La ley del amor

La Torá significa en sus orígenes una instrucción de Dios y sirve para solventar situaciones concretas que se le presentan a Israel para cumplir su voluntad, voluntad de Dios que origina y define la ética judía. Tras la reforma deuteronomística la Torá designa ley de Dios, la escrita por Moisés, que está recogida en el Deuteronomio (28,61) y que después del exilio se amplía a todo el Pentateuco (Neh 8,3). Las instrucciones son verbales, que hay que recordar y no rechazar (Éx 18,20), o escritas para observar y guardar (Sal 119,34). La Torá, sin embargo, existe en función de la alianza; ésta es el cauce por donde discurre la vida de Israel una vez que Dios le ha elegido y constituido como pueblo de su propiedad. Por eso los mandamientos no son preceptos, sino acontecimientos divinos de salvación que se reactualizan en el creyente y en el pueblo por la obediencia: *El mandamiento está a tu alcance: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo+ (Dt 30,14). La Torá, aunque se traduzca por ley, no admite que se comprenda sólo en un sentido legalista, pues lo primero son los hechos salvadores de Dios realizados en el marco de la Alianza. Después la Alianza entre Dios e Israel se cumple por medio de la Ley.

Sin embargo, es probable, aunque lo decimos con mucha reserva, que la Torá se transforme con el tiempo en un cuerpo legal desgajado de las situaciones históricas del pueblo y, por tanto, separado de la Alianza. Entonces el creyente se relaciona con Dios por el cumplimiento de la Ley y no por la percepción de un Dios vivo que se revela en los acontecimientos personales y sociales de salvación, como pasa con la Alianza. Paulatinamente unirse a Dios significa acatar sus normas con el sentido jurídico que tiene en la cultura griega. La Ley se universaliza y cubre todos los ámbitos de la vida humana, de la historia de Israel y del cosmos, alcanzando un puesto tan fundamental que se sitúa como mediadora esencial entre Dios y el hombre. No se puede prescindir de ella si se quiere cumplir la voluntad de Dios y configurar la identidad judía. Es cierto que existen otras fuentes del comportamiento para el judaísmo, como es la creación, por la que la literatura sapiencial deduce conductas específicas para Israel, y la espera escatológica con la que se inaugura un nuevo mundo. En uno y otro caso, la sabiduría de Dios situada en la creación y en el nuevo orden escatológico sólo se pueden leer en la Torá, que monopoliza la lectura e interpretación de la auténtica voluntad divina. Por eso, y sólo en ella, se manifiesta en todo caso lo que Dios pide que el pueblo haga para conducirse con verdad en sus caminos.

La tradición más cercana a Jesús avala dos posturas diferentes sobre la Ley. Cuando comprende la Torá como voluntad de Dios, entonces la radicaliza. Como expondremos después con las antítesis y, por ejemplo, con el cuarto mandamiento del Decálogo, defiende la obediencia debida a los padres contra la costumbre del corbán, la ofrenda sagrada, por la que un hijo puede ofrecer a Dios los bienes debidos a los padres (Mc 7,9-13). Por otro lado, Jesús libera de la casuística farisaica que, aunque no es la nota distintiva de la piedad judía de entonces, es una de sus características, como se contempla en los preceptos de pureza de los alimentos (Mc 7,15.20; Mt 15,11) y en el precepto del descanso sabático.

Esta ambivalencia se entiende, en parte, por el convencimiento de Jesús de la cercanía del Reino como criterio único de actuación, ya que la experiencia de la proximidad de Dios como Padre es el fundamento de su ministerio. Y en la proclamación del Reino prevalecen las relaciones inmediatas de Dios con su pueblo marginado antes que la formalidad jurídica propia de una sociedad estable y asentada en una tierra y unas costumbres aptas para su entendimiento común. Esta situación no es lo que preocupa a Jesús: Dios sale al encuentro de los pobres y de los pecadores, y establece, por el mensaje de su palabra y el testimonio de sus obras, las exigencias apremiantes para la entrada en el Reino, que está al llegar.

Las antítesis de Mateo (5,21-48)

El pensamiento de Mateo sobre la Ley no es fácil de discernir, sobre todo porque inserta en su perspectiva teológica las tradiciones intermedias que, en parte, dependen del mismo Jesús. Parece que, en términos generales, se está de acuerdo en la actualidad de que Mateo toma en serio este tema, por las múltiples referencias que hace de la Ley y, por otro lado, continúa la tradición de Jesús de abrogar algunos contenidos de la Torá junto a su ratificación y cumplimiento.

La posición ante la Ley la formula Mateo de una manera programática en 5,17-20: *No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas. No vine para abolir, sino para cumplir. Os aseguro que, mientras duren el cielo y la tierra, ni una i ni una tilde de la ley dejará de realizarse. Por tanto, quien quebrante el más mínimo de estos preceptos y enseñe a otros a hacerlo será considerado mínimo en el Reino de Dios. Pero quien lo cumpla y lo enseñe será considerado grande en el Reino de Dios. Porque os digo que si vuestra justicia no supera a la de los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de Dios+.

Jesús cumple la Ley con sus enseñanzas, y esto se entiende en un sentido amplio: darle su auténtico significado, o añadir algo que le falta, o simplemente perfeccionarla. Pero cumplir la Ley con su conducta significa que lleva a cabo las promesas de la Ley y los profetas o que obedece y observa sus exigencias: *Brille vuestra luz ante los hombres, de modo que, al ver vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre del cielo+ (Mt 5,16). Buenas obras, por ejemplo, son las que señala el profeta Oseas (6,6): *Porque quiero lealtad, no sacrificios; conocimiento de Dios, no holocaustos+ (Mt 22,40). Se cumplirán todos los preceptos de la Torá, tanto los menos importantes, como los más importantes. Cada precepto exige un esfuerzo humano que Dios recompensa. La observancia forma parte esencial de la validez de la norma. Mateo lo enseña en ambos aspectos: *(Ay de vosotros, letrados y fariseos hipócritas!, que pagáis el diezmo de la menta y el anís y el comino, y descuidáis lo más grave de la ley, la justicia, la misericordia y la lealtad. Eso es lo que hay que observar, sin descuidar lo otro+ (Mt 23,23). Si esto es así, Jesús enseña y guarda con su conducta toda la Ley, y con esta conducta se erige en señor de ella(28) por la plenitud que entraña su misión escatológica.

Pero el comportamiento (justicia) de los discípulos de Jesús debe superar a la de los letrados y los fariseos para pertenecer al Reino; implica cumplir la voluntad divina en sus exigencias más duras, que se formulan con el precepto del amor, tal y como veremos en la sexta antítesis. En este aspecto existe una tensión evidente entre el cumplimiento de toda la Torá, en la que tantas prescripciones ridículas ponen en peligro la libertad, y el mayor y más importante de los mandamientos. En la práctica, el amor lleva consigo la superación y la invalidación de las prescripciones que se le oponen por estar en contra del hombre u ocultar el rostro benevolente de Dios Padre. Aunque también es verdad, pero en un plano estrictamente teórico, que toda ley es un don divino, ya que es expresión de la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios, como la ha vivido e interpretado Jesús, es la norma última que desvela las verdaderas intenciones y raíces de la Torá, como después se observará en las antítesis.

El Evangelista escribe este preámbulo a las antítesis para evitar toda ruptura con Israel, sobre todo porque Israel sirve al Dios vivo, Padre de Jesús, al que pertenecen los judíos convertidos en sus seguidores. Pero el criterio de acceso a la Ley es el amor como lo ha enseñado y vivido Jesús. De ahí que, en la práctica, la conducta (justicia) de los letrados y fariseos no se iguala a la del discipulado cristiano, porque ellos entienden la Torá como entidad legal absoluta y no como nació al principio, es decir, como fruto de las relaciones de Dios con su pueblo establecidas en la Alianza, es decir, como una historia de salvación cuyo culmen está en Jesús.

Mateo coloca a Jesús en el monte, igual a Moisés, y proclama las antítesis con demandas cada vez más fuertes hasta llegar al clímax del amor a los enemigos. Este amor es la clave de interpretación de la Ley. A ello se añade que quien lo anuncia es alguien que reclama una autoridad propia de las prerrogativas de Dios ante el pueblo: *Habéis oído que se dijo […] pero yo os digo+. Por eso en algunas antítesis se cuida mucho de que todo el material esté en la tradición veterotestamentaria. Con la fórmula de las antítesis, desconocida en la literatura judía, aunque tenga cierta afinidad en la enseñanza rabínica, se demuestra cómo todos los preceptos pequeños y grandes se someten al examen del amor. Las leyes no quedan abolidas (Mt 5,17), pero sí relativizadas al depender del amor (22,40); no negadas, pero sí radicalizadas por el amor.

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