VI DOMINGO (C)

Del Evangelio según San Lucas 6,17.20-26
En aquel tiempo, Jesús se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas.

1.- «Dichosos los que ahora lloráis….» Llorar alude a la emoción intensa que encierra el dolor por algo o alguien que se ha perdido, en concreto por un familiar o amigo que fallece. Así se ve en los casos de la viuda de Naín (cf Lc 7,13), o de los que lamentan la muerte de la hija de Jairo (cf Lc 8,52), o de las mujeres ante la próxima muerte de Jesús (cf Lc 23,28), o de Pedro por haberle traicionado (cf Lc 22,62), o de la pecadora (cf Lc 7,36-50), o en las lágrimas de Jesús por Jerusalén (cf Lc 19,41), o por la muerte de su amigo Lázaro (cf Jn 11,35). En sentido figurado llorar significa la angustia por una existencia insatisfecha. Es un sentimiento interior y también exterior. Dicha experiencia la captan los demás por las lágrimas o los lamentos del sufrimiento. Reír indica el convencimiento del creyente de que Dios cumple sus promesas, de que Dios es fiel a su palabra. Reír aquí no denota la manera despreocupada y fácil de situarse en la vida y menos los sentimientos gozosos que entraña el triunfo y la venganza de los oprimidos cuando son liberados de los opresores. La raíz de la alegría está en Dios que enjuga las lágrimas, que es un consolador nato: «Yo mismo les traeré restablecimiento y curación, y les revelaré un rebosar de paz y de fidelidad» (Jer 33,6).

2.- «Dichosos cuando os odien los hombres…». Esta Bienaventuranza evoca una situación real de la comunidad cristiana. La persecución reproduce la misma condición de sufrimiento que la de los pobres, los hambrientos y los que lloran. Sin embargo se expone aquí el futuro para unos cuantos cuyo sufrimiento se les retribuirá al final frente al presente de la pobreza. La causa de la persecución en esta Bienaventuranza es la fidelidad a Jesús, la voluntad actual de Dios. En el ámbito del discipulado, Jesús manifiesta en la proclamación del Reino que el que «se empeñe en conservar la vida la perderá, quien la pierda la conservará» (Lc 17,33). Existe un trueque entre el sacrificio de esta vida y la ganancia de la eterna

3.- En la segunda parte del Evangelio expone Jesús otras cuatro categorías de personas: los ricos, los saciados, los alegres y los halagados. Estas son situaciones que viven las personas que buscan y han encontrado o han heredado estas experiencias que les hacen olvidar a los pobres o a los que están hambrientos, o llorando, o perseguidos. O lo que es peor: personas que nadan en la abundancia a costa del hambre de los demás. Viven como si Dios no existiera, y si Dios no existe, no hay quien defienda a los marginados, porque es su valedor (cf Mat 25,35). Entonces se inaugura la carrera de enriquecerse como sea o a costa de lo que sea.

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