“PAZ Y BIEN”.

RESONANCIAS BÍBLICAS DEL SALUDO FRANCISCANO

I

Por Antonio G. Lamadrid

Paz y Bien» es el saludo hoy generalizado entre los franciscanos, el lema y distintivo de los hijos de san Francisco; pero, tal vez, no sepamos su significado exacto ni su alcance. El presente estudio trata de desentrañarlo, no precisamente en cuanto franciscano, sino más bien en cuanto enraizado en la tradición bíblica. Durante una estancia de varios meses en una residencia de franciscanos, en su mayoría de procedencia italiana, me llamó la atención la frecuencia con que los religiosos repetían entre sí y con los demás el saludo «pace e bene». Estaba yo haciendo un estudio precisamente sobre la paz en la Biblia y a lo largo de mi trabajo me había encontrado no pocas veces en el AT con la misma expresión «paz y bien». Más aún, dicho binomio sumergía sus raíces en las literaturas del antiguo Medio Oriente.

Sentí curiosidad por conocer el origen del citado saludo franciscano «pace e bene», y la información que pude recoger de viva voz no era uniforme. Según algunos, el saludo arrancaría del propio san Francisco. Otros lo creían un saludo tardío; posiblemente su origen no iba más allá de nuestro siglo, decían, y señalaban, incluso, las comunidades terciarias franciscanas de la provincia de Venecia como probable lugar de origen.

Deseoso de encontrar datos más concretos y fehacientes, recurrí a la vida y escritos de san Francisco. San Buenaventura nos relata que Francisco, movido por el Espíritu divino, comenzó a desear vivir la perfección evangélica y a invitar a los demás a que se convirtiesen, usando para ello palabras penetrantes y llenas de virtud celestial. «Al comienzo de todas sus predicaciones saludaba al pueblo, anunciándole la paz con estas palabras: «¡El Señor os dé la paz!». Tal saludo lo aprendió por revelación divina, como él mismo lo confesó más tarde. De ahí que, según la palabra profética (Is 52,7) y movido en su persona del espíritu de los profetas, anunciaba la paz, predicaba la salvación y con saludables exhortaciones reconciliaba en una paz verdadera a quienes, siendo contrarios a Cristo, habían vivido antes lejos de la salvación» (LM 3,2). Y el Espejo de Perfección nos dice: «También le fue revelado el saludo que habían de emplear los hermanos, como hizo escribir en su Testamento: «El Señor me reveló que debiera decir al saludar: El Señor te dé la paz» (Test 23). En los orígenes de la Religión, yendo de camino… saludaba a todos, hombres y mujeres y a los trabajadores del campo, diciendo: «El Señor os dé la paz». Como no habían oído nunca que otros religiosos saludaran así, les extrañaba muchísimo. Y algunos, malhumorados, replicaban: «¿Qué intentáis decirnos con este saludo?». De modo que su compañero comenzó a avergonzarse y pidió así al bienaventurado Francisco: «Permíteme que salude de otra manera». El bienaventurado Francisco lo animó diciendo: «Déjales que digan lo que quieran, porque no perciben las cosas de Dios. Pero tú no te encojas de ánimo, porque habrá muchos nobles y principales de este mundo que por este saludo te mostrarán, a ti y a los hermanos, reverencia…»» (EP 26).

Los Tres Compañeros añaden un detalle interesante al unir paz y bien: «Como más tarde Francisco mismo atestiguó (Test 23), había aprendido, por revelación divina, este saludo: «¡El Señor te dé la paz!». Por eso, en toda predicación suya iniciaba sus palabras con el saludo que anuncia la paz. Y es de admirar -y no se puede admitir sin reconocer en ello un milagro- que antes de su conversión había tenido un precursor, que para anunciar la paz solía ir con frecuencia por Asís saludando de esta forma: «¡Paz y bien, paz y bien!»… Dotado de improviso el varón de Dios del espíritu de los profetas, en cuanto desapareció su heraldo, comenzó a anunciar la paz, a predicar la salvación; y muchos que habían permanecido enemistados con Cristo y alejados del camino de la salvación, se unían en verdadera alianza de paz por sus exhortaciones» (TC 26). Es lo que también nos repite Celano: «En toda predicación que hacía, antes de proponer la palabra de Dios a los presentes, les deseaba la paz, diciéndoles: «¡El Señor os dé la paz!». Anunciaba devotísimamente y siempre esta paz a hombres y mujeres, a los que encontraba y a quienes le buscaban. Debido a ello, muchos que rechazaban la paz y la salvación, con la ayuda de Dios abrazaron la paz de todo corazón y se convirtieron en hijos de la paz y en émulos de la salvación eterna» (1 Cel 23). «Entre éstos, un hombre de Asís, de espíritu piadoso y humilde, fue quien primero siguió devotamente al varón de Dios. A continuación abrazó esta misión de paz… el hermano Bernardo» (1 Cel 24).

Francisco quería que sus hijos fuesen mensajeros de paz. «Marchad, carísimos, de dos en dos por las diversas partes de la tierra, anunciando a los hombres la paz y la penitencia para remisión de los pecados. Y permaneced pacientes en la tribulación, seguros… A los que os pregunten, responded con humildad; bendecid a los que os persigan; dad gracias a los que os injurien y calumnien… Estas palabras las repetía siempre que mandaba a algún hermano a cumplir una obediencia» (1 Cel 29). «Amonestaba también a los hermanos que no juzgaran ni despreciaran a nadie… Y seguía diciendo: «Tal debería de ser el comportamiento de los hermanos entre los hombres, que cualquiera que los oyera o viera, diera gloria al Padre celestial y le alabara devotamente»… Y les decía: «Que la paz que anunciáis de palabra, la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones…, que por vuestra mansedumbre todos sean inducidos a la paz, a la benignidad y a la concordia. Pues para esto hemos sido llamados: para curar a los heridos, para vendar a los quebrados y para corregir a los equivocados. Pues muchos que parecen ser miembros del diablo, llegarán todavía a ser discípulos de Cristo»» (TC 58).

Lo dicho por los biógrafos concuerda sustancialmente con lo que el propio san Francisco manda y recomienda en sus escritos a los hermanos cuando van por el mundo. En particular, les prescribe que cuando entren en alguna casa digan: «¡Paz a esta casa!» (1 R 14,2; 2 R 3,13). Y en el Testamento escribe: «El Señor me reveló que dijésemos el saludo: ¡El Señor te dé la paz!».

No entramos ni salimos sobre el valor crítico de todos estos datos y testimonios. Lo único que nos interesa es constatar la existencia del saludo «pax et bonum» en la alta Edad Media y llamar la atención sobre su resonancia bíblica, como ahora vamos a demostrar. Enunciaremos primero los textos en los que el binomio paz-bien aparece en paralelismo expreso y, luego, señalaremos algunos paralelismos implícitos. En una segunda parte estudiaremos los conceptos de «paz» (shalôm) y «bien» (tôb) en su relación con la alianza (berit). Finalmente, trataremos de seguir la prehistoria de dichos conceptos en las literaturas del antiguo Medio Oriente.

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