La mística de Jesús. Desafío y propuesta

Gabino Uríbarri Bilbao SJ

El Autor parte de la situación en la cultura occidental donde ha desaparecido la presencia de Dios, al menos socialmente contemplada. La ciencia se ha erigido en el pedestal de los dioses destronando al que ha dado sentido a la vida humana desde tiempo inmemorial. Afirma que Dios no es necesario y la ciencia es la que colma los anhelos y deseos de la vida. Sin embargo, el estudio y la exposición de Dios se mueve en otro ámbito epistemológico de la ciencia y la técnica, y si se le acerca desde la dimensión de la experiencia y su expresión y vivencia espiritual, es una realidad recurrente en todos los tiempos, y también en la actualidad. Aunque también se debe resaltar que la experiencia creyente de hoy día entraña cierto carácter anti institucional, se concibe como una peregrinación personal, en el sentido de que se vivencian diversas escuelas de oración y meditación, y se tiende a un sincretismo de modo natural. Por consiguiente, el Autor cuando habla de mística se refiere «a una experiencia personal, familiar, íntima, de encuentro con Dios vivo y verdadero»(28), como lo escribía Rahner en el año 1969 en el artículo: «Espiritualidad antigua y actual» (ET VII, 25). No estamos en la mística gnóstica donde la historia desaparece como medio esencial de la unión con Dios.
El texto expone las experiencias religiosas actuales del misticismo oriental, la «New Age» y la modernidad desarrollada al margen del espíritu cristiana. Este, por otra parte, arranca de la relación de Jesús con Dios en dos aspectos fundamentales: cómo es la oración de Jesús y cómo es el Dios a quien Jesús ora. Sobre la primera expone el texto si es plausible hablar de una espiritualidad de Jesús. En caso afirmativo, cuáles serían sus rasgos característicos y cómo nosotros, sus seguidores, podríamos configurarnos con él en este aspecto fundamental de la fe. El Espíritu dado en el Bautismo por Juan es el elemento esencial de la Cristología. Es el que va guiando a Jesús en su decurso histórico, obedeciendo la voluntad del Padre para insertar la salvación en la dimensiones fundamentales de la historia. Jesús crece en su pensamiento, acción, voluntad y libertad en un diálogo constante con Dios, delineando una relación con los demás a partir de una experiencia previa y constante con su Padre. Es la dinamicidad de la presencia del Espíritu en su vida, narrada como la humanidad del Logos, creada de modo singular por el Espíritu e impulsada por él en su ministerio y misión en Palestina (114).
La relación de Jesús con Dios la hace desde su condición filial. Él es el Hijo de Dios, su ser e identidad personal. De ahí que el despliegue histórico de su misión sea el desarrollo de su filiación divina por la que redirige la creación hacia el rostro del Padre descubriendo su ser y relación adoptiva de hijos. Pero la filiación divina de Jesús también comporta la alteridad, alteridad que está en la eternidad y en la historia y que, por fuerza, es una situación de toda criatura con respecto a Dios. No hay confusión de identidades, ni fusión, ni absorción por Dios, que pueda hacer pensar que desaparece la persona divina del Hijo y de todos los hijos adoptivos con él. Es saberse de Dios y que, a la vez, impulsa a una ordenación personal y colectiva fraterna, donde la compasión y el perdón son elementos estructuradores de la nueva familia cristiana universal.
En este ámbito, la exposición y comentario del Padrenuestro es importante. La oración comienza por la invocación al Padre, para, a continuación, diferenciar las peticiones «tú» y las peticiones «nosotros», porque, la oración enseñada por Jesús a sus discípulos y elemento esencial de la oración cristiana de todos los tiempos, componen siete peticiones en la versión de Mateo. Los anhelos de Jesús comprenden la primera parte; la segunda es más propia de los discípulos en las que tratan de que Dios cubra las necesidades diarias de las comunidades y de las familias, el perdón como elemento fundante de la convivencia y la defensa ante el poder de quien es más potente que el hombre, o vencer las tentaciones que tienen que ver «con el modo de ser de nuestra libertad, que se encuentra solicitada por bienes aparentes» (165). Jesús se relaciona con el Señor en el supuesto de que es capaz de actuar y transformar la historia, que una y otra vez la libertad humana la vuelve en su contra o no sigue los objetivos que estructuran su ser.
El texto se centra a continuación en el tema central de la predicación de Jesús: El Reino, entendido como el acto o el efecto de reinar de Dios; o al espacio sobre el que reina, pueblos o iglesias; o una forma de referirse al Señor o ponernos en relación con Dios. Con todo, quedan flecos que, en nuestra cultura griega, no son tan fáciles de comprender: que sea presente y futuro a la vez, etc. El Autor prefiere seguir el estilo y la experiencia de Dios de Jesús para describir algunos aspectos referidos a la realidad del Reino. De esta manera, expone a Jesús como siervo; las parábolas; el seguimiento; las comidas con los pecadores y la pasión y muerte. En definitiva, la experiencia de Dios de Jesús para la Modernidad tardía o Posmodernidad puede ser significativa cuando se subraya su libertad y su compasión contra la autosuficiencia del hombre actual, bien alejada de la verdad y bondad objetivas; o su incidencia en la transformación de la historia en aquellas realidades que establecen los valores de la cotidianidad de las personas; o señalan elementos claves de nuestro ser: humildad, entrega y acción de gracias, porque, por más que queramos y hagamos, somos muy débiles para generar el bien que puedan disfrutarlo todos los seres.

Sal Terrae, Santander 2017, 272 pp., 14,5 x 21,5 cm.

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