Carta a un Ministro

A fray N., ministro: El Señor te bendiga (cf Núm 6,24).

Te digo, como puedo, acerca del caso de tu alma, que aquellas cosas que te impiden amar al Señor Dios, y cualquiera que te hiciere impedimento, ya frailes ya otros, aun cuando te azotaran, debes tenerlo todo por gracia. Y así lo quieras y no otra cosa. Y esto tenlo por verdadera obediencia del Señor Dios y mía, porque sé firmemente que ésta es verdadera obediencia.

Y ama a aquellos que te hacen esto. Y no quieras otra cosa de ellos, sino lo que el Señor te diere. Y ámalos en esto; y no quieras que sean mejores cristianos. Y ten esto por más que un eremitorio.

Y en esto quiero conocer si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieres esto, a saber, que no haya algún fraile en el mundo, que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, nunca se retire sin tu misericordia, si busca misericordia. Y si no buscara misericordia, pregúntale tú si quiere misericordia. Y si pecara mil veces después delante de tus ojos, ámalo más que a mí, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de los tales. Y, cuando puedas, comunica a los guardianes que por tu parte estás resuelto a obrar así.

En cuanto a todos los capítulos, que hay en la Regla, que hablan de los pecados mortales, con la ayuda del Señor en el capítulo de Pentecostés, con el consejo de los frailes, haremos un capítulo de este tenor: Si alguno de los frailes, instigándolo el enemigo, pecare mortalmente, esté obligado por obediencia a recurrir a su guardián. Y todos los frailes que sepan que ha pecado, no le causen vergüenza ni detracción, sino tengan gran misericordia acerca de él, y mantengan muy oculto el pecado de su hermano; porque no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos (Mt 9,12). Igualmente por obediencia estén obligados a enviarlo a su custodio con un compañero. Y el custodio mismo atiéndale misericordiosamente, como él querría que se le atendiese, si estuviera en caso semejante. Y si cayere en otro pecado venial, confiéselo a un hermano suyo sacerdote. Y si no hubiere allí sacerdote, confiéselo a un hermano suyo, hasta que haya sacerdote que lo absuelva canónicamente, como se ha dicho. Y éstos no tengan enteramente potestad de imponer otra penitencia sino ésta: Vete y no peques más (cf Jn 8,11).

Este escrito, para que se observe mejor, tenlo contigo hasta Pentecostés; allí estarás con tus frailes. Y estas cosas y todas las otras que se echan de menos en la Regla, con la ayuda del Señor Dios, procuraréis completarlas.

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