Séneca y la vida dichosa
Al hilo del magisterio del P. Martínez Fresneda

Elena Conde Guerri

Lo maravilloso de la docencia es que uno o unos enseñan y otros aprenden. Es el objetivo y aunque a veces su fruto parezca lejano, es una de las tareas más sublimes de esta vida transitoria, que merecería una mayor estima entre un colectivo actual atrapado por la urgencia de los espejismos inmediatos. Quienes conocemos el oficio, por decir, sabemos que siempre se aprende más de lo que nuestro bagaje lleva, que una idea, una frase, un interrogante, conducen a nuevas ideas y sugerencias, incluso a reflexiones amables y festivas sobre lo dicho que empujan a cambiar el argumento hilvanado previamente in mente para este Blog.
Días pasados, el P. Fresneda nos hablaba del vino en su síntesis sobre el Evangelio dominical, añadiendo que “alegra el corazón del hombre” y otras cosas positivas. Y en sus lecciones de los martes nos está sugiriendo que los cristianos tenemos todo lo deseable para ser felices y que el mejor regalo es Jesucristo. Dios hecho hombre por nuestro amor y por el amor de su Padre que “tanto nos amó que envió a su propio Hijo”, para que no extraviásemos nuestro camino hacia la plenitud eterna con Él. No como una víctima cruelmente expiatoria al igual que, creo recordar por mis estudios, hacían los griegos de la Antigüedad quienes elegían a un pobre desgraciado, generalmente esclavo o extranjero, y lo arrojaban desnudo fuera de la ciudad, mientras le golpeaban sus genitales con cebollas hasta que caía exánime. Era el modo de cargar sobre él todas las faltas y miasmas de la comunidad de ciudadanos que así quedaba impoluta. Formas y supersticiones terribles de la mentalidad de los clásicos donde el verdadero amor y la compasión eran infrecuentes y, en esencia, regía la percepción de que la divinidad (escribo este término) y la humanidad descendiente del hombrecillo de barro obra de Prometeo no podían convivir en armonía en el mundo terrenal. Hay excepciones, por fortuna, y la persona y obra de L.A. Séneca es una de las más valiosas. Casi todos conocen la identidad del que, nacido en Córdoba de familia ecuestre, llegó a ser preceptor del emperador Nerón, siguió la doctrina estoica pero flexibilizándola, y cómo decidió libremente quitarse la vida por lealtad a sus propias convicciones según los códigos aristocráticos de la época. Pero no todos saben de su fecundidad literaria y de su alcance filosófico, de sus reflexiones trascendentes sobre los comportamientos humanos y el mundo tangible y terreno donde él atisbó a un único Creador del universo. Buceando en sus diversos Tratados y en sus Cartas a su amigo Lucilio, descubrimos un fino análisis de las realidades de la vida con sus oscuridades y también con sus placeres que, persiguiendo el ideal de la serenidad y la bondad, no están lejos de los valores cristianos aunque Séneca no mencione a éstos en sus escritos, dándose por lógico que los conocía ya que la primera persecución oficial fue decretada precisamente por Nerón.
Uno de los Tratados que me parecen más sugestivos es el De vita beata. Difícil traducir el adjetivo en español, captar su verdadera esencia. (Problema similar presenta el pasaje evangélico de las Bienaventuranzas). ¿Es la beatitud un estado de ánimo, una felicidad y paz interior que garantizan las del mundo venidero porque los benditos son quienes siguen un determinado comportamiento virtuoso y por ello son dichosos?. Para Séneca, la clave para vivir una vida feliz, dichosa, radica en la búsqueda de lo bueno, pero no en su apariencia sino en su esencia sólida y constante aunque a veces esté oculta. Cuando aquél se ha encontrado “se ha de tener primordialmente el alma sana y enérgica pero también sufrida para afrontar las eventualidades, solícita por las cosas pertinentes a la vida pero sin deslumbrarse por ellas, preparada para usar los regalos de la fortuna pero sin ser su esclava”. No perder jamás el equilibrio, la imperturbabilidad que genera la racional moderación es la clave para el autor. De modo que, quien lo logre, obviando todo lo que le irrite o aterre, “alcanzará una tranquilidad perpetua y una verdadera libertad, un gozo inmenso, paz de espíritu y grandeza con mansedumbre”. (cap.3). Y todo ello insertado y hermanado con los innumerables beneficios de la naturaleza a la que Séneca identifica con “Dios y la razón divina que penetra el mundo y todas sus partes”. Los árboles fructíferos, las hierbas saludables, los manjares distribuidos conforme a las estaciones del año, los animales de toda especie, los ríos con sus meandros que abren los caminos al comercio, los manantiales de aguas medicinales, los metales escondidos en las minas, el aire y la luz que se respiran y, en suma, la propia evolución del hombre perfectamente medida en las etapas progresivas de su crecimiento” (De benef. IV, 5-6). Resulta vacuo, por tanto, atribuir el patronazgo de cada ambiente a dioses con distintos nombres ya que todos son Uno y sus nombres son tantos cuanto sus dones. Nadie podría negar, dentro de un orden, las similitudes con el primer cap. del Génesis.
Séneca se nos aproxima, su contemplación del ideal de una vida virtuosa y ascética nos es familiar, aunque es cierto que también el alma tiene sus placeres y deleites que sólo serán buenos si no traspasan los límites. De cualquier exceso, Séneca era espectador habitual como asistente obligado por protocolo a los banquetes imperiales. Cuadros sensoriales, desatinos y exquisiteces de todo género se deslizan particularmente en su amplio Epistolario ya citado. En éstos no podía faltar la mención a los buenos vinos, que siempre se ingerían mezclados con miel y tibios, lo que no impedía las embriagueces más obscenas si se sobrepasaban las tres copas cumplidas o el canon considerado inocuo. Los más apreciados eran los de Falerno y de Corinto, añejos, oscuros con cuerpo y algo aromáticos. Los esclavos los escanciaban en vasos de vidrio veneciano y tenían que guardar absoluto silencio y formas en tal tarea. Si alguno infringía las normas, se le cosían los labios. Actos atroces que nuestro autor contempló y repudió ante la consciencia de que tal ruptura de la moral natural del hombre obstaculizaba el camino hacia la vida beata. Fue uno de los pocos autores clásicos que sentenció sobre los esclavos: “esclavos son, pero ante todo son hombres”. Por tal afirmación, inusual para el derecho de la época, y en general por todo su pensamiento fue leído y alabado por los Padres , en especial Lactancio, San Jerónimo y San Agustín.
Volvamos ahora la moneda. Séneca, excepcional y en sintonía con la guía de la moral cristiana que ya fluía en sus años y debemos siempre conservar como un gran tesoro. Pero ajeno a la Revelación, pues ni nació judío ni en tal ámbito religioso-cultural donde quiso encarnarse el Verbo, hecho de la historia real en que siempre insiste el P. Fresneda, es arriesgado aventurar sobre las metanoias interiores de las grandes figuras de la historia pasada cuando ellas no han dejado testimonio explícito. Es razonable plantear, por tanto, que Séneca no se identificó ni con el judaísmo ni con el cristianismo en dicho sentido, a pesar de la rectitud de sus reflexiones. Él enraizaba el ideal de la virtud por sí misma, en sí misma y en cada persona, lo cual puede rozar la soberbia. El ejercicio del bien le dignificaba como individuo y también a su entorno, pero ante el riesgo lógico y humano de la caída, su respuesta se paralizaba y no se lanzaba a gestionarla con horizonte trascendente. Frío, imperturbable como dije (prescindo aquí del conocido término en lengua griega), el ancla salvífica de la Esperanza, así con mayúscula, está bien lejos en sus escritos, como velada por las cataratas de unos ojos que habían sido educados en otra dirección. El poso que ello deja, a la larga, es un gran vacío a la vez que marca la diferencia.La meta, el sueño de un cristiano, de un bautizado, no es metamorfosearse impávido dentro de sus perturbaciones en el intento de demostrarse a sí mismo hasta dónde puede llegar con su contención. No es como un duro ejercicio de halterofilia con uno mismo, sin más gloria que la de su complacencia consciente en su sudor vencedor. Los cristianos tenemos a Cristo y todo aquél que quiera recibirlo con plena libertad en el hogar de su mente y su corazón experimentará con creces cuál es el secreto de la verdadera victoria. En la psycomaquia o combate habitual con nosotros mismos, fallamos, caemos, nos levantamos y tropezamos de nuevo. Las rodillas heridas de Aquél que soportó hacia el Gólgota el travesaño de la cruz por nuestro amor, son también las cicatrices de nuestras rodillas marcadas por los pecados que, por su entrega redentora, son perdonados. Nuestras enfermedades y miserias son también las suyas, como vaticinaba el profeta Isaías (53,4): “Él cargó con nuestros males y soportó nuestras dolencias. Fue herido por nuestras faltas y molido por nuestras culpas. Con sus heridas, fuimos curados”. El apóstol Pedro lo parafrasea con emoción en su epístola primera (2, 24) cuando dice: “Cristo sufrió por vosotros dejándoos un modelo para que sigáis sus huellas. Fue Él quien sobre el madero llevó nuestros pecados en su cuerpo para que muriésemos a nuestros pecados y viviéramos para la justicia. Erais como ovejas descarriadas pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas”. Qué maravilla el regalo gratuito de la Redención, qué privilegio el de confiar sosegadamente en que, a pesar de nuestros pecados (aunque evitables como grave ofensa a Dios) es posible la mímesis de las ovejas ingratas con el corazón misericordioso del Pastor que las quiere abrazar. En nuestra humildad y aceptación de nuestra debilidad está nuestra fuerza y dignidad. Qué gozo el intuir que, con Él, aquellas pautas de vida del De vita Beata se convierten en los dones del Espíritu Santo. No tenemos que ser ni Titanes, ni Gigantes con poderes absolutos para domeñar la naturaleza de nuestras pasiones y gozarnos impasibles con ello. Somos criaturas de Dios y sus hijos por el Bautismo y esto lo cambia todo en un horizonte escatológico de felicidad perpetua, donde esperamos también beber en el Paraíso el Vino renovado. Aunque, dentro de nuestra pequeñez, me pregunto si hemos sido y somos capaces de atisbar siquiera “la anchura, longitud, altura y profundidad del amor de Cristo que excede a todo conocimiento”, en palabras de San Pablo a los Efesios.
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