Mártires documentados y mártires anónimos
                    (a propósito de la hagiografía de San Sebastián)

Elena Conde Güerri

Uno de los santos más venerados en la piedad popular y patrono de muchas localidades, es sin duda San Sebastián. Su figura ha captado mi atención en estas fechas de inicio del nuevo año en que su memoria se celebra el 20 de enero pero, esencialmente, por las sugestivas incógnitas que ofrece su personalidad real adecuadas para instruir en la fe y en la ciencia a todos quienes deseen leerlo en este Blog.
La Hagiografía es la ciencia que estudia la identidad de quienes han sido considerados oficialmente Santos por la Iglesia, ya sean mártires o no, y toda la documentación y pruebas sobre sus vidas que ratifican que son merecedores de recibir culto o, mejor, de poder ser nuestros intercesores ante Dios. Es una materia difícil porque exige un riguroso escrutinio de todas las fuentes e información relativas a sus vidas y, con frecuencia, la emotividad de la piedad popular enraizada en los sentimientos, sin excluir las leyendas orales difundidas sobre sus presuntos milagros, quieren anteponerse a los dictámenes conclusivos y oficiales. En el mundo de ahora, cualquier proceso es delicado pero los modernos métodos de investigación y la información mucho más controlable, ayudan sobremanera a una inserción en el calendario litúrgico, al menos razonable para la inmensa mayoría de creyentes.
En el mundo de los inicios del cristianismo histórico no era así, por motivos claros. Sólo una verdad era categórica: los mártires, o “testigos de Cristo” que daban su vida por la fe, generalmente en el trascurso de una persecución, eran automáticamente santos. No le habían negado, a pesar de los suplicios, y le habían ofrecido su vida con generosidad y esperanza, tal como El hizo con nosotros. La fuente más importante que testimonia estos hechos se llama Acta Martyrum y, fuera de cualquier imaginación, tenía un carácter de documento oficial ya que ponía por escrito el desarrollo de los respectivos procesos verbales ante la autoridad oficial sancionada por el emperador, es decir por Roma. Se mencionaba el nombre del procónsul o del funcionario imperial, en su caso, que supervisaba la persecución contra los cristianos y cada proceso en particular, con atención al nombre del futuro mártir o detalles sobre su persona o lugar de nacimiento y, a veces, incluso profesión. Se tomaba nota de las preguntas que le eran formuladas durante el interrogatorio, en cuyo elenco el mártir siempre se negaría a dar culto al César ya que sólo Dios es el único Dios, y finalmente hasta podía especificarse el tipo de suplicio a padecer y en qué lugar concreto. Se levantaba acta, en suma, de ahí el nombre. Dado el proceso complicado de toda transmisión textual, las Actas de los Mártires no fueron inmunes a controversias entre los especialistas, por una parte, y a la ansiedad de ciertas comunidades de cristianos, por otra, que anhelaban saber más y más datos de aquellos finales heroicos y edificantes en caso de que el Acta resultase clara y concluyente pero demasiado aséptica. Surgen, en consecuencia y de modo paralelo, las Passiones. Con un núcleo real basado en las Actas, sus autores, generalmente cristianos cultos y en ocasiones clérigos, construyeron verdaderas piezas literarias donde se abundaba en los pormenores historiados sobre el mártir, su ambiente y el destino de inhumación de sus restos para satisfacer las demandas piadosas de todos aquellos que veneraban a los mártires como a los héroes de un tiempo nuevo con epicentro cristológico. No importaba si incluían algunos elementos legendarios. Podría decirse que, además de su valiosa documentación real, se inauguraba un género literario que progresivamente alcanzó gran aceptación en la Iglesia por la riqueza de su didascalía en las virtudes heroicas, hasta culminar en la famosa Leyenda Aúrea escrita a mitad del siglo XIII por Jacobo de la Vorágine, arzobispo de Génova.
Se deduce, pues, que una documentación fidedigna sustenta el conocimiento y los méritos de los mártires pero, volviendo la moneda, no todos los mártires mencionados en todas las fuentes fueron los más venerados, los más populares, los más atractivos para la iconografía y el arte. San Sebastián es un ejemplo. No aparece en las Actas y los trazos sobre su persona son más bien rápidas pinceladas de un boceto inconcluso. Pasión, sí tiene. Parece que la escribió, avanzado el siglo V, un monje que vivía en un monasterio erigido junto a la Catacumba homónima por mandato del Papa Sixto III. En ella decía que Sebastián era un oficial del ejército romano aseteado por sus propios soldados por orden del emperador Diocleciano (otros mencionan a otro emperador anterior) de cuyo suplicio presuntamente no murió. Sometido a una segunda y definitiva tortura, su cuerpo fue piadosamente recogido por la matrona Lucina y sepultado in Catacumbas, in initio cryptae, iuxta vestigia Apotolorum. La mención topográfica es importante, se revela como la más fidedigna sobre el mártir ya que la Depositio Martyrum, el documento litúrgico romano más antiguo que se conoce sobre los mártires de Roma, escrito entre el final del siglo III y el IV, fija el dies natalis del mártir el 20 de enero e indica su depositio “en un lugar inferior del cementerio Ad Catacumbas ”. Primer nombre del de la Via Appia Antigua que pronto asumió el de San Sebastián, como sigue en la actualidad ( y custodiado por Frailes Franciscanos precisamente) por veneración al mártir allá inhumado muy cerca del lugar donde se atribuye que durante un tiempo reposaron los restos respectivos de San Pedro y San Pablo antes de ser llevados definitivamente a los lugares consagrados por sus basílicas respectivas. En la Basílica que se alza sobre la susodicha catacumba, en la primera capilla a la izquierda, se exhibe majestuosa una escultura yacente de San Sebastián, de mármol, en la barroca plenitud de su anatomía varonil, algo mórbida y abierta por las heridas de las flechas. Proyectada por Bernini pero ejecutada, según se admite, por su discípulo Antonio Giorgetti quien también realizó los ángeles del Puente de Sant’ Ángelo, es a mi entender una de las más hermosas entre las numerosas obras de arte que inmortalizaron al mártir.
Mártir documentado tan sólo parcialmente, pero intensamente venerado y rabiosamente popular, valga la expresión. La epidemia de peste que se desató en Roma el 680, aceptándose la información del historiador Pablo Diácono, y que fue atenuándose por su intercesión, le convirtió en abogado contra dicha enfermedad. Título que revalidó en 1350, cuando la pandemia de la peste negra asolaba toda Europa. Las mentes cultas ya lo habían asociado con el dios Apolo, hermoso y caprichoso bipolar, que con sus flechas lo mismo lanzaba el proceso del enamoramiento que la enfermedad de la peste, tal como se ve en diversos pasajes de la Ilíada. La hagiografía mutó en homeopáticas las flechas del santo mártir y en épocas de carencias, hambrunas y desolaciones varias, el culto a San Sebastián y su iconografía se fueron difundiendo más y más con en extraordinario arraigo popular hasta nuestros días. Además, había sido soldado romano de alto rango y esto siempre era un plus en la tradición en que el poder de Roma aparecía indisolublemente ligado a sus legiones. Y no lo digo como crítica sino como una prueba más de que, frente a la inconcreción de las fuentes, a la oscuridad de los datos a veces legendarios, dos o tres pistas clave son suficientes para que la religiosidad popular no olvide nunca que si ha habido santos, si muchos de ellos han sido mártires, no lo han sido por un fin en sí mismos, para su propia gloria u orgullo sino por seguir con fidelidad absoluta los mandatos del Señor.
Ahora, en estos años del siglo XXI, sigue habiendo mártires. Son silentes, anónimos, no están probablemente en ningún documento y su ejemplo, amordazado  a veces por la conveniencia injusta de consignas estatales, alumbra muchísimas topografías del mundo conocido. No es necesario bajar a la oscuridad de las catacumbas. Los nascituri no deseados, los niños explotados laboralmente o sometidos a vejaciones ignominiosas, los privados de libertad de expresión para la justicia, los perseguidos y torturados simplemente por honrar y venerar la Cruz, los ancianos desechados. Todos los forzados a la amnesia y a la ceguera de los valores cristianos y trascendentes porque, simplemente, su entorno se lo prohíbe pero siguen adelante con esperanza abrazados a esa Cruz, todos esos son mártires en vida. Sólo ellos y el Señor conocen la profundidad de las heridas de sus flechas. San Cipriano, obispo de Cartago a mitad del siglo III, que también murió mártir, decía que los mártires incruentos abonaban la tierra para la mayor fecundidad de futuros cristianos.

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