CAMINANDO DENTRO DE MARÍA: IANUA CAELI

 

Elena Conde Guerri

Una madre, cualquier madre del mundo mundial, aun silenciando por imposición su raza, nacionalidad, religión, estatus y profesión, pero obligada a definir su esencia en pocas palabras, respondería de idéntica manera. No soy yo capaz de aventurar qué primaría en sus frases: quizá la alimentación de sus hijos y su salud; quizá todo lo relacionado con la educación, la correcta instrucción y el trabajo; alguna puntada a lo lúdico y al bienestar, pudiera ser. Pero el lema para la perpetuidad sería siempre el deseo de la felicidad y estabilidad del hijo en unas veredas futuras que la madre ya no verá pero en cuya andadura habrá lágrimas, desengaños, silencios y hasta desvaríos. Ella lo sabe y, llegado el caso, está ahí para consolar, acoger, fortalecer, abrazar y, siempre, siempre, perdonar.

Las madres somos unas privilegiadas pues tenemos una Maestra excepcional que es la Virgen María. Nos ha precedido en todo y ha experimentado en carne propia todas las sacudidas emocionales de vinculación con el Hijo, desde las más placenteras hasta las más espantosas. En este pórtico del verano, me ha parecido hermoso evocarla pues así como Ella es Puerta del Cielo, ianua caeli, también puede ser el paso luminoso que articule nuestros meses de trabajo con el periodo de descanso. El verano puede ser un poquito caótico. Bien digo, mal que pese. Pero ahí está Ella y, curiosamente, nuestro calendario católico ha fijado en estos meses algunas de sus advocaciones más preciosas, como luminarias para no perdernos. Desde la Virgen del Carmen, marinera y ancla segura in hora mortis, hasta el 15 de agosto resplandeciente por la incorruptibilidad de su Asunción (y que este año lucirá, además, con luna llena), pasando por el día 2 del mismo mes en que se venera a Nuestra Señora de los Ángeles, franciscana hasta el tuétano pues es lo mismo que decir La Porciúncula y la osadía cristológica que allá se consolidó. Y revolviendo los días, nos encontramos también con Nuestra Señora de la Misericordia, que en estos tiempos debe tener overbooking, y con la de las Nieves, y con Santa María Reina, presidiendo amorosa con la corona que su propio Hijo le impuso. Y todas ellas, bordeando un matrimonio algo arrinconado en nuestras pegatinas hagiográficas: San Joaquín y Santa Ana, que algo tendrían que ver en la futura apoteosis pues fueron sus padres.

He mencionado el protagonismo de nuestra Madre en verano, pero la mayoría de las personas, practicantes o no, con fe simple o bien instruida, incluso los formados en otras religiones, se orientan perfectamente sobre la figura de María. Es difícil ignorar los innumerables topónimos que salpican los continentes, testigos de una historia real, en especial el Americano, donde los Franciscanos fueron protagonistas. Y también porque ella se identifica con el universal vientre gestante donde la semilla crece y alumbrará hombres nuevos, con todas sus capacidades implícitas para el bien si ellos ejercen rectamente su libertad. Porque ese vientre es sinónimo de docilidad, de discreción, de generosidad infinita, de renuncias silentes y hasta insospechadas, de heridas lacerantes, de sonrisas y abrazos sin límite, de juegos y sorpresas inauditas, y, sobre todo, de perdón y acogida incombustibles. Un hijo puede ir olvidándose de su madre, en el versátil itinerario que le aleje más y más. Puede caer, abrirse sus carnes y no suturar sus cortes. La madre estará siempre ahí, clavada y solícita aun en la penumbra, para acudir. Recuerdo un flash conmovedor de la película La Pasión, de Mel Gibson. El Señor cayó varias veces bajo el peso de la cruz. Flagelado y exhausto, apenas podía. En una de ellas rememoró, como impulso para levantarse, aquel tropezón infantil que le dañó pero le hizo aterrizar sonriendo en los brazos maternales de la que siempre supo decir sí. Por su generosidad ante Dios en todas las experiencias vitales inimaginables, María es la Mediadora universal por antonomasia. Su Hijo jamás le negará nada y en la esperanza salvífica de la respuesta entramos todos nosotros. Quisiera pensar que todos los hombres de buena voluntad, especialmente los apresados frente a los muros de hormigón de las calamidades y desesperación, puedan verla como una puerta de salida y liberación. San Buenaventura, del pódium emblemático de la Orden Franciscana, icono de la humildad a pesar de ser nombrado Cardenal y llamado Doctor Seráfico por su afinada teología, escribió: “Como la luna está entre la tierra y el sol, y todo lo que ella recibe de él lo refleja en la tierra, así María recibe los influjos celestiales de la gracia del sol divino para trasmitirlos a los que vivimos en la tierra. Por eso, es llamada por la Iglesia Puerta del Cielo, porque ninguno puede entrar en el cielo si no pasa por María que es como la puerta”. Y refiriendo a la Encarnación : “Desde que estuvo en el seno de la Virgen toda la naturaleza divina, me atrevo a decir que esta Virgen adquirió como cierta jurisdicción en la efusión de todas las gracias, habiendo emanado de su seno , como de un océano de la divinidad, los ríos de todas las gracias”.

La conmemoración de dicho Santo es el 15 de julio, víspera de la del Carmen. Como se constata en la historia de la Iglesia, los Franciscanos han precedido en su exégesis, defensa y devoción a las posturas oficiales sobre María. Ellos fueron defensores del dogma por antonomasia, el de la Inmaculada Concepción, bastante antes de que el Papa Pío IX lo proclamase oficialmente el 8 de diciembre de 1854. La repercusión fue también impresionante en la historia del Arte, en la Música sacra y en la piedad popular. Soy consciente de haber escrito estas líneas sin pretensiones de exégesis teológica (ya que innumerables son los Estudios en este sentido), para acercar más la figura de la Virgen María a todos, sobre todo en el verano. Un tiempo en que hay más disponibilidad para leer y reflexionar, sea con relajación. La Hermana Relajación puede empujar a muchos a caminar o seguir caminando dentro de María. No con María, aunque siempre sea nuestra mejor compañera de viaje. Mejor, dentro de Ella, la que gestó y llevó en su seno al Redentor del mundo. Estaremos cobijados, protegidos, jamás nos defraudará.

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