EL BESO

 

Mari Ángeles Hernández

Me entretengo mirando por las cristaleras que dan a la calle. Me acerco con frecuencia para observar si hay algún cambio. Las ramas desnudas de los árboles borran el paisaje y aumentan la desolación del exterior. Los carritos, rebosantes de comida, son arrastrados con lentitud, como leves pinceladas impresionistas, dan una nota de color a la calle desierta. Esto no es un sueño. No es un intento de dulcificar la ausencia de sentido. Es una auténtica realidad. Mi instinto de conservación se rebela ante lo que veo.
Algo está mutando en la tierra. Los profetas que con tanta imaginación desplegaron su apoteosis de lo absurdo han dado en la diana. Todo está sucediendo como presagiaron sus mentes desbordadas por el deseo de describir lo imposible. Todo es patético, pero real. Hemos entrado en el mundo tan anunciado de escafandras futuristas. La naturalidad con la que estamos aceptando el encierro es meritoria, resignada y disciplinada. Aquí no caben medias tintas. Empezamos teniendo miedo, sin saber exactamente por qué. Poco a poco vamos tomando conciencia de que algo muy malo está ocurriendo, porque cada día nos va calando, como gotas de agua, la terrible actualidad con la llegada del maldito coronavirus. Ahora nos protegemos, menos mal. El mundo no se acaba.
Que no cunda el pánico, aunque el hecho de llenar la despensa se ha convertido en el deporte favorito para paliar el tedio, y muchos o algunos muestran tanta intensidad, que parece que les va la vida en ello. En poco tiempo se han desvalijado los estantes de los supermercados; no quedan productos básicos para sobrevivir; es imposible que se haya duplicado la ingesta de alimentos en la familia. Dan ganas de llorar al ver las estanterías vacías…Hablamos de solidaridad… Esto es la otra cara de la moneda.
Pero al entrar en el mundo de los sentimientos, vemos que algo se ha roto también No es momento para demostraciones de cariño. Prohibido cualquier acercamiento físico. Stop asir manos, dar palmadas en el hombro, tocar, hacer una pequeña caricia. Es peligroso. De repente nos hemos vuelto fríos y distantes, como barras de hielo envueltas en sal para que no queden adheridas. Hemos cambiado nuestro ingenioso “piel con piel” por el sistema métrico decimal; que obliga respetar, como distancia mínima entre personas un metro bien medido.
Adoramos manifestar nuestras emociones. Las reservamos para momentos entrañables de nuestra vida, cuando sentimos fluir generosamente nuestros deseos, desbaratando situaciones grises. Somos personas en acción, con estrategias reservadas. Un simple beso puede cambiar la vida, y nuestra extrañeza ante lo que ocurre tiene su cénit en lo que significa, precisamente, ese cambio.
No poder besar. Inutilizar este sentimiento de Amor, tan traducido en el gesto de acercar nuestros labios, hacia la otra persona. Está prohibido como tantas cosas ahora. Hay que explicar a los niños por qué los mayores nos hemos detenido ante ellos, con tanta distancia por medio. Por qué no los acariciamos, abrazamos y les besamos como hacemos siempre. Ellos lo necesitan y nosotros también. El beso es lo primero que aprende un niño; porque en este gesto se concentra todo el amor del mundo y de la naturaleza humana.
Preguntaría muchas más cosas. Mi pensamiento vuela esperanzador cada vez que miro la calle, tan desierta como mis preguntas.
¿Recuperaremos este alto en el camino?

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