REZANDO EL PADRENUESTRO CON SAN CIPRIANO DE CARTAGO

Elena Conde Guerri
El mes de septiembre se va deslizando por nuestro calendario vital con la traviesa actitud de un niño que desecha juguetes viejos y ansía otros nuevos. El verano, ya vivido, va quedando amortizado. Los días se abren a un cuadernillo mucho más pautado que, aun esperable por la experiencia de cada cual, no implica la ausencia de desafíos y de sorpresas a veces ingratas. Cambian las lunas, escenarios, aptitudes y sucesos, algunos tristes y desconcertantes para un cristiano, a velocidad tan increíble que reconocemos que necesitamos ayuda. Ayuda, luz, amarras esenciales, fuertes para que nuestra navecilla no naufrague pero tan sutiles a la vez para posibilitar la libertad de su travesía en el atrape de lo mejor. Lo mejor con mayúscula.
El Señor Nuestro Padre y su Hijo Jesucristo han sido y siguen siendo, con mucho, lo mejor. Su esencia es permanente e imbatible, siguen estando ahí a pesar de las nieblas de una sociedad errabunda que intentan su opacidad y nuestro desconcierto. Estoy convencida de que, ante trazos complicados, hay que optar por el sencillo, conductor y original. Porque guarda también el tesoro de la pureza doctrinal que jamás se marchita y que los cristianos estamos místicamente obligados a trasmitir. San Cipriano, elegido Obispo de Cartago a finales del 248, y martirizado el 14 de septiembre del 258 bajo la persecución de Valeriano (su memoria litúrgica se celebra el 16 de este mes), vivió unas décadas del siglo III en extremo difíciles y disruptivas. A las incursiones destructoras de los bárbaros en las fronteras diversas del Imperio, de las que el África Proconsular no era ajena, y a la difícil convivencia de distintas etnias en Cartago, su capital, más la irrupción de la peste a partir del 251 que dejaba a los cadáveres insepultos en las calles por temor al contagio, se unieron problemas doctrinales tangentes con la teología que requirieron la consulta con los Obispos de Roma, los Papas Fabián y Cornelio, y la convocatoria de los Sínodos respectivos. No era fácil tomar una postura firme frente a los libellatici, o cristianos bautizados que habiendo sido hechos prisioneros en las persecuciones por la autoridad romana competente, fingían haber sacrificado a los ídolos haciéndose con el libelo correspondiente. ¿Cómo conjugar la justicia, rectitud y también misericordia presumibles en un Obispo frente a estas débiles ovejas en las que, pienso, también podríamos vernos aludidos?
En medio de tales calamidades, San Cipriano optó por abrazarse indisolublemente a la pureza de lo original. Él, que nació en una familia pagana y acomodada y no se bautizó hasta entrados los cuarenta, sabía bien del convencimiento de una pastoral salvífica. Por eso escribió un breve Tratado sobre el Padrenuestro, De dominica oratione, ordenado en 36 puntos. Dentro de sus numerosos escritos, éste fue el ideal para la ocasión. Todo lo que precisamos, cuánto anhelamos, está contenido en el Padrenuestro porque “este modelo de oración nos ha sido dado por el propio Cristo y Él nos ha orientado e instruido acerca de lo que debemos pedir. Él, que nos concedió vivir, nos enseñó también a orar para que cuando hablemos con el Padre con la oración que nos enseñó el Hijo, seamos escuchados más fácilmente”. (2). Tal maravillosa oración, prosigue San Cipriano, exige sosiego, respeto y recogimiento para pronunciarla, por una parte, y convicción de que somos comunidad, communio, por otra. Dios no empatiza con las prisas, mal de cualquier tiempo histórico como se deduce y no sólo de este nuestro. Igual que es su deseo que sintamos la fraternidad profunda de la misma filiación divina. “No decimos Padre mío que estás en los cielos. Ni dame hoy mi pan. Pues nuestra oración es pública y comunitaria y cuando oramos, pedimos por todo el pueblo, no por uno solo. El Dios de la paz y maestro de la concordia que nos ha enseñado la unidad, quiso que cada uno ore por todos, así como El mismo nos ha llevado a todos dentro de sí mismo”. (8).
No es posible reflexionar aquí en toda la recitación de esta oración-poema con la que, obligados a rogar por nuestros pecados, tomamos profunda conciencia de que lo somos, más al reconocer que pecamos todos los días, evidencia que nos libra de perecer en la autocomplacencia de una presunta inocencia. Sí quisiera, no obstante, detenerme un poco en el comentario del Obispo mártir a la petición fiat voluntas tua in caelo et in terra. (14 ss.). La debilidad humana y nuestra propia condición rehúyen el dolor, el sufrimiento, lo intempestivo, las contrariedades. Y el Diablo está a la zaga propiciando nuestra desobediencia a Dios. El propio Jesús pidió al Padre en el Huerto de los Olivos que, de ser posible, le librase de aquel cáliz. Sin embargo, acató amorosamente “que no se haga lo que yo quiero sino lo que quieras Tú”. Es cierto que tenemos un cuerpo terreno y un espíritu que procede del cielo y entre ambos, cuerpo y espíritu, hay un combate continuo. Pedimos por ello que haya paz entre estos dos adversarios con la ayuda de Dios para que, cumpliéndose la voluntad de Dios en el espíritu y en la carne, se salve el alma que ha renacido de Dios. En el mencionado espíritu de comunión, en el Señor que nos manda amar incluso a nuestros enemigos y orar por quienes nos persiguen, todos debemos pedir también por “los que aún son terrenos por su primer nacimiento”, por quienes no creen, para que empiecen a ser celestiales una vez nacidos del Agua y el Espíritu. Es decir, la voluntad de Nuestro Padre obra en nosotros mimetizándonos con la actitud de Cristo y abrazándonos a su cruz con fortaleza y fidelidad, la de Aquél que sublimó toda la perfección y todos los padecimientos para que, aunque el primer hombre saliera del barro, todos lleguen a la salvación.
Inapreciable y atemporal la catequética de San Cipriano de Cartago, de fe y unidad, precisamente en su mes, este mes que alborea sus conmemoraciones litúrgicas con amables advocaciones marianas pero que, poco a poco, se adentra en el Misterio salvífico de que sólo en el árbol de la Cruz viven las certezas, la bienaventuranza y la perfecta alegría. No en vano hay cuatro festividades singulares: Nuestra Señora de los Dolores, la Exaltación de la Santa Cruz, la Impresión de las Llagas de San Francisco y San Jerónimo, filólogo y humanista, pero ante todo contemplativo y penitente.