BERNARDINO DE LAREDO (1482-1540)

(Apuntes sobre su teología mística)

por Melquíades Andrés Martín

Fray Bernardino de Laredo es universitario, autor de dos obras de medicina: Metaphora medicinae y Modus faciendi cum ordine medicandi (Sevilla 1522 y 1534). Se autodescribe como «un fraile lego, de pequeño entendimiento, todo idiota e ignorante, sin fundamento de letras…». Es autor de Subida del monte Sión (Sevilla 1535 y 1538), con grandes correcciones [en la 2ª edición], que hacen de ella una obra nueva en su tercera parte. Laredo ingresó a los veintiocho años en la Orden franciscana, después de cursar la carrera de medicina.

Subida del monte Sión es la obra más famosa de los primeros codificadores del recogimiento después de Tercer abecedario [de fray Francisco de Osuna], bastante ignorada y presentada de modo desconcertante hasta que el benemérito padre Ros la situó biográfica, cultural e históricamente. Osuna, Laredo y Palma constituyen una introducción necesaria a muchos planteamientos teresianos, sanjuanistas y de otros místicos posteriores a 1550.

La obra de Laredo es un tratado metódico sobre la oración de recogimiento: aniquilación (p. 1.ª), seguimiento de Cristo (p. 2.ª), quieta contemplación de lo puro intelectual (p. 3.ª). Laredo y Palma representan la vivencia de la mística del recogimiento en Andalucía. Laredo es estilista menos cuidadoso que Osuna, pero más comprometido ideológicamente en la defensa de la espiritualidad afectiva estricta, o contemplación quieta, sin acto anteveniente o concomitante del entendimiento. ¡Cuánto ayudaría a penetrar en la hondura de estos autores una monografía sobre el amor puro y sobre el callar del entendimiento y de los discursos intelectuales, sobre la contemplación quieta, la reflexión de las potencias, el conocimiento por amor… en los grandes reformadores místicos de la edad de oro!

Diferencia entre las dos redacciones de la «Subida».- En la edición de 1538, la tercera parte es reelaborada totalmente. Basta comparar los títulos de los capítulos. En ello influyó sin duda la actitud de los censores de la primera redacción y sus observaciones, tal como se deduce de las 14 cartas del Extravagante y del desconcertante capítulo 36 de la tercera parte de la primera edición. A ello hay que añadir otros hechos importantes: la presencia de Francisco de Osuna en Sevilla durante los años de 1530 y 1531 y la entrada definitiva de Herp en nuestra espiritualidad. ¿Lo conoció Laredo a través de la traducción portuguesa de Spieghel (Coimbra 1533)? Acaso lo más característico de la primera redacción sea el valor atribuido a la experiencia y la doctrina del engrandecimiento del alma, que se encuentra en Santa Teresa y aún no ha merecido estudio alguno de consideración ni casi alusiones.

Engrandecimiento, ensanchamiento, dilatación del alma, son modos de hablar de Ricardo de San Víctor, recogidos por Carro de dos vidas (p. 1.ª c. 17) y expuestos con detalle por Laredo. El alma se ensancha en el conocer, desear y amar, «se engrandece en mayor conocimiento, y en mayor satisfacción ensancha la voluntad del amante, porque tenga la medida de sus deseos muy sin medida en su amor, hasta que sin medida ame a aquel que, sin medida amando, nos da el amor con que puede ser amado, muy junto con el deseo insaciable para amar». «Cuanto más alto subiere el alma más alto hallará a Dios, engrandeciéndose con Él», en Dios uno y trino.

En la segunda redacción desaparece la doctrina sobre el engrandecimiento, con todos los retoques que ello comporta, y algunas fórmulas como puro espíritu, alúmbrenos Dios, que resultaban sospechosas de erasmismo y, sobre todo, de alumbradismo.

A continuación expongo algunos puntos doctrinales céntricos de la segunda redacción. Aunque publicada en 1538 y redactada después de 1535, la analizo aquí para no separarla de la primera y para que quede en este capítulo junta la exposición de la vía del recogimiento y oración quieta.

La terminología.- No es unánime el modo de hablar de los místicos del recogimiento. Laredo distingue entendimiento e inteligencia, espíritu y mente, sindéresis, afición y afectiva, o talante de lo más alto y principal del ánima. Esta es, para él, la parte superior de la voluntad. He aquí como describe el ojo de la voluntad y su relación con el entendimiento:

«Pienso que la misma distinción que hay entre la voluntad y el entendimiento es la que divide estos dos términos. Creo que la contemplación sea oficio tácito y quietísimo de sola la voluntad, ocupada en solo Dios, reconociendo su amor sin conocer nada de él, con tan estrecha quietud que no se sabe menear, mas que sin saber desea, a manera de niño que, antes que tenga conocimiento de su madre, pide holgar en su pecho, siendo aquesta petición en muy tácito silencio, pues ni sabe en qué hablar ni tiene lengua que hable».

«Los ojos de nuestra ánima son la voluntad y el entendimiento. Con el entendimiento mira el ánima como por espejo y ve en las criaturas al Criador de todas ellas. Este ojo ha de estar cerrado en aquesta especulación… El segundo ojo con el cual el ánima mira a Dios, sin ver cosa alguna criada, es la fuerza noble del ánima, conviene a saber, la voluntad. Y este ojo nunca mira atentamente a su amado sin penetrar el corazón con el rayo del amor que sale del resplandor interior…, que es la afectiva o talante de lo más alto y principal del ánima…

»Hase también de notar que, entre los que somos flacos y poco ejercitados, muchas veces nos es necesario abrir el ojo del entendimiento y mirar con él las cosas criadas y levantar la vista al cielo…, y esto no es más veces que aquellas que la afectiva se hallare rebotada… Cuando (el alma) no se halla dispuesta para poder súbitamente levantarse en solo amor, debe enviar a su entendimiento para que, tasada y discretamente, tome las criaturas como flores de potencia y sabiduría y bondad de su Criador, y, en hallando algún poquito de gusto, vuélvase a entrar en la sustancia de su ánima por vía de entera quietud; y en claridad de cera y dulcedumbre de miel convertirá la maestra de abejas, a saber, la voluntad, lo que le presentaron… la memoria y entendimiento, y por vía de puro amor será precioso panal aquello que sus abejas trataron…».

Proceso hacia la contemplación quieta.- Laredo matiza más que Osuna algunos aspectos del ejercicio de la oración quieta, tales como la relación de los perfectos con los misterios de Cristo; con los cuatro grados del amor: operativo, desnudo de todo interés, esencial y unitivo; con la oración vocal y obras del entendimiento; con las industrias para incitar nuestra afectiva; con la lectura de la Sagrada Escritura y los libros de piedad; con el entrarse al alma en sí misma y subir sobre sí; con el arrobamiento…

Describe el proceso hacia la contemplación quieta desde cuatro puntos de vista: las cuatro edades de la vida espiritual, los grados de interiorización, los cuatro grados de amor y los cuatro modos de meditación que distingue.

Las cuatro edades de la vida espiritual son infancia, puericia, juventud y perfección plena. Esta consiste en un hábito de levantarse libremente a Dios por vía de aspiración con muy pronta afectiva. Se trata de un estado infuso que tiene por objeto el misterio de Dios en sí, sin relación con las creaturas, ya que se «toca» por negación de todas ellas en una mansedumbre de sosegada quietud, en quieta contemplación de la inaccesible divinidad.

Los cuatro grados del proceso de interiorización son llegarse el alma a sí, entrarse en sí, subir sobre sí, salir fuera de sí misma y muy dentro en el amor. Este proceso constituye una de las aportaciones históricas más importantes de la mística del recogimiento a la historia de nuestra espiritualidad. Fue el salto de una oración prevalentemente vocal a otra preferentemente mental o de toda la persona en su integridad.

A las cuatro edades de la vida espiritual corresponden cuatro grados de amor, que encontramos en Herp: operativo, desnudo de todo interés, esencial y unitivo.

Los cuatro modos de meditación laredianos son: por las criaturas conocer al que las crió (pequeña perfección); por el Creador conocer a sus creaturas (muy mayor perfección, pero no contemplación pura); levantarse por medio del entendimiento convertido en inteligencia pura (esto es ya contemplación en sola la voluntad, alzada por mediación del entendimiento); alzarse súbitamente la voluntad en quieta contemplación por sola afectiva, sin medio de entendimiento ni pensamiento; por vía de abrasante amor, juntarse con su Dios para tomar amor de la fuente y propio venero de donde manó el amor, por el cual se levantó (contemplación quieta y perfecta, si en ella coinciden las demás señales requeridas).

Como disposición, Laredo exige la reflexión, que es un arte o técnica para conseguir la recolección de las potencias, y el silencio y sueño de las mismas, que no es silencio de palabras, sino callar de entendimiento, serenidad de memoria y quietud de voluntad, sin admitir otra operación que la de la afectiva, empleada en amor. Esta desnudez de potencias parece abarcar también a la voluntad. Queda sólo la afectiva, que se resuelve en el fondo esencial del alma, que otras veces llama voluntad superior o parte más alta de la misma.

Una vez apartada el alma de lo que no es Dios, sobreviene el sueño espiritual de las potencias, que no es otra cosa que su suspensión y tácito callamiento.

La contemplación quieta en sí misma es designada por el médico místico sevillano con diversos nombres: ciencia infusa, sabiduría escondida o secreta, mística teología, ejercicio de aspiración. Ella constituye el recogimiento perfecto, el puro, desnudo y unitivo amor, que es renunciamiento al mundo de los sentidos internos y externos, de las potencias superiores hasta reducirse a su pura mismidad y ordenarse a Dios en sí, en su pura esencia. El recogimiento es una vía hacia lo esencial, hacia lo absoluto en puro amor, «como si no hubiese cosa criada más que sola aquella ánima que contempla en solo Dios». En el ámbito de la contemplación quieta se realiza la unión.

Esa contemplación quieta se produce sin que antevenga medio de algún pensamiento, ni de obra intelectual ni de razón natural. Laredo es más ideólogo en esta parte que Osuna; sigue a Balma y a Herp, y emplea la frase: «sin antevenir medio de algún pensamiento. El alma durante esos momentos no ha de saber pensar nada…, porque el amor de mi Dios… no es cogitable ni inteligible». Es un conocimiento sapiencial que se adquiere «tocando», no «entendiendo», porque Dios es incomprehensible, incogitable e inaccesible. Es un conocimiento propio de dioses, no de hombres. La quieta contemplación comprehende tocando y no penetra entendiendo.

La teoría de Laredo sobre los tocamientos divinos está inspirada en la Mística teología, del Pseudo-Dionisio. El alma es tocada por el amor increado. El amor divino levanta al alma y la junta con el amor increado de tal modo que pueda entender que el amor que le tocó, el que la ilumina y el que en sí tiene, sea un solo amor increado. Este amor es infuso, súbito, momentáneo, y tiende a convertirse en hábito. La afectiva se une al amor que fue causa y es remedio de sus llagas. Produce unión por infusión y transformación.

Añado tres consideraciones sobre la aspiración como amor puro por vía de sola afectiva, sobre la fórmula no pensar nada y sobre la oración del alma en su pura sustancia esencial. Estos tres párrafos encuadran el recogimiento en sus líneas fundamentales y relacionan a sus codificadores entre sí con Gómez García, Hugo de Balma, Herp y la tradición medieval, y con otros literatos de la época anterior, como Hernando de Pulgar, cuando en Los claros varones de España dice de Garcilaso de la Vega que era un caballero esencial.

1.º Cuantas veces en este tercer libro se dijese ciencia infusa, o sabiduría escondida, o secreta, o mística teología, o ejercicio de aspiración, hase de entender que significa un súbito y momentáneo levantamiento mental, en el cual el ánima, por divino enseñamiento, es alzada súbitamente a se ayuntar con Dios por puro amor, por vía de sola afectiva…, sin que antevenga medio de algún pensamiento, ni de obra intelectual o del entendimiento, ni de la natural razón. Notando, como otra vez se apuntó, que esta obra sobrepuja a la razón y al entendimiento humano… como los misterios…

2.º El objeto de la contemplación quieta lo expresa Laredo con muchos nombres: quietísimo sosiego, sosegado silencio, sosegada quietud, sueño o dormir de las potencias, quietísimo movimiento, sosegada pacificación del secreto entendimiento, ocuparse en solo amor, no pensar nada. «Siempre sea el principio de vuestra contemplación levantar de todo cuanto no es Dios el talante de vuestra ánima, en manera que algún pensamiento no tenga cabida en vos, cuanto quiera que sea bueno… Vuestra contemplación, si ha de ser quieta y perfecta, no ha de saber ocuparse en más que en un solo amor; el cual, si es amarse quieto en contemplación perfecta, no ha de saber pensar en nada durante aquella quietud, porque el amor de mi Dios, en el cual está el ánima ocupada, no es cogitable, ni inteligible, que lo pueda comprender nuestro entendimiento, sino deseable y amable; en nada tiene lugar en el entendimiento aprensión, sino sólo la afectiva, los deseos y la voluntad. Así que, si la perfección de todo contemplativo consiste en el amor de nuestro Cristo Jesús, en el cual los pensamientos impiden, necesario es que sintamos que entendió lo que decía el que dijo que es mejor en quieta contemplación no pensar nada… La noche, es a saber, el escondimiento de la contemplación quieta, alumbra la ánima contemplativa, así como lo muy más claro del día, es a saber, de cualquier comprehensión intelectiva. Porque las tinieblas, es a saber, el silencio secretísimo de la contemplación quieta, así dan satisfacción al ánima en cualquier quietamiento de entrañable devoción como en la luz que más regala el espíritu; porque en lo uno y en lo otro tienen conformidad con el querer de Dios». No pensar nada tiene, para Laredo, cuanto hay que pensar: «Pues el ánima que por amor unitivo en la contemplación quieta está ocupada en su Dios, bien se dirá con verdad que no debe pensar nada, pues que en este pensar nada tiene cuanto hay que pensar». Laredo recoge la herencia agustiniana medieval sobre la naturaleza del afecto, que nos hace uno con la persona amada y es, a la vez, fuente de conocimiento. Hugo de Balma lo hizo tesis escolástica. La actual psicología y teología revalorizan esta concepción.

3.º La oración quieta es, para Laredo, la de toda el alma, recogidas las potencias a su parte más alta y profunda, donde la imagen de Dios está impresa, ha dicho Osuna, en un proceso admirable de integración y esencialización.

«El mismo espíritu que ha velado cuando reposa en quieta contemplación llámase mente. Y de aquí viene que la contemplación quietísima y reposada, y muy pura, llámase oración mental, que quiere decir oración de sola el ánima en su pura sustancia esencial, ajena a sus potencias inferiores. Donde es de saber que la oración mental, absoluta y puramente, muy solamente es aquella en que el ánima, encerrada en su quietud, no entiende en lo que contempla. Y porque contempla en Dios solo, y Dios es bondad incomprensible; y así, cuando el ánima, puesta en su estrecha quietud, está empleada en solo amor, no sabe entender, en aquel su esencial encerramiento, otra cosa sino amar. Y es menester que sepamos que en aqueste recogimiento del ánima que contempla consiste la mayor satisfacción y mayor contentamiento, y más gran felicidad que cualquier contemplativo puede tener en esta vida».

La Teología española en el siglo XVI. T. II. Madrid, BAC (maior 14), 1977, pp. 214-218].

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