ROMPISTE MIS CADENAS

 

Saturnino Vidal Abellán OFM
Superior de San Antonio de Retiro.
Franciscanos. Madrid

 El día que decidí que podía contar mi experiencia, el salmo de la liturgia del día, el salmo 115, me hacía preguntarme: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?»
Yo he estado allí, sí, en el hospital, afectado por el Covid-19. Ha sido una experiencia de andar entre los límites. El valor que las cosas adquieren desde ese punto de vista, es bien distinto del que tienen ahora y tenían antes, cuanto está y estaba uno enfrascado en el fragor de la vida y de lo cotidiano. Ya me gustaría que las realidades del presente estuvieran, de alguna manera, teñidas por el valor que ellas han tenido en esos momentos. Con toda seguridad quedarían más relativizadas; pero, casi en  contradicción, adquirirían el valor para un compromiso más radical. Sería como vivir en esta orilla, pero iluminado por las realidades de la otra. Cuando se ve tan de cerca el momento de desligarse percibes con clarividencia los nudos que te atan a lo presente y la necesidad de desatar las ligaduras del corazón.
Resulta fácil cuando has establecido lazos en la otra ribera que te dicen que puede ser el momento de cruzar. La postura de postrado, en dependencia total, me recordaba el pasaje del evangelio en el que se narra la curación de la suegra de Pedro. Ella estaba también postrada en cama por la fiebre, y cuando Jesús llega a casa se lo comunican y él, acercándose y tomándola de la mano, la levanta.
Inmediatamente ella se pone a servirles. La posición de postrado no es posición de vida sino estado de muerte. Estar vivo y estar postrado en dependencia, produce un desgarro vital, porque estás apartado de la vida, al margen de la misma, sin posibilidad de participar en la convivencia y la corresponsabilidad, sin poder mirarla cara a cara. La vida se percibe en ángulo muerto, es decir, en mirada oblicua, que desciende hacia ti para socorrerte, pero que no tiene correspondencia porque nada puedes ofrecer. Al menos eso parece, por lo que afecta a la naturaleza, a lo corporal.

Sin embargo, hay una percepción a más profundidad que hace que te sientas vivo y que te empuja a vivir. Es una dimensión más allá de lo corpóreo y que percibí con claridad de dos maneras. En alguna ocasión me dio por pensar que los que me servían eran ángeles. ¿Y por qué no? Eran figuras humanas que venían a ti y te atendían, pero no tenían rostro, al menos rostro visible y reconocible —lo tapaban las vestimentas necesarias para protegerse—. Y, tras sus visitas, uno experimentaba que no era a la muerte a lo que te conducían, sino que te llamaban a vivir. Ellos estaban en pie, y estaban sirviendo, y se sirve para acrecentar la vida, no para apagarla. Porque su capacidad de servicio ha sido puesta como luz en candelero en esta situación de tragedia humana, se les ha llamado héroes. Se podía ver a diario la razón de su heroísmo. Héroe es el que cada día realiza su labor cotidiana de una forma extraordinaria, en la responsabilidad de su trabajo, en el anonimato, con sencillez y discreción. Esos eran mis ángeles.

La segunda manera es aún más honda y espiritual. Me refiero a la “comunión de los santos”. En estos días en que nos hemos visto privados de la comunión eucarística, muchísimos creyentes han “comulgado” a diario con el dolor de los que estábamos sufriendo en los hospitales, y han “comulgado” con la tarea abnegada y entregada de todos los sanitarios que nos han cuidado. Gracias a la rapidez de la comunicación que ofrecen las redes, te llegaban noticias de cómo muchos, muchísimos, conocidos e incluso desconocidos, estaban comulgando con mi dolor, y estaban poniéndolo en la voluntad de aquel que puede tomarte de la mano y levantarte. Era una fuerza, un empuje, que no te permitía rendirte.

Dios parece el gran ausente en esta grave pandemia mundial. Pero no. Él está actuando en todos los que ponen lo mejor de sí mismos, de su saber y de su persona, para servir a los enfermos y moribundos, y en aquellos que ejercen una “comunión” a distancia, tratando de compartir las energías y los ánimos a través de la cercanía espiritual y la oración. Muchos lo han hecho desde categorías meramente humanas, pero otros muchos han puesto su fe en escena para orar con insistencia y sin interrupción. Dios ha tenido que oírlos.

Y, llegados al final, vuelve la pregunta del principio: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?». Y no me queda más remedio que tomar como modelo a la que nosotros solemos “castigar” en nuestros chascarrillos: a la suegra. Sí, ahora toca ser como la suegra, la suegra de Pedro, que, una vez puesta en pie, retornada a la vida, se puso a servirles. Este episodio, bien mirado, ha sido solo eso: un servicio, aunque el destinatario del mismo he sido yo y otros los samaritanos. Corresponder a tanto bien como el Señor me ha hecho será posible si se llega a alcanzar la “caridad perfecta”, que se ha de convertir en el objetivo preferente de una vida en disponibilidad y servicio. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa (Sal 30, 2.4).

¡Oh alto y glorioso Dios! Dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta para cumplir tu mandamiento del amor nuevo.

 

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