ASCENSIÓN (C)

            Del Evangelio según San Lucas 24,46-53.

            En aquel tiempo, Jesús dijo a los Apóstoles: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto». Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

            1.- Jesús entra en la gloria y termina la misión de amor y amor salvador y misericordioso que le ha mandado (cf Jn 1,14). El Logos se encarna, el Hijo es enviado para que se recupere la dignidad de los hombres y el sentido de la creación que tuvo, como promesa y objetivo, al principio del tiempo.  Ahora le toca a los discípulos continuar con el «Alegre Mensaje», con la «Nueva Noticia». Y Jesús les manda a todos los pueblos de la tierra. Israel ya no tiene la prioridad de la evangelización y la salvación. Israel está ahora vinculada a los que crean en el mensaje de Jesús y a los que se bauticen, puesto que la salvación es ofrecida a todos los pueblos. El panorama del Viernes Santo ha cambiado. Ahora los discípulos oran y se disponen a publicar la Resurrección a todas las gentes una vez que reciban el Espíritu Santo.

2.-  Jesús, antes de adentrarse en la gloria divina, manda a los discípulos que vayan a todas las culturas para proclamar la salvación universal, porque el Señor, que ha vivido y proclamado, es de todos. No es sólo de los judíos, o cristianos, o de los musulmanes, o de cualquier otra religión o credo. Dios es de  todos, y todos merecen conocerlo y salvarse. De ahí que la identidad de Jesús, la Persona divina del Logos encarnada, siempre la hayan comprendido los cristianos como el hombre universal. Pero no es el hombre universal diseñado en los libros o descrito en las ideologías, o definido en las teologías, sino es universal porque ha vivido lo que todos experimentamos como gozo y dolor, como amor y cruz. Y él lo convierte en amor crucificado, capaz de orientar la vida hacia los objetivos de su plenitud y felicidad. Por eso tiene la Iglesia el sagrado deber de hacer discípulos en todos los pueblos; de dar a conocer aquél que es la fuente de la felicidad y el gozo.

3.- Los discípulos de Jesús debemos ser conscientes de que no estaremos solos en la misión de hacer presente el Reino que predicó e inició con su presencia en Galilea. Jesús nos acompañará todos los días de nuestra vida. Él con su Espíritu y el del Padre harán que veamos en la naturaleza creada el vestigio de su vida, porque «todas las cosas fueron creadas por él y para él» (Col 1,16). Jesús promete que «donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Está presente especialmente cuando la comunidad cristina escucha su Palabra (cf. Lc 24,32) y celebra la Eucaristía: «Y, tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Mc 14,19-20). Y nunca los cristianos podemos olvidar donde vive especialmente Jesús, porque en ello nos va la salvación: «Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”. Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,34-40).

 

 

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