I ADVIENTO (A)

Del Evangelio según San Mateo 24, 37-44
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».

1.- La venida del Hijo del hombre, como la del ladrón o el diluvio, todas imprevisibles, es la que se anuncia para clausurar la historia. Cada uno de nosotros sabemos que morimos, que nos encontraremos con el Señor al final de nuestros días. Pero la venida que anuncia Jesús es la del término de la historia humana. Porque ahora vivimos con la confusión de no saber a ciencia cierta cuáles son los acontecimientos que el Señor provoca a nuestra libertad para hacer el bien, y cuáles son las guerras, las situaciones, los cambios de época que se hacen de una forma interesada por los que tienen las llaves de las decisiones que nos afectan a todos. La venida del Señor nos dice que todo terminará bien; que destruirá el mal; que solo el bien seguirá adelante, porque será lo único que el Señor reconocerá.

2.- La comunidad cristiana tiene la vocación de avisar a los pueblos, a las instituciones sociales y a todos los hombres, que esta vida no es la definitiva. En tiempos de Noé la gente vivía despreocupada; sus afanes no les dejaban ver el horizonte de maldad que estaba corrompiendo la realidad. La gente vive inmersa en su trabajo, en sacar la familia adelante, en ver a los hijos colocados y prolongando la vida con una nueva familia. Y esto, todos lo sabemos, no es todo. Son los estados que evidencia el sentido de vida amoroso de nuestro Dios Creador y Salvador. La comunidad es la que nos avisa una y otra vez que no perdamos el horizonte de salvación que Dios tiene preparada para lo que le aman (cf 1Cor 2,9). La esperanza no es una posesión, sino una experiencia que se comparte.

3. Cuando no van bien las cosas en nuestra vida, esperamos alguna persona o institución que nos ayude y cambie la situación. Cuando nos va bien, entonces es lógico que nos aferremos a nuestra realidad estable y pacífica. La venida del Hijo del hombre contiene estas dos actitudes vitales. Aunque todo nos salga bien, debemos ser conscientes de que los objetivos alcanzados nunca son definitivos, porque ni durarán siempre, ni serán tan plenos como en determinados momentos los experimentamos. Y que, por lo mismo, nunca debemos estar satisfechos de nuestra vida, porque siempre hay un «pero» que la desgracie. Esto bueno para saber y esperar que el Señor tiene la última palabra sobre cada uno de nosotros y sobre la historia de la humanidad.

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