VI DOMINGO (C)
Del Evangelio según San Lucas 6,17.20-26
En aquel tiempo, Jesús se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas.
1.- Jesús anuncia que el Reino pertenece a los pobres, a los hambrientos y a los que lloran, por eso son dichosos, o bienaventurados. Declara las paradojas como si fuera un nuevo Moisés que desciende del Sinaí revestido de autoridad. Así proclama el nuevo proyecto de Dios sobre su pueblo, con «palabras de vida» (Hech 7,38) que ha recibido del Padre para transmitirlas a los hombres. Las cuatro Bienaventuranzas son una proclamación de la inminencia de la llegada del Reino, siguiendo la declaración de Isaías (61,1-2) acerca de la intervención liberadora de Dios sobre los pobres, los hambrientos y los afligidos al final de los tiempos. Copian la corriente del Antiguo Testamento de que Dios sale en defensa de los que sufren, transforma su penosa situación y les regala una vida llena de gozo. Jesús anuncia la buena noticia del cambio en el espacio de los marginados y, por consiguiente, les crea una esperanza de salvación. Y dicho anuncio lo ratifica con su conducta, conducta que es una verdadera revelación de la bondad salvadora de Dios. Lo que se advierte en las cuatro Bienaventuranzas es la nueva disposición de Dios que recrea para bien la situación de los que sufren por cualquier causa.
2.- «Dichosos los pobres». Pobre es el que está escondido o el oprimido que tiene que mendigar para sobrevivir y, por tanto, no se le tiene en cuenta en las relaciones sociales. No es el pobre que trabaja por lo que sea . El pobre pasa de maldito a la cercanía de Dios. Dios se ha fijado en su desamparo, que le hace que se fíe y confíe en Él. La paradoja de que los pobres serán dichosos no es por la pobreza, pues ésta no constituye un estado de felicidad, sino porque Dios va a reinar de inmediato. Entonces recuperarán su dignidad humana. De aquí la satisfacción, el gozo inmenso e interior que se manifiesta de una forma objetiva en compartir los bienes en este mundo como preámbulo de la dicha definitiva, cuando Dios instaure su Reino y dé la salvación a sus elegidos. Jesús lo demuestra: los pobres son los primeros a los que se les anuncia esta era de gracia, y los primeros que hay que invitar frente a los que presuntamente tienen derecho al banquete, como sucede con Lázaro (cf Lc 16,19-31) o con aquellos que son capaces de cambiar de vida como Zaqueo (Lc 19,1-10).
3.- «Dichosos los que ahora pasáis hambre…». El hambre actual no es una situación permanente. Esto es un alivio para los que no poseen las mínimas condiciones humanas para vivir. La causa del cambio de esta situación desesperada está en Dios: Él quiere colmar a aquellos que confían en su justicia, y que no se hundan en las condiciones sociales que ponen en peligro la vida. Dios representa entonces lo que acrecienta sus fuerzas para salir del estado de postración. La bienaventuranza arranca de la voluntad divina, de su decisión de crear una nueva relación con su criatura en la que no se darán estados y situaciones que pongan en peligro su existencia. La nueva relación se establecerá muy pronto; es inminente. Por ello Jesús sacia el hambre de la multitud (cf Lc 9,10-17par) y avisa a los que están saciados que, por desconocer las necesidades ajenas, pueden verse vacíos al término del tiempo (cf Lc 1,53; 6,25).