Los siete días, en Cristo: Fórmula de la creación

José Granados García—Luis Granados García (Eds.)

El texto es un comentario a los siete días de la Creación en el que se mantiene el ritmo diario que forma la semana y la dinámica de ampliar y enriquecer la realidad, entrelazada en una bella armonía y abierta a la trascendencia con el descanso sabático, una trascendencia de Dios que explicita el amor que la generó y la bondad que se plasmó en lo creado. Si el pecado del hombre desvía de su finalidad a las cosas y a seres creados, la Resurrección de Jesús hace que todo encuentre de nuevo su sitio como sus identidades fraterna y filial. Cada capítulo termina, precisamente, con la iluminación proveniente de Cristo resucitado.
Comienza con la creación por la Palabra y la creación por la Visión. La primera es un acto de alianza de Dios con lo existente donde se explicita su fidelidad, además de ser un hecho de sabiduría con el que se identifica el objetivo que posee cada realidad creada. La segunda: el Señor al crear la luz crea el tiempo y hace posible la historia humana, que camina hacia el culmen de la salvación en Cristo: «Brille la luz del seno de las tinieblas […] para que resplandezca el conocimiento de la gloria reflejada en el rostro de Cristo» (2Cor 4,6). A continuación se estudian las tres «separaciones» que cuenta el Génesis. La afirmada de la luz de la oscuridad (1,4); las aguas de arriba de las de abajo separadas por el firmamento (1,6-7) y, por último, el día de la noche (1,14.18). No obstante las separaciones, permanecen vinculadas en la historia por la perspectiva teológica: el hombre se relaciona con Dios en el culto; o la separación de cielo, sede de la divinidad, y tierra, sede de las demás criaturas, hacen que la distancia haga posible el diálogo y la relación. Son separaciones para vincular o fecundar, como ocurre sobre todo en los humanos, y no separaciones violentas para alejar o destruir. De la separación de la luz y la tiniebla procede la afirmación joánica de que Cristo es la luz del mundo, y quien no se sigue anda en tiniebla (cf Jn 8,12).
El capítulo dedicado a luz, como efecto del sol y los astros, describe su importancia en los mitos y las creencias. Pero es con Platón y Aristóteles cuando se le relaciona con la sabiduría. Además del órgano —el ojo— y el objeto —el color— se da la luz del sol que es la causa de la visión. «Sin la luz no se puede ver y así como el sol es la causa del mundo sensible, en modo análogo la Idea del Bien es la causa de nuestro entendimiento». En el AT ocurre algo parecido. Se desdiviniza la creación pero se indica que el mundo no lo han creado las fuerzas ciegas e innombrables, sino la bondad de Dios. Su último fundamento y su razón de ser es la bondad. Por eso se crea lo primero la luz para distinguir y diferenciar a los seres creados que vienen después. La luz posee un prioridad ontológica que ilumina a todo lo que existe desde su mismo fundamento. Es la luz del Logos, decimos los cristianos, el Logos de Dios, que lo ilumina todo desde su presencia en la historia y en la creación (cf Jn 1,14).
Y de la luz pasamos a las flores y los frutos, al vergel que hace posible la vida humana y habitable la tierra. El árbol con su raíces, tronco, ramas, hojas y frutos, que dan madera, oxígeno, alimento, etc., se hace imprescindible al ser humano desde el principio de la vida en la tierra. No es extraño que se llore por su quema y se promuevan sus plantaciones, porque, entre otros beneficios, Dios se pasea entre ellos (cf Gén 3,8). Pero el árbol alcanza su cumbre cuando Jesús muere en la cruz: «Mirad el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo», cantamos el Viernes Santo: es el árbol nuevo que nos une a Dios, nos hace hermanos a los hombres y genera la vida nueva que proviene del amor de Dios. Y suceden los cielos estrellados, los animales del campo y la presencia del hombre y la mujer en la tierra, originando la historia de una relación mutua, con Dios y con todo los existente. Gracias a la comunión procreadora que alarga su presencia a lo largo de espacio y el tiempo, se mantiene el binomio de la creación: día y noche, sol y luna, cielo y tierra, esposo y esposa, paternidad y maternidad. El texto concluye con el descanso sabático, un día que el Señor concede a Israel la alabanza al Creador y la libertad para servirle. De acuerdo con esto, el sábado es para dar gracias cuando se mira y observa todo lo que el Señor nos ha regalado al resucitar a su Hijo, cuando lo recordamos cada domingo, el primer día de la semana. El tiempo de darle la adoración debida y agradecida.

Editorial Didaskalos, Madrid 2019, 246 pp., 15 x 21 cm.

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