III ADVIENTO (A)
Del Evangelio según San Mateo, 11,2-11
En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!». Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Este es de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.
1.- Una vez que se marchan los discípulos de Juan, Jesús se dirige a la gente ofreciendo su personal testimonio sobre el Bautista: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto?…» (Lc 7,24-28). Jesús ratifica la percepción que de Juan tiene todo el pueblo, y que expresa lo descrito sobre su género de vida. La austeridad de Juan ante su convencimiento sobre la cercanía del día del Señor le configura como un personaje opuesto a la debilidad de las cañas situadas a las orillas del Jordán en su recorrido cercano al desierto de Judea. Las cañas simbolizan la veleidad y frivolidad de ciertos personajes, o de algunos ambientes humanos e instituciones corrompidas. La aureola de sobriedad y de penitencia que caracterizan a Juan contrastan con el relajamiento que suele darse en la vida de los reyes y sus cortes, donde se mezclan la ambición y el lujo refinado que raya en el afeminamiento. Este mundo, cuyo exponente bien puede ser Herodes y su gente (cf Lc 13,32), que ha encerrado a Juan en la cárcel privándole de su libertad (cf Mt 11,2), es el llamado a desaparecer en el momento y espacio de Dios que se avecina, por reducir al hombre a la auténtica esclavitud.
2.- Pero Jesús amplía el horizonte de Juan más allá de la crítica severa a la vía infructuosa que recorre Herodes, ratificando la existencia valiosa del Bautista. «Entonces ¿qué salisteis a ver?, ¿un profeta?…» (Lc 7,28). Jesús eleva a Juan a la más alta categoría de la economía salvadora. La llamada de Dios y la llamada que el mismo Dios le encomendó no tienen parangón con ninguno de los profetas anteriores, tanto en Israel como en otros posibles ámbitos dentro de la humanidad. Él se inscribe en la cima de la dignidad humana y profética (cf Job 14,1). Pero, a pesar de todo esto, Juan se queda en el umbral del nuevo tiempo que inaugura Dios con la presencia en la historia de su enviado: «Y, sin embargo, el último en el reino de Dios es mayor que él» (Lc 7,28). La comunidad cristiana debe superar a Juan: hacer hijos de Dios y hermanos de Jesús: es la nueva alianza que Jesús inaugura con su vida y muerte. Y en la cual, Juan es el más pequeño.
3.- Juan predica que es necesario convertirse: hay que estar preparados cuando venga Dios para destruir el mal. Sin embargo, Jesús cree en la bondad que aún hay en la gente. No hay que arrasar la creación, porque proviene del corazón amoroso de Dios. Y enraizados en la bondad divina, Jesús y nosotros, sus seguidores, debemos anunciar la liberación de todo mal a los que lo sufren, y comunicarlo con nuestras obras: Dios comienza a actuar en la vida de la gente porque los cristianos hemos recibido y percibido en nuestra existencia la novedad que supone el amor divino y su repercusión en la defensa de la vida. «… para dar la buena noticia a los que sufren; a los pobres».