JUAN DE MONTECORVINO (1247-1328)

Ángel Santos Hernández, s.j.

Célebre arzobispo franciscano de Khambalik (Pekín) en los primeros años del s. XIV, y fundador de la misión china de aquella época, que habría de durar, por cierto, muy poco. Nació en 1247, probablemente en Montecorvino Rovella, de donde le viene su nombre, en la provincia italiana de Salerno. Apenas si se tienen noticias de su juventud, pues su nombre pasa inadvertido en absoluto en las grandes colecciones históricas de la Orden, del tiempo de la Edad Media, como la crónica de los XXIV Generales y las Conformitates. Las primeras noticias suyas se deben al historiador P. Wadding, quien después de encontrar la crónica del P. Elemosina y compararla con el epistolario de los Sumos Pontífices, sería el primero en darnos noticias biográficas del célebre franciscano de Montecorvino. Vistió el hábito de S. Francisco, y desde sus primeros años de fraile parece que se dedicó a la obra de las Misiones en el próximo Oriente. Hacia 1289 le encontramos como Legado del Rey de Armenia, Hethum II, ante la Corte pontificia, y parece que ya antes de esa época había realizado algún otro viaje a Persia.
Por entonces comenzaron a llegar a la Corte papal noticias del lejano y legendario país de la China, por medio de un chino que había llegado como Embajador del Rey Argún de Persia ante el Papa. Se llamaba Bar Gauma. Y muy poco después llegarían las primeras noticias de los mercaderes venecianos, los Polos, que habían vivido algún tiempo en Pekín. Por todos estos informes se determinó el Papa Nicolás IV a enviar a Juan de Montecorvino como legado suyo, aunque parece que era intención pontificia que una vez cumplida su legación, se quedara en China con el fin de fundar allí la Iglesia. En esta hipótesis, extraña ciertamente que no llevara consigo algunos compañeros más. El único acompañante era el dominico Nicolás de Pistoya. Montecorvino se embarcó en Venecia y Ancona. Siguió el camino de Antioquía y Lajazzo, llegó a Sis, capital de la nueva Armenia, y pasó a Persia, consignando una carta del Papa al Khan Argún en Tabriz, como respuesta a la legación de Argún por medio de Bar Gauma. De Persia siguió hacia China, por la India, donde visitó en el 1291 el sepulcro del Apóstol S. Tomás, que según una tradición estaba enterrado en Santo Tomé de Meliapur o Mylapore. Él mismo escribe que se detuvo 13 meses en Santo Tomé, donde pudo bautizar unas 100 personas de diversos lugares. Allí murió asimismo su compañero de viaje Nicolás de Pistoya. Luego siguió, ya solo, por la costa de Coromandel y nuevamente por mar hacia China hasta llegar a Khambalik, Corte del Gran Khan.
Llegó a Khambalik (Pekín) en 1294 acompañado de un comerciante genovés, Pedro de Lucalongo, que se le había agregado en la India. Había muerto ya Kubilai, pero entregó a su sucesor Timur, las cartas de Nicolás IV. Sus primeros ministerios apostólicos los ejercitó con cristianos nestorianos, que desde el s. VII estaban ya en algunas regiones de la actual China. Consiguió la unión de uno de sus príncipes, llamado Jorge, a la Iglesia católica. Por su munificencia pudo construirse una hermosa iglesia en Pekín. Es curioso que tanto Juan de Montecorvino como Marco Polo hacían a este príncipe nestoriano y luego católico, descendiente del famoso Preste Juan. Se concibe la vida de sacrificio y heroísmo de Juan de Montecorvino, estando como estaba solo, entre nestorianos y paganos. Comenzaron las campañas malévolas contra él, apoyadas en groseras calumnias. Hasta se le llegó a acusar de la muerte de Nicolás de Pistoya. En el 1298 moría el príncipe Jorge, y con ello venía a quedar más desamparado. Para asegurar su apostolado, dentro de su absoluta soledad, comenzó instituyendo un Colegio de Niños, a los que enseñó a cantar la Salmodia en latín. Según noticias que nos da en carta del 1305, para esa fecha había bautizado unas 6.000 personas, y si no hubiera sido por aquellas calumnias, hubiera bautizado -dice-, más de 30.000.

Tradujo al idioma nativo el N. T. y los Salmos. Durante más de 10 años permaneció totalmente solo e incomunicado con sus hermanos de Europa, que le daban ya por muerto o desaparecido. En 1305 halló ocasión propicia para escribir a Europa, y comenzaron sus cartas. Es que en 1305 había llegado a Khambalik el franciscano Arnoldo de Alemania con un médico lombardo. Las cartas de Juan de Montecorvino levantaron gran celo misional, y Clemente V pidió al General de la Orden que escogiera siete franciscanos, a los que quería enviar como obispos a China. Ellos a su vez consagrarían arzobispo de Khambalik a Montecorvino. Era el año 1307. Fueron elegidos y consagrados efectivamente, y a China marcharon acompañados de otros varios franciscanos. En el camino murieron tres, los otros llegaron a Pekín y consagraron a Juan de Montecorvino comenzando así la Iglesia jerarquizada en China, con sede metropolitana en Pekín, y sufragánea en Zayton. Montecorvino siguió en Khambalik, donde murió en 1328, a la edad de 81 años, dejando una suave memoria de sí. Había trabajado en Pekín durante 34 años. Sobre las vicisitudes de sus sufragáneos y compañeros de apostolado no se tienen muchas noticias. La misión china desaparecería poco después, por la dificultad de enviar nuevos misioneros.

Gran Enciclopedia Rialp, T. XIII. Madrid, 1973, pp. 581-582

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LA «CARTA SEGUNDA» DE FR. JUAN DE MONTECORVINO, O.F.M.

1. Yo, fray Juan de Montecorvino, de la Orden de frailes menores, partí de Tabrïz, comarca de los persas, en el año del Señor de 1291, y entré en India y permanecí en un pueblo de la India en la iglesia del Apóstol Santo Tomás durante trece meses. Y allí bauticé cerca de cien personas en diversos lugares; mi compañero de camino fue fray Nicolás de Pistoia, de la Orden de frailes predicadores, quien allí murió y fue sepultado en la misma iglesia. Y yo, continuando más adelante, llegué a Kathay, reino del Emperador de los Tártaros que es llamado Gran Khan. Al mismo Emperador, [llevando] cartas del Señor Papa, lo invité [a abrazar] la fe católica de nuestro Señor Jesucristo. El emperador, a pesar de estar firmemente arraigado a la idolatría, no obstante brinda muchos beneficios a los Cristianos. Yo me encuentro junto a él hace ya doce años. Los Nestorianos, que ostentan el nombre de cristianos, pero que sin embargo se desvían mucho de la religión cristiana, se han fortalecido tanto en estas regiones que no permitieron a ningún cristiano de otro rito tener ni siquiera un pequeño oratorio, ni predicar otra doctrina que la nestoriana.

A estas tierras no ha llegado en verdad ningún Apóstol, ni ningún discípulo de los apóstoles, y por ello, los mencionados nestorianos, por sí, o por otros corrompidos por el dinero, suscitaron contra mí gravísimas persecuciones; afirmando que yo no había sido enviado por el Señor Papa, sino que era un espía, un mago y un enloquecedor de hombres. Pasado algún lapso de tiempo, levantaron otros testigos falsos que decían que había sido enviado otro nuncio, quien llevaba al emperador un gran tesoro y que yo lo había asesinado en la India y le había quitado lo que llevaba. Y esta maquinación duró aproximadamente cinco años, de tal manera que en muchas ocasiones fui llevado a juicio con una infamia de muerte. No obstante, por confesión de un tal, disponiéndolo así Dios, el Emperador conoció mi inocencia y la malicia de los rivales y los relegó al exilio junto con sus mujeres e hijos.

2. Yo solo en esta peregrinación viví sin confesión once años, hasta que llegó hasta mí fray Arnoldo Alamano, de la provincia de Colonia; hace de esto ya dos años. He edificado una iglesia en la ciudad de Khanbaliq, donde se encuentra la principal residencia del rey; a esta iglesia la completé en menos de seis años, y en ella hice incluso un campanario en el que puse tres campanas. Asimismo, bauticé allí mismo, según estimo, unas seis mil personas hasta el día de hoy. Y si no se hubiesen producido las predichas infamias, habría bautizado más de treinta mil, y frecuentemente me encuentro bautizando.
3. Asimismo, sucesivamente he comprado cuarenta niños, hijos de paganos de entre siete y once años de edad, los cuales, hasta ahora, no conocían ninguna ley, y los bauticé y les enseñé las letras latinas y nuestro rito; y escribí para ellos treinta salterios con himnarios y dos breviarios; de estos mismos, once conocen nuestro oficio. Y tienen un coro y semanas como en el convento, sea que yo me encuentre presente, sea que esté ausente. Y muchos de ellos escriben salterios y otras cosas oportunas. Y el Señor Emperador se deleita mucho con el canto de éstos. Toco las campanas a todas las horas y con un convento de infantes y lactantes rezo el oficio divino. Sin embargo, cantamos según costumbre, porque no tenemos un oficio musicalizado.
4. Acerca del buen Rey Jorge. Cierto Rey de aquella región, perteneciente a la secta de los cristianos nestorianos, que descendía de aquel gran Rey que ha sido llamado el Preste Juan de la India, se adhirió a mí en el primer año en que llegué aquí; y convertido por mí a la verdad de la verdadera fe católica, recibió las órdenes menores, y ministró para mí revestido de vestiduras sagradas, de manera tal que los nestorianos lo acusaron de apostasía. No obstante, este mismo [rey] arrastró una gran parte de su pueblo a la verdadera fe católica, y construyó una hermosa iglesia conforme a [su] regia magnificencia en honor de nuestro Dios, de la Santa Trinidad y del Señor Papa en mi nombre, llamándola Iglesia Romana. Este Rey Jorge, antes de seis años partió hacia el Señor como un verdadero cristiano, habiendo dejado como heredero un hijo de cuna que ahora tiene nueve años. Sin embargo, los hermanos del Rey Jorge, como eran pérfidos en los errores de Nestorio, después de la muerte del rey subvirtieron a todos aquellos que él había convertido, reduciéndolos al cisma primitivo. Y porque yo me encontraba solo y no pude alejarme del Emperador Khan, no pude ir a aquella iglesia, la cual dista veinte dietas. Sin embargo, si vinieran algunos buenos coadjutores y cooperadores, espero en Dios que todo podría reformarse; porque hasta ahora tengo el privilegio del predicho Rey difunto Jorge.

5. Nuevamente digo que si no hubiesen existido las difamaciones antes mencionadas, se habría seguido un gran fruto. Si tuviese también dos o tres compañeros que me ayudasen, tal vez el Emperador Khan se hubiera bautizado. Ruego que vengan tales frailes, si algunos quisieren venir, que se preparen a darse como ejemplo y no «a engrandecer sus orlas».

6. Acerca del camino, hago saber que por la tierra de Cothay, Emperador de los tártaros aquilonares, es el camino más corto y seguro, de manera tal que en menos de cinco o seis meses podrían llegar con noticias; pues la otra vía es larguísima y peligrosísima, teniendo dos tramos de navegación; de éstas, la primera corresponde a la distancia que hay entre Acre y Provenza, la otra, en cambio, corresponde a la distancia entre Acre e Inglaterra, y podría ocurrir que con dificultad pudiesen recorrer ese camino en dos años. Porque la primera y segura vía no lo fue durante mucho tiempo a causa de las guerras, por eso hace ya doce años que no recibo noticias de la Curia romana, ni de nuestra Orden ni de la situación de Occidente.

7. Hace ya dos años, vino cierto médico cirujano Lombardo que impregnó estas regiones con increíbles blasfemias acerca de la Curia romana, de nuestra Orden y de la situación de Occidente; por lo cual deseo grandemente saber con certeza la verdad.

8. Ruego a los hermanos a cuyo poder llegare esta carta que busquen la forma de que su contenido pueda llegar a conocimiento del Señor Papa, de los Cardenales y del Procurador de nuestra Orden en la Curia Romana. Suplico al Ministro General de nuestra Orden [que me envíe] un antifonario y leyendas de los santos, un ejemplar del gradual y del salterio con notas, ya que no tengo sino un breviario portátil con lecturas breves y un pequeño misal. Si tuviera un ejemplar [de aquellos], los niños antedichos los copiarían.

9. En este momento estoy edificando otra iglesia a fin de dividir a los niños en varios lugares. Yo ya he envejecido y me he encanecido, más por los trabajos y tribulaciones que por la edad; actualmente tengo cincuenta y ocho años. Aprendí competentemente la lengua y la escritura tártara, la cual es la lengua habitual de los tártaros, y ya he traducido a esa lengua y con esa letra todo el Nuevo Testamento y el Salterio; a éstos los hice escribir en una bellísima escritura de ellos. Y comprendo y leo y predico claramente y doy testimonio de la ley de Cristo. Y me había puesto de acuerdo con el mencionado Rey Jorge, si él viviese, en traducir todo el oficio latino a fin de que se cantase por toda la tierra en su dominio. Y cuando él vivía, en su iglesia, se celebraba misa según el rito latino en aquella escritura y con aquella lengua, tanto las palabras del ordinario cuanto el prefacio. Y el hijo de dicho Rey se llama Juan a causa de mi nombre; espero en Dios que éste seguirá las huellas de su padre. En verdad, según lo que he oído y visto, creo que ningún rey o príncipe en el mundo puede compararse con el Señor Khan en lo que respecta a la amplitud de [su] tierra, en la multitud del pueblo y en la magnitud de [sus] riquezas. Fin.

Dada en la ciudad de Khanbaliq del reino de Kathay, en el año del Señor 1305, día octavo del mes de enero.

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Carta del Santo Padre Juan Pablo II
al cardenal Jozef Tomk
con ocasión de la solemne celebración en Taiwáno
del VII centenario del comienzo de la evangelización de China
por obra de fray Juan de Montecorvino

A mi querido hermano cardenal Jozef Tomko, prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos.
Mucho me complace que usted presida las ceremonias especiales que tendrán lugar en Taiwán para conmemorar la singular misión llevada a cabo por Juan de Montecorvino, el primer evangelizador del pueblo chino y el primer arzobispo de Khambaliq, la actual Pekín. De hecho, han pasado siete siglos desde que el gran misionero franciscano llegó a Khambaliq, después de un viaje que duró cinco años, llevando consigo una carta del Papa Nicolás IV para el soberano de esos vastos territorios del Lejano Oriente. Gracias a sus cartas y a los escritos de sus contemporáneos sabemos que su apostolado en China produjo tan abundantes frutos, que en 1307 el Papa Clemente V lo elevó al rango de arzobispo y le dio amplias facultades para establecer y organizar la Iglesia en esa lejana región. Su ordenación se celebró en 1310, en presencia del kan, cuando los obispos enviados para consagrarlo pudieron llegar finalmente a esa capital.
En 1328, cuando murió Juan de Montecorvino, sus treinta y cuatro años de sabia e incansable actividad misionera en Khambaliq habían dado vida a una numerosa y fervorosa comunidad cristiana, así como a una amplia red de iglesias, conventos, escuelas y otras instituciones.
La celebración del séptimo centenario de la llegada de Juan de Montecorvino a Pekín me brinda la oportunidad de dirigir mi saludo a la actual comunidad católica china, que constituye la continuación y el desarrollo de esa primera plantatio Ecclesiae en tierra china.
Así pues, me alegra mucho reafirmar mi profundo afecto y mi estima en nuestro Señor Jesucristo a todos los hijos e hijas católicos de la gran e ilustre familia china. Con todo el ardor de mi corazón me siento espiritualmente presente entre ellos, asegurándoles que estoy cercano de modo especial a quienes han permanecido fieles a Jesucristo y a su Iglesia en medio de dificultades de todo tipo y que, incluso a costa de profundos y prolongados sufrimientos, han testimoniado y siguen testimoniando que ningún católico puede renunciar al principio de comunión con el Sucesor de Pedro, a quien el Señor constituyó vicario suyo y «fundamento perpetuo y visible, de la unidad de fe y de comunión» (Lumen gentium, 18), si desea seguir siéndolo y quiere ser reconocido como tal.
Sé que existen muchas comunidades fervorosas en diferentes lugares del país, y, cumpliendo la misión recibida de Cristo de confirmarlas en la fe, la esperanza y la caridad (cf. Lc 22,32), quisiera alentarlas a todas a promover entre sí la fidelidad, la comprensión y la reconciliación, y a congregarse en la comunión que nos une en Cristo mediante la fuerza del Espíritu Santo. Al invitar a todos los hijos e hijas de la Iglesia católica en China a vivir esa comunión en la verdad y el amor (cf. 2 Jn 1,3), ruego fervientemente al Señor para que puedan manifestarla de modo cada vez más visible. La fe y la práctica religiosa son una fuente dinámica de compromiso en el ámbito de la responsabilidad social y civil. No puede existir oposición o incompatibilidad en el hecho de ser verdaderamente católico y, al mismo tiempo, auténticamente chino.
Ruego a Dios para que esas celebraciones que tendrán lugar en Taiwán animen a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y a los laicos de esa amada comunidad, con la que espero poder encontrarme tan pronto como la divina Providencia me lo permita. Que esto los aliente a ser discípulos cada vez más fieles de Cristo y colaboradores generosos de sus hermanos y hermanas chinos del continente. Como signo de mi ardiente deseo de abrazar a toda la familia católica china, os imparto con mucho gusto mi bendición apostólica.

Vaticano, 8 de septiembre de 1994.

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