De la venganza y de la paz

 

«Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente (Éx 21,24). Pues yo os digo: no opongáis resistencia al malvado. Antes bien, si uno te da un bofetón en la mejilla derecha, ofrécele la izquierda. Al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica déjale también el manto. Si uno te fuerza a caminar mil pasos, haz con él dos mil. Da a quien te pide y no rechaces a quien te pide prestado» (Mt 5,38-42; Lc 6,29-30).  La ley del talión la refiere Jesús como el culmen de la ética del judaísmo y se comprende dentro de las perspectivas de la historia de Israel, es decir, es necesaria la represalia o venganza al mal ocasionado. Al mal se le responde con la misma lógica violenta y conforme al principio de proporcionalidad. Con esto se le señalan unos límites a la venganza, pues en otros tiempos la revancha era mayor que el daño y de consecuencias imprevisibles. Más tarde, con el pensamiento sapiencial, aparece la idea de no entristecerse del mal ajeno, pues ello no complace a Dios y se puede caer en desgracia; es más, se aconseja que se haga el bien como otra forma de respuesta al mal: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber» (Prov 25,21). Aunque existen otros textos en este sentido, no inducen a pensar que sea una actitud generalizada en la piedad y en los comportamientos del pueblo.

Jesús radicaliza esta nueva manera de actuar y coloca su fundamento en la voluntad divina, en la nueva actitud de amor que Dios ha adoptado en sus relaciones con el hombre. Por eso está fuera de lugar devolver el daño sufrido, pues lo que provoca es aumentar la intensidad de la violencia y desgarrar aún más las heridas abiertas por la agresión. Incluso el principio de proporcionalidad aplicado a la violencia y del que quedan restos en Jesús cuando se atribuyen al bien hecho, se supera por la nueva dimensión de Dios que se concreta en sus actuaciones históricas de reconciliación con su pueblo pecador. Los méritos que Dios paga proceden más de su bondad que de los merecimientos nacidos de una vida justa y honrada, en la que el creyente se debe ceñir a su trabajo mirado siempre por el Dios providente, y ha de ser agradecido por la experiencia del perdón y de la paz provenientes de Él.

Con este horizonte, Mateo aporta cuatro ejemplos tomados de la vida cotidiana para romper la proporcionalidad al mal recibido. La comunidad del Evangelista es consciente de la renuncia a la venganza y a la violencia que conlleva (Mt 26,51-54), no obstante las incomprensiones que encuentra por doquier: «Mirad, para eso os estoy enviando profetas, doctores y letrados: a unos los mataréis y crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad» (Mt 23,34). Y los creyentes cumplen la actitud de paz, según la enseñanza y testimonio de Jesús.

Dar un guantazo en la mejilla era corriente entonces como señal de injuria y desprecio, y dársela a los discípulos, que es seguramente a lo que se refiere el dicho, incluye menospreciar el mensaje de Jesús. Si la bofetada va a la mejilla derecha el agresor tiene que ser zurdo o pega con el revés de la mano, que es lo más probable. Entonces se comprende con más claridad que la intención no es hacer daño físico, sino humillar y despreciar. Se cita al siervo del Señor que no responde a los insultos, como luego comprobaremos que le sucede a Jesús en su pasión y muerte: «Ofrecí mis espaldas a los que apaleaban mis mejillas, a los que me mesaban la barba; no me tapé el rostro ante ultrajes y salivazos» (Is 50,6).

El segundo caso tiene como fondo Éx 22,25-26: «Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo y para acostarse. Si grita a mí, yo le escucharé, porque yo soy compasivo» (cf. Dt 24,12-13). El manto tiene más valor que la túnica y es fundamental para pasar las noches en Palestina. Al que se queda con una prenda de vestir, a pesar de ser un robo, el discípulo de Jesús no debe reclamársela; antes al contrario, su actitud, nacida de la largueza del amor divino, le conduce a ir más allá en la generosidad con el necesitado o ladrón dándole lo que es necesario para vivir; las exigencias del amor superan a los derechos propios, como es exigir el manto para abrigarse por la noche.

Lo mismo se ha de responder al abuso de recorrer una milla, seguramente referido a un servicio público exigido por la autoridad militar o los funcionarios públicos a sus súbditos. Por último, Jesús ahonda en la recomendación de Éx 22,24: «Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole de intereses». Se excluyen las condiciones en las que se encuentran los que solicitan ayuda o los motivos que invocan. La dedicación de la persona al servicio del Reino conlleva la entrega de todos los bienes y de una forma permanente. Se pone a disposición del Reino la vida y cuanto ella abraza(58). Por eso se confían las cosas sin más razones al que pide, sin condiciones y sin restricciones. No hay que menospreciar o ser insensible al necesitado; la frase que explica esto es dura: «dar la espalda». En el paralelo de Lucas se añade: al que *te quite algo no se lo reclames» (Lc 6,30; EvT 95); no es preciso requerir lo robado cuando se vive pendiente y dependiente de Dios, ya que Él vela por los servidores del Reino de una forma continuada: «Por eso os recomiendo que no andéis angustiados por la comida y la bebida para conservar la vida o por el vestido para cubrir el cuerpo…»(Mt 6,25; Lc 12,22).

La posición de Jesús se entiende por la plena superación de la ley del talión. Es cierto que esta enseñanza no pretende cambiar el orden jurídico y menos situar en el plano personal e interior la respuesta a la violencia ajena. Estos niveles de las relaciones sociales son ajenos a la intencionalidad de Jesús. Él parte siempre del Reino de Dios, y las conductas humanas que se dan dentro de este espacio divino, que comprende a toda la creación, se orientan a superar todo tipo de violencia, sea cual fuere el origen: político, militar, económico, personal, cultural, etc. Por eso cualquier restricción de la no respuesta a la violencia es traicionar la doctrina y práctica de Jesús. Su actitud ataca de lleno las fuentes de la violencia y rompe los círculos infernales que se producen con la venganza indiscriminada o con la ley proporcional al daño recibido. La enseñanza y exigencia de Jesús da lugar a la llamada no resistencia activa. Pero no hay que olvidar el principio de donde parte Jesús: sólo por la experiencia personal de la bondad de Dios es posible la superación de la violencia. De ahí la frase con la que termina la antítesis. Es un amor que exige la oposición a la violencia y la renuncia a la ley del talión. Esta convicción se establece en las antípodas del sentir común de que la violencia encuentra su límite y se puede frenar exclusivamente con otra violencia más poderosa. Jesús afronta con originalidad profética una de las bases fundamentales para que la paz sea una realidad en la historia.

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