supremo de amor y de justicia. Esta es la obra del sacerdocio de Cristo, que la Iglesia ha heredado y prolonga en la historia, en la doble forma del sacerdocio común de los bautizados y el ordenado de los ministros, para transformar el mundo con el amor de Dios. Todos, sacerdotes y fieles, nos alimentamos de la misma Eucaristía; todos nos postramos para adorarla, porque en ella está presente nuestro Maestro y Señor, está presente el verdadero Cuerpo de Jesús, Víctima y Sacerdote, salvación del mundo.

4.– Dos cuestiones fundamentales nos dice la Carta a los Hebreos:

Cristo es el Sumo Sacerdote instituido por Dios. Todos los bautizados participamos de su sacerdocio universal. Es un sacerdocio ontológico, que mira a nuestro ser personal y transforma a la persona bautizada. El sacerdocio ministerial es para servir los sacramentos; es funcional y administrativo.

Y somos intermediarios de los hombres ante Dios, pero no como los sacerdotes paganos y judíos, no con ofrendas de animales o cosas, sino con la propia vida. Y es nuestra vida de entrega a los demás la que salva los demás y la que acepta el Señor. Él recibe vidas, no cosas.

5.-  Dar la vida.

Desarrollo del sacerdocio cristiano según Hebreos. Nos dice Jesús: «Quien se empeñe en salvar la vida, la perderá; quien la pierda por mí y por la buena noticia, la salvará. ¿Qué aprovecha al hombre ganar el mundo entero a costa de su vida? ¿Qué precio pagará el hombre por su vida?» (Mc 8,35-37). El riesgo a perder la vida como culmen de un caminar entre zarzas se contempla en la vida del discipulado, al cual Jesús ya ha advertido con la expresión de tomar la cruz y seguirle.

Perder la vida significa que, sobre la base de la existencia humana, limitada y perecedera, se empieza a levantar aquella vida auténtica, creada y sostenida por Dios, que nadie puede hundir. Es cimentar la vida sobre roca (cf Mt 7,24-27). Y se alcanza por medio del seguimiento que indica el servicio y la entrega de sí a los demás como signo de amor que es el norte al que debe apuntar el bautizado. Se impone, pues, la convicción de que después del tiempo es posible una vida interminable que no se asegura ni con el esfuerzo humano ni con sus beneficios. Que la vida perdure es cuestión del que puede hacerlo: Dios, y no de los bienes. Y el único bien que reconoce Dios es el suyo, es decir, el amor. Quien lo hace real es Jesús y el Reino; es la «buena noticia» que anuncia.

El morir para que viva el amor de Dios en nosotros también contempla el hecho de ofrecer la vida materialmente. No es cuestión sólo de ser infiel a sí mismo, infidelidad a los intereses humanos, sino de morir físicamente como sacramento de un morir permanente que desarrolla el amor como servicio. Es la entrega total y por entero de la vida. Es el don pleno de sí. Sucede lo mismo que con la destrucción del yo asentado en la soberbia. El sufrimiento que conlleva despojarse de esta actitud y situación, no es un deseo de Dios ni siquiera un bien en sí. Sufrir por sufrir es un sin sentido, o, a lo más, una psicopatía. El sufrimiento que refiere el dicho evangélico es el que emana de la condición histórica del hombre. Lo mismo sucede con el morir físico. Quien es portavoz de una proclama que mina y arruina los cimientos del poder que se ha forjado el hombre en su vida, está expuesto a que lo aparten y liquiden del entramado social donde se sustenta dicho poder.

Hay dos facetas del morir: una morir a sí mismo para ser testigo de la vida nueva que el Señor muestra en Jesús muerto y resucitado, y otra morir físicamente como testigo de la fe en el Señor. Las dos se contemplan por igual en la revelación cristiana. Morir sirviendo desde Dios y morir dialogando con Él como última señal de su entrega en los pobres, es la primera referencia que hay en el cristianismo de ser testigo (mártir) del amor del Señor. Pero también hay testigos que dan la vida, que la sacrifican por la fe en Jesucristo: «Os entregarán a los tribunales, seréis azotados en las sinagogas y compareceréis ante los gobernadores y reyes por mi causa,  para dar testimonio ente ellos», y que muchas veces terminan muriendo, como Jesús y el primer mártir cristiano Esteban (Mc 13,9; cf Hech 22,20).

Dar la vida por amor, poco a poco, o con derramamiento de sangre, como testigos de Jesús. Tal actitud es válida en todos los tiempos, en todos los lugares, y es la gloria más grande del cristiano, de las franciscanas y franciscanos. No debemos olvidar estas palabras de Jesús: «Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros» (Mt 5,11-12).

4º Hay que resaltar que la vida y el testimonio cristiano nunca son bien visto por los poderes de este mundo y sus representantes, cuyo estilo de vida invade la vida cotidiana. La fuerza, el dominio de unos sobre otros, el ídolo del poseer, del producir, de la vanidad y vanagloria, la vida fácil y lisonjera, etc., las tres tentaciones que sufre Jesús en su ministerio por Galilea hasta su muerte en cruz en Jerusalén, no puede soportar a los testigos de la vida de la resurrección de Jesús, que proclama en la predicación del Reino la preferencia que Dios tiene por aquellos que precisamente son aplastados por los poderosos. De ahí que no se pueda olvidar que la fe tiene en su horizonte siempre el martirio: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom 8,35-39; cf 1Tes 3,4; 2Tim 3,12; Jn 16,33; Ef 1,21.) .

No obstante las incomprensiones del mundo, las descalificaciones de la vida religiosa, las persecuciones a que estamos sometidos por los fundamentalismos religiosos y una cultura que ridiculiza los valores evangélicos, para Jesús y para la M. María,  se ha de seguir proclamando la paz y el bien como elementos esenciales de la salvación con una actitud pacífica, sean cuales sean las repercusiones y las consecuencias del mensaje.

 

 

 

 

 

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