LA FUERZA DE EVANGELIO

“Id al mundo entero”

 
P. Ruiz Verdú OFM

Nadie recordaba de dónde vinieron. Pero desde que llegaron, el pueblo no era el mismo. Hasta se decía que se había roto la paz, pero que esa ruptura era debida a que descubrieron algunos en qué consistía la auténtica paz.
Hasta que ellos llegaron, cada casa era una fortaleza, cada persona una isla. Todos respetaban a todos; nadie amaba a nadie.
Cuando llegaron…
– “¿Cómo llegaron?”, interrumpió Dina. “Quiero decir: ¿eran personas muy raras?
Lo que se dice en el pueblo es que una mañana, al salir de sus casas las mujeres para ir a la fuente, se encontraron allí a dos hombres lavándose los pies.
– “El Señor os dé la paz, hermanas”–

Acostumbradas al silencio, el saludo les pareció extraño. Mientras llenaban sus cántaros, se iban fijando en ellos. Vestían de un modo raro; no llevaban equipaje; sólo un bastón; y unas sencillas y pobres sandalias abiertas cubrían sus pies.
Los dos peregrinos no hablaron más. Las mujeres, después de llenar los cántaros de agua, se marcharon preocupadas a sus casas.
– “¿Es ésta toda la historia?”, preguntó Nacho.
Cuando llegaron a sus casas, la mujeres contaron a sus maridos lo que les había sucedido en la fuente. Pero no se habían fijado en un detalle: los peregrinos llevaban consigo un pequeño libro.
Hombres, mujeres y niños, llevados de la curiosidad fueron a la fuente. No vieron a nadie; sólo el pequeño libro que los peregrinos intencionadamente se habían dejado.
– “Y qué pasó con el libro?, preguntó de nuevo Nacho.
– “¡Vaya una pregunta!, pensó Dina. “Pues lo tomarían y lo leerían”, dijo en voz alta.
Pues precisamente ahora comienza la historia”, dijo Kabuel, que así se llamaba el narrador de la historia. Y su voz transparentaba alegría con tintes de tristeza y nostalgia.
Dina y Nacho se pusieron atentos.
El que era considerado como jefe del pueblo convocó a todos para decidir qué hacer con el libro. Después de una larga discusión, convinieron en romperlo y repartirlo en partes iguales. De este modo, nadie envidiaría a nadie. Y así lo hicieron.
A medida que iban leyendo sus hojas, sentían más curiosidad por conocer el contenido de las hojas del otro. Ninguno estaba ya contento con su parte. Entonces decidieron reunirse de nuevo.
—  “He observado, dijo el que era tenido por jefe del pueblo, que estamos todos  curiosos por conocer el contenido de las hojas del otro. Y esta curiosidad nos está convirtiendo en personas recelosas, suspicaces, envidiosas. Propongo juntar todas las hojas del libro como estaba al principio.
– ¿Y dónde dejaremos el libro?–
Dejémoslo allí donde lo encontramos, en la fuente. Y quien desee leerlo que se acerque a la fuente –.
A todos les pareció bien la propuesta. Y el libro volvió a la fuente.
Pasaba el tiempo, y, por respeto humano, nadie se atrevía a acercarse a la fuente y leer el libro.
… Hasta que comenzaron los sueños.
Uno soñó que al libro le nacían alas; otro lo vio convertido en pan; otro como un faro de luz. Y así, sueño tras sueño, el libro se fue haciendo imprescindible. Tanto que se convirtió en el comentario de todos los días. A partir de estes sucesos, las mujeres iban a la fuente contentas y jaleosas. Las casas dejaron de ser fortalezas; las islas desaparecieron y el respeto se convirtió en amor.
Kabuel, Dina y Nacho quedaron en silencio, pensativos.
– ¿No podríamos también nosotros leer ese libro maravilloso? Preguntaron a una Dina y Nacho.
– Kabuel respondió: “El que sea sabio que recoja estos hechos y comprenda la misericordia del Señor” (Salmo 106).

¿Te gusta el Blog?

Comparte con tus amigos para dar a conocer Familia Franciscana.