XIII DOMINGO (C)

Del Evangelio de Lucas 9,51-62.

Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él. Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?». Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea.

Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro le dijo: «Sígueme». Él respondió: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre». Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa». Jesús le contestó: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

1.– El ingreso en el discipulado de Jesús se produce de dos formas. En la primera es Jesús quien toma la iniciativa y llama para seguirle (cf. Mc 1,16-20), aunque no todos responden a la llamada, como sucede en la invitación que hace Jesús a un hombre rico (cf Mc 10,17-22par). La segunda manera es cuando la iniciativa parte del candidato, aunque Jesús impone unas condiciones para configurar el seguimiento a partir de la misión, excluyendo las previsiones que ha tomado el posible discípulo. Se acentúa, por consiguiente, la incondicionalidad que entraña integrarse en el círculo de Jesús y, además, no hay oportunidad para detener o retrasar el seguimiento. Lo vemos en el párrafo de Lucas que acabamos de leer.

2.Los discípulos que acompañan y siguen a Jesús deben cambiar de vida y acomodarse a la que lleva el Maestro. Pero la vida de Jesús no es del estilo de los maestros que se dedican a la enseñanza en las escuelas rabínicas del tiempo. En estos centros, la relación es la típica entre el que enseña y el que aprende. Existe una ligazón doctrinal y la consabida reverencia y sometimiento al maestro, que reside en un lugar concreto, donde los alumnos, sólo varones, le «siguen» para aprender y con la posibilidad de irse con otro. En cambio, la relación de los discípulos con Jesús es de otro nivel. Es vital con referencia a él y creyente con respecto a Dios. El Reino se inaugura ya, por eso hay que anunciarlo en todas partes. Deben dejar la familia, el trabajo y hacerse itinerantes. Este estilo de vida se pone al servicio de la nueva actitud de Dios para con el hombre, que se asume con una obediencia radical. Así la vida del grupo es símbolo de la actuación histórica de Dios.

3.- La situación nuestra como seguidores de Jesús es muy diferente a la de su tiempo. La comunidad cristiana perdió la urgencia de la venida del Reino y de la Resurrección para todos al comprender que se espaciaba el tiempo. El mismo Lucas en dos párrafos distintos da soluciones diferentes según la inminencia de la inauguración del Reino: «No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado» (Lc 10,4); o el todavía no: «Y les dijo: —Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?. Dijeron: —Nada. —Pero ahora, el que tenga bolsa, que la lleve consigo, y lo mismo la alforja; y el que no tenga espada, que venda su manto y compre una» (Lc 22,35-36). Sin embargo, permanecen las exigencias básicas para todos los cristianos: fidelidad a un estilo de vida de entrega servicial y comunicar la bondad del Señor —así inaugura Jesús el Reino— en cualquier estado de vida: familiar, religioso, sacerdotal, misionero, etc.

1.- Jesús afirma de una manera tajante para llamar la atención a los que quieren seguirle. Repitamos las afirmaciones secas y duras: «Las zorras tienen madrigueras….. yo no tengo donde cobijarme». «Deja que los muertos entierren a sus muertos». «El que pone mano al arado y mira atrás no vale para el reino de Dios». Aún más. En otro párrafo afirma: « Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lc 14,26). Pero debemos entender que «odiar» los vínculos familiares no manifiesta el sentido antropológico actual, sino se refiere al valor familiar, fundamento de la sociedad, y que se explica mejor con la palabra fidelidad. No es posible pensar que Jesús, que manda amar a los enemigos (cf. Lc 6,27), obligara a sus seguidores a rechazar la relación fundamental humana que da origen a la vida. Aquí no se trata de vínculos afectivos, sino de prioridades en las fidelidades y obediencias de las instituciones sociales.

2.- La comunidad cristiana debe tener mucho cuidado con sus «fidelidades» en la vida humana, para no vincularse con instituciones sociales que le maniatan en el seguimiento de Cristo y en su libertad para anunciar el mensaje. A lo largo de los dos mil años de cristianismo ha habido muchas situaciones en que la Iglesia se ha apoyado en el poder económico y político para hacer posible la evangelización, y al revés, los poderes sociales han usado el poder de convocatoria de la Iglesia para alcanzar sus fines comerciales. La llamada al seguimiento de Jesús es muy clara en este sentido: estar en el centro de las culturas para anunciarles el Evangelio, pero no pactar con aquellos que van, como siempre han ido, a lo «suyo». Y por otro lado, nunca «salirse» de la historia, para irse a un «cielo» que ni dice nada ni le interesa a nadie.

3.- No es tan fácil seguir a Jesús cuando pertenecemos a una cultura, cuando hemos tenido una educación familiar y social orientada a vivir lo mejor posible. Y, para ello, hay que ganar mucho dinero; y para ganar mucho dinero hay que renunciar a la compañía de los hijos, de los padres, de las relaciones amistosas, o, lo que es peor, a los principios de la honradez y responsabilidad. Hemos oído muchas veces que «todo vale, si me beneficia económicamente». Y habría que escuchar a Jesús antes de encontrarnos solos, sin nadie que nos quiera por nosotros mismos, al margen de lo que le damos, o buscando mil entretenimientos para disimular nuestra vacio o fracaso vital.

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