V Domingo T.O.

P. Ruiz Verdú OFM

Oración colecta
Dios nuestro, cuida a tu familia con incansable bondad, y, ya que solo en ti ha puesto su esperanza, defiéndela siempre con tu protección. Por nuestro Señor Jesucristo.

Son muchas las cosas en las que fundamentamos nuestro éxito. Y en ellas nuestro futuro y felicidad. Sin embargo, a pesar de las invenciones técnicas y nuestra búsqueda constante del bienestar y la seguridad, vive en nosotros un sentimiento profundo de fragilidad: nos sentimos frágiles. La vida nos ha sido dada por Dios como regalo, para que cuidemos rectamente de ella y así alcancemos la plenitud eterna.
Conscientes de que el mal nos atrae, le pedimos al Señor que vele por su familia, que somos nosotros, con amor continuo, para que no nos desviemos del verdadero camino. Y Dios siempre amorosamente atento.
En la oración colecta de hoy pedimos además al Señor que nos proteja y nos defienda; que el mal no se apodere de nuestro espíritu y que luche a nuestro lado siempre. Defiéndenos, Señor, del mal y líbranos de él. Que nuestra imprudencia no sea causa de apartarnos de ti, pues en ti hemos puesto nuestra esperanza. Así sea.

Oración sobre las ofrendas
Señor y Dios nuestro, que has creado los frutos de la tierra para sostener nuestra fragilidad, haz que estos dones se conviertan en sacramento de vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Tú, Señor, no creas cosas inútiles, todo tiene un motivo de existir, aunque no siempre sabemos para qué. Ahora, en este momento de nuestra celebración eucarística, de los muchos motivos por los que has creado el pan y el vino, es fortalecer nuestra debilidad. Porque es verdad que el uso de las cosas que tú nos regalas nos quieren indicar que necesitamos de ti. Y no solamente fortalecen nuestra debilidad corporal, sino que, por mandato tuyo, son signos de tu amor y de tu presencia entre nosotros y, además, sacramento eficaz de vida eterna.

«Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,
que es muy útil y humilde y preciosa y casta.
Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual alumbras la noche,
y es bello y alegre y robusto y fuerte».
(San Francisco, Cántico 7-8)

Oración después de la comunión
Señor, que nos hiciste compartir el mismo pan y el mismo cáliz, concédenos vivir de tal manera que, unidos en Cristo, demos fruto con alegría para la salvación del mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Siempre que nos acercamos a comulgar recordemos que es Dios quien nos invita. A todos nos ofrece el mismo alimento, su Hijo, y en todos desea Dios que produzca fruto abundante, no llevados por la inercia o la costumbre, sino con gozo, conscientes, sabiendo que todo lo bueno que hacemos durante la semana es consecuencia de haber asistido y participado de la Santa Misa el domingo, según lo que nos recuerda san Pablo: cualquier cosa que hagáis, por muy insignificante que sea, hacedlo todo en nombre del Señor Jesús, unidos a él. Que no se trata de hacerlo sólo para nuestro bien personal, sino como nos dice la oración: para la salvación del mundo.

«Demos gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que realiza en nosotros.
Dichosos somos si tenemos hambre y sed de la salvación,
Dios nos saciará».
(Sal 106,8)

 

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