¿Dónde está, muerte, tu victoria? 

Alexander Schmemann

Se dan en nuestra cultura occidental dos grandes tendencias a la hora de pensar la muerte: la que rechaza este mundo como si fuera “un valle de lágrimas”, -olvida que es creación de Dios-, esperando un mundo mejor después de la muerte; o la que no hace caso a la muerte pues espera que la evolución de la ciencia llegue alcanzar para el hombre una eternidad en la historia. Lo cierto, según el autor, es que la idea de la muerte se ha impuesto a la de la vida y convierte la creación en un “cementerio cósmico”. De aquí parte el texto que muestra el sentido cristiano de la muerte con varias citas de las cartas de Pablo que desarrollan el Misterio Pascual de Cristo. Él es la Vida que transforma la muerte.
Cuando Dios Padre resucitó a Jesús de entre los muertos, la fe cristiana proclama la victoria sobre la muerte en la muerte de Cristo, revelando una nueva realidad muy diferente a las dos posturas indicadas. Por desgracia el tiempo ha ido debilitando la originalidad del cristianismo, dando paso a la idea de la inmortalidad griega o excluyendo la muerte del sentido de la existencia humana. A esto se añade que la muerte cobra importancia cuando el hombre, y la cultura que genera,esconde a Dios y se convierte en el “señor” de la vida. Y, por otro lado, no se la da al cuerpo la importancia que tiene como transmisor y comunicador de la vida. Como escribe el autor “mi cuerpo es mi relación con el mundo, con los demás; es mi vida en cuanto comunión y relación”. El cuerpo es el alma de la libertad, del amor, de la comunión, de la vida, del movimiento (43).
Sobre esta base, la Pascua cristiana es la vida eterna que conseguimos en la historia, guiados por Dios que dona la justicia, la paz, la alegría, etc. (cfLc 24,36). Aunque siempre tendremos en nuestra vida la experiencia de Tomás: “Si no lo veo no lo creo” (Jn 20,25), que también se constituye en el centro de la vida, de toda vida. Realidad que se describe desde el mismo origen de la especie humana: los primeros padres dan la espalda a Dios al comer la fruta prohibida y erigirse libres y amos del paraíso. Son ahora sus señores a costa de excluir a Dios a cuya voz ya no obedecen ni responden. Este es el problema: que el mundo no puede ser fin en sí mismo y dejar de trasparentar a Dios, porque, al final, todo lo transforma en muerte (69).
El cristianismo, pues, es la respuesta que el Señor da a la muerte, originada por el hombre, con el don de la nueva vida que la ofrece a Jesucristo. Y para los que hemos sido bautizados y nos hemos introducido en su vida nueva damos muerte a la muerte que todo lo corroe y mata. No es solo la muerte comprendida como final de la vida, sino la muere presente en cada instante de la vida y de la vida de las instituciones sociales que impide la vida y libertad procedente de Dios. Y este estilo de vida que salva no lo ha implantado Dios por su omnipotencia, por un milagro, etc., sino viniendo a nuestra historia para transformarla en bondad, belleza, paz, etc. Se hace presente en la vida de Jesús. No se puede malinterpretar la vida de Jesús comprendiendo sólo a la muerte como el final de vida, sino debemos verla a lo largo de vida personal y socialcuando se hiere o transforma la vida como don de Dios, la paz y las relaciones comunitarias, donde los demás pasan de desconocidos a hermanos, cuya vida nos importa a todos. Más aún. Relacionando la fe cristiana con el mundo religioso o secular, ella trata de mostrar la Verdad de Dios, mejor aún, la libertad divina que se convierte en una relación de amor. Y desde estos parámetros, siempre existenciales, es donde se revela la sinrazón de la muerte. El enemigo a vencer y destruir para que el amor de Dios puede vivir desde la libertad en la historia humana y prolongarse sin fin en la eternidad.

Ed. Sígueme, Salamanca 2020, 110 pp., 12,5 x 19,5 cm.

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