Vocación de Jesús. Bautismo por Juan

Galilea es, pues, la pequeña patria de Jesús. Es el lugar que más tarde será la sede del Evangelio (Mc 1,14.39), en el que las gentes le seguirán (3,7-8), escogerá a los discípulos (1,16) y donde muy pronto se extenderá su fama (1,28). Del pueblo donde vive, Nazaret, o quizás desde la ciudad donde trabaja, Tiberíades, camina Jesús hacia una región distinta situada al otro lado del Jordán (Jn 1,28). Es el camino que frecuentan la mayoría de los judíos que viajan a Jerusalén desde Galilea, porque así evitan pasar por la región de Samaría, donde habita un pueblo no afecto al judaísmo. Es la misma ruta que tomará Jesús para ir a Jerusalén a celebrar la última Pascua (Mc 10,1). En este momento, un desconocido Jesús va a escuchar a Juan, famoso profeta, al que acude mucha gente para recibir el bautismo de conversión. Él también quiere recibir el bautismo (1,9).

El ámbito religioso en el que se mueve Jesús es el mismo del entorno de Juan. Jesús coincide con el Bautista en proclamar la situación de infidelidad en la que se encuentra Israel, dirigido por unas autoridades religiosas que, en connivencia con los poderes económicos y políticos, impiden una relación diáfana entre los creyentes y el Señor, sobre todo según las tradiciones proféticas. Por fin Dios anuncia una intervención definitiva sobre el Pueblo, que ve acercarse su fin. Ante tal estado de cosas, es necesaria una conversión urgente, un cambio de rumbo en la vida, pues el Señor no está dispuesto a rehacer una y otra vez su Alianza y conceder el perdón de una forma permanente e ilimitada. La predicación de Juan, un mensaje escatológico con tintes apocalípticos, y la práctica de un único bautismo como signo de conversión, es aceptado por Jesús en su conjunto.

Entonces «… fue bautizado por Juan en el Jordán» (Mc 1,9par). El hecho significa que Jesús acepta el sentido que Juan le está dando al bautismo, es decir, de integrarse en el grupo de israelitas que esperan la salvación y que supone un arrepentimiento de los pecados como alternativa a los ritos propuestos por la religión oficial. Estos ritos oficiales se orientan a admitir la situación social tal y como es defendida por los poderes fácticos, donde la práctica religiosa es una pieza clave para dicha estabilidad. Pero la aceptación del bautismo de Juan origina un serio problema en la comunidad cristiana primitiva, pues Jesús no sólo se comprende como el «sin pecado», sino que su persona y misión son fuente del perdón divino para los cristianos. De ahí que Mateo eluda decir quién bautiza a Jesús, Lucas coloque el encarcelamiento de Juan antes del bautismo y el evangelio de Juan lo suprima sin más.

Sin embargo, se deduce de la afirmación de Marcos que Jesús, perteneciente al pueblo elegido, se acerca a ser bautizado por Juan como todo creyente y piadoso judío que espera la salvación divina al vivir en un pueblo pecador. El arrepentimiento de los pecados, por lo general, es una experiencia colectiva realizada en un rito común sobre los múltiples aspectos que implica la infidelidad a la alianza divina, y a priori no supone una actitud individual de alejamiento de la relación personal con Dios que pueda originar una conciencia de pecado ante el amor gratuito de Dios. Por tanto, cuando Jesús recibe «el bautismo de penitencia para el perdón de los pecados» (Mc 1,4), no se dice que él se considere un pecador, pues no hay constancia de tal hecho; o que pertenezca a un mundo que los piadosos consideran alejado de las normas divinas o buenas costumbres sociales, como se le acusa al comunicarse con el círculo de «publicanos y pecadores»; o que sea un estorbo no querido por Dios al poner en peligro la paz del pueblo por transgredir las normas de convivencia sociales. El dato histórico de ser bautizado por Juan señala una actitud positiva de Jesús: la de ser solidario con la historia de su pueblo, una historia de bien y de mal en las relaciones con Dios. Y, justamente, este sentido de pertenencia religiosa judía es la que le da la posibilidad de acercarse a Juan, integrarse en su esperanza escatológica y recrear, más tarde, las condiciones de salvación para Israel.

Ante este hecho histórico, la comunidad cristiana, que ya experimenta a Jesús como Señor, hace que Juan muestre su inferioridad. Por eso cuando se acerca Jesús para ser bautizado: «…Juan se lo impedía diciendo: —Soy yo quien necesito que me bautices tú, ¿y tú acudes a mí?» (Mt 3,14). Después la teología cristiana borrará cualquier indicio de pecado en Jesús, pues Marcos lo sitúa en solitario y sin nombrar, como lo ha hecho con anterioridad para la gente, ya que el bautismo es de conversión para recibir el perdón, de manera que Jesús no confiesa sus pecados, y, finalmente, elabora una rica teofanía a través de la cual se muestra la identidad y misión de Jesús en los mismos inicios de su actividad pública.

No se sabe con certeza cuándo surge en Jesús la experiencia de su peculiar filiación divina y la posesión del Espíritu con el que desarrolla la proclamación del Reino. La tradición cristiana coloca esta conciencia de Jesús en el bautismo por Juan, donde Dios le revela su identidad y misión. Esto significa el preámbulo de su actividad pública y, por consiguiente, un cambio trascendental de su vida, que su familia no ha presentido a lo largo de su convivencia doméstica. Y se observa cuando Jesús vuelve a su pueblo después de un primer contacto con la muchedumbre, a la que anuncia el Reino con unos hechos sorprendentes, y «fue predicando y expulsando demonios en sus sinagogas por toda la Galilea» (Mc 1,39). Entonces sus parientes intentan recogerlo y conducirlo a casa, porque piensan que ha perdido la cabeza (Mc 3,21). La extrañeza de su familia ante su conversión, que le hace pasar de una persona anónima a otra deseada por la gente (cf Mc 1,45), porque en dicha transformación radical de su vida manifiesta a Dios de una forma nueva en medio de la historia, también lleva a exclamar a sus paisanos: «¿De dónde saca éste todo eso? y ¿qué clase de saber se le ha dado, que tales milagros realiza con sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago y José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas? Y esto lo sentían como un obstáculo» (Mc 6,2-3par).

En cualquier caso, es probable que Jesús esté un tiempo con Juan. El relato de la vocación de los primeros discípulos del evangelio de Juan así lo supone (1,29-45). Jesús está cerca de «Betania, junto al Jordán, donde Juan bautizaba» (1,28). Está, pues, fuera de su contexto familiar y de su trabajo. Sucede que dos discípulos de Juan, Andrés y Felipe, dejan al maestro y siguen a Jesús (1,35-44)(52), lo que sugiere que éste los conoce, porque también forman parte del entorno de Juan cuando él emprende un nuevo camino. Este conocimiento previo que tiene Jesús de sus discípulos, donde es posible que todos estén a la espera de la intervención divina anunciada por el Bautista, explica de alguna manera la llamada drástica al seguimiento sin mediar diálogo alguno como se narra en los Sinópticos (Mc 1,16-20par). Por otra parte, Jesús aparece bautizando con sus discípulos: «… Jesús con sus discípulos se dirigió a Judea; allí se quedó con ellos y se puso a bautizar» (Jn 3,22; cf. 4,1). Se deduce, junto con el ser bautizado por Juan, su estancia por un tiempo con el Bautista, y se explica que él siga con la práctica bautismal de su maestro.

 

 

¿Te gusta el Blog?

Comparte con tus amigos para dar a conocer Familia Franciscana.