Esquema resumen de la Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana dada por la Congregación para la Doctrina de la Fe el 15 de octubre de 1989 aprobada por El Sumo Pontífice Juan Pablo II y firmada por Joseph Cardenal Ratzinger, Prefecto.

Por Pilar Sánchez Álvarez

La carta empieza definiendo la oración cristiana. La oración cristiana es:

• Es un dialogo personal, íntimo y profundo entre el hombre y Dios.
• Es la comunión de la personas redimida con Dios Trino, fundada en el bautismo y la eucaristía, donde el hombre busca al Otro.
• Es abrirse al Dios trascendente.
• Es no usar técnicas centradas en el yo.
• Es el encuentro de dos libertades: la de Dios y la del hombre.

Las oraciones del Antiguo Testamento se encuentran en el libro de los Salmos. El recitar los Salmos recuerda y hace presente las grandes obras que Dios ha hecho con su pueblo. Con ellos se alaba a Dios presente en toda la creación. Se alaba su poder, su misericordia, su justicia y le pide auxilio en el peligro, en la enfermedad, en cualquier tribulación.
Para analizar la oración en el Nuevo Testamento empieza con Jesucristo, la definitiva autorevelación de Dios, dentro de una visión iluminada por el Espíritu. El Espíritu Santo hace al hombre penetrar en las profundidades de Dios y mediante esa revelación se comprende que Dios habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía. El don del Espíritu hace capaz al hombre de recibir las palabras y las obras de Dios, darle gracias, adorarle tanto colectivamente como individualmente. Por tanto, la lectura de la palabra de Dios en una forma de oración. Toda oración cristina tiene un doble movimiento: en el Espíritu Santo, el Hijo viene al mundo para reconciliarlo con el Padre, a través de sus obras y de sus sufrimientos; por otro lado, en el mismo movimiento y en el mismo Espíritu, el Hijo encarnado vuelve al Padre, cumpliendo su voluntad mediante la Pasión y la Resurrección. Un modelo de oración es la enseñada por Jesucristo, el Padrenuestro.
La carta pone en guardia con las maneras erróneas de hacer oración. La carta señala la pseudognosis y el mesalianismo.
La pseudognosis consideraba la materia como algo impuro, degradado, que envolvía el alma en una ignorancia de la que debía librarse por la oración; de esa manera, el alma se elevaba al verdadero conocimiento superior y, por tanto, a la pureza.
Ciertamente, no todos podían conseguirlo, sino sólo los hombres verdaderamente espirituales; para los simples creyentes bastaba la fe y la observancia de los mandamientos de Cristo.
Contra esta, los Padres afirman que la materia ha sido creada por Dios y, como tal, no es mala. sostienen que la gracia, cuyo principio es siempre el Espíritu Santo, no es un bien natural del alma, sino que debe implorarse a Dios como don.
El mesalianismo es una herejía (s. IV) que ve en la oración el único medio eficaz para vencer al demonio y poseer al Espíritu Santo, quien, según ellos, realiza la salvación en detrimento del bautismo y de los otros sacramentos. A los adictos de tal secta se les conoce normalmente por mesalianos, palabra que proviene del arameo y que tiene un significado de orantes. No trabajaban porque ellos se consideraban espirituales.
Contra estos, los Padres insistieron en que la unión del alma orante con Dios tiene lugar en el misterio; en particular, por medio de los sacramentos de la Iglesia, y además esta unión puede realizarse también a través de experiencias de aflicción e incluso de desolación; contrariamente a la opinión de los mesalianos, estas no son necesariamente un signo de que el Espíritu ha abandonado el alma, sino que, como siempre han reconocido los maestros espirituales, pueden ser una participación auténtica del estado de abandono de nuestro Señor en la cruz, el cual permanece siempre como Modelo y Mediador de la oración.
En el dialogo profundo de Dios y el hombre, en este último no desaparece el yo personal y continua su condición de criatura, aunque sea hijo adoptivo de Dios porque incorporado a Cristo Hijo de Dios por naturaleza, participa de la naturaliza divina por su gracia. En la oración, por este motivo, podemos llamar a Dios Padre.

El final de la Antigüedad no cristiana distinguía tres estados en la vida de perfección:
• el primero, de la purificación
• el segundo, de la iluminación
• el tercero, de la unión.

Esta doctrina ha servido de modelo para muchas escuelas de espiritualidad cristiana. Este esquema, en sí mismo válido, necesita sin embargo algunas precisiones que permitan su correcta interpretación cristiana, evitando peligrosas confusiones y malentendidos.
Estado de purificación cristiana
La oración debe ser precedida por la purificación de los propios pecados. Se debe aceptar siempre la voluntad de Dios. Las pasiones no son negativas, sino es negativa la tendencia egoísta. La eliminación de la tendencia egoísta se consigue con esfuerzo y mortificación. Este esfuerzo del hombre lo hace libre para realizar la voluntad de Dios.
El vacío que exige Dios es el rechazo del propio egoísmo. En la oración hay que concentrarse en Dios y excluir todo lo que nos encadena al mundo. No se llega al mayor perfecto de Dios si se prescinde del Hijo, porque por Él y bajo la acción del Espíritu, participamos de la vida intradivina
Nunca se alcanza por nuestras propias fuerza, sino en Cristo a través del Espíritu Santo.

Estado de Iluminación cristiana
En el camino de la vida cristiana, después de la purificación sigue la iluminación recibida en el bautismo. Por el bautismo se conoce a Cristo y se obra con caridad. El cristiano tiene que progresar en ese conocimiento y obrar en caridad. La gracia de la iluminación puede ayudar, pero no quedan superadas las verdades fe.

Estado de Unión cristiana
Finalmente, el cristiano que hace oración puede llegar, si Dios lo quiere, a una experiencia particular de unión. Los sacramentos, sobre todo el bautismo y la eucaristía, son el comienzo real de la unión del cristiano con Dios.
Sobre este fundamento, por una especial gracia del Espíritu, quien ora puede ser llamado a aquel particular tipo de unión con Dios que, en el ámbito cristiano, viene calificado como mística.

El hombre tiene necesidad de verdadera soledad para meditar y encontrar a Dios. Como es criatura solo alcanza a Dios por la gracia, por tanto no es una técnica. La auténtica mística cristiana es siempre un don, del cual se siente indigno quien la recibe. No se puede confundir los dones o los carimas con los dones extraordinarios místicos (Rm 12,3-21).

Hoy se considera que en la oración el hombre entero debe entrar en relación con Dios y, por consiguiente, también su cuerpo debe adoptar la postura más propicia al recogimiento porque laa experiencia humana demuestra que la posición y la actitud del cuerpo no dejan de tener influencia sobre el recogimiento y la disposición del espíritu.
Por este motivo en la actualidad se proponen algunos métodos orientales no cristianos de meditación aunque su valor es relativo. Son útiles si se orientan a la finalidad de la oración cristiana y pueden ser eficaces con esta condición.
La meditación cristiana de Oriente ha valorizado el simbolismo psicofísico, que a menudo falta en la oración de Occidente. Este simbolismo puede ir desde una determinada actitud corpórea hasta las funciones vitales fundamentales, como la respiración o el latido cardíaco, pero no todas las personas están en condiciones de pasar del signo material al espiritual, convirtiéndolo en un ídolo.
La oración auténtica es la oración continua que lleva a la práctica de la caridad.
Termina esta carta afirmando que todos deben buscar el propio modelo de hacer oración pero todos confluyen en Jesucristo, camino al Padre. En la búsqueda del propio camino se dejará conducir por el Espíritu Santo.
En ocasiones a pesar de los esfuerzos, el cristiano no siente a Dios, esto es diferente a la noche oscura mística. En esos momentos debe permanecer fiel a Dios y continuar rezando. No se puede uno apropiar de Dios con ningún método o técnica. Solo se puede seguir fiel como Cristo permaneció fiel en la Cruz. Cuanto más se le concede a una criatura acercarse a Dios, tanto más crece en ella la reverencia delante del Dios tres veces Santo.

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