La verdadera misericordia
Francisco Martínez Fresneda

Francisco Henares Díaz
Las afirmaciones que vierte San Francisco sobre la misericordia no se pueden entender si no se analiza bien el párrafo primero de la Carta a un ministro, a saber, “las cosas que te impiden amar al Señor Dios, y toda persona que te sea obstáculo… todo eso lo debes retener como si fuera una gracia”.
Me viene a la memoria la novela del sufriente cura de aldea (de Bernanos), aquél en su último momento, nos dice: “Al final todo es gracia”. Fresneda intitula el primer capítulo Bendición. Y nos trae caminos de la Carta para empezar: sufrimientos, obediencia, gracia. Esta última arrancada de la Carta a los Romanos (6,4). Sufrimiento que se debe transformar en gracia. Esta es siempre amor. El Pobrecillo de Asís sabía mucho de ello en su historia íntima y de la Orden. No olvidemos que la Carta está escrita entre la Regla no bulada (1221) y la bulada (1223). O sea, en tiempos ya de número alto de frailes franciscanos, y no todos santos. Sufrimiento, pues, del Poverello. No es una carta brillante como literatura, pero es sencilla, minorita hasta en la sintaxis. A su vez, es curioso que el “género Carta” adolezca de vacíos en archivos y bibliotecas. Sea celebrado, pues, Francisco, celebrado a la par porque hasta hace pocos años, los escritos del santo no corrían demasiado de mano en mano, y ahora son una delicia y con lectores emocionados.
La segunda parte de esta obra la sitúa Fresneda ante el “amor y la contemplación”. Y con cuidado recoge las preocupaciones del ministro que quiere abandonar el cargo y cambiarse al eremitorio. Francisco le aconseja todo lo contrario: “E questo sia per te piú che il romitorio”. Francisco no se refiere solo al acto de amor, sino también a la actitud. Fresneda avanza esa duplicidad bajo la pantalla del Buen Samaritano. El hecho, por tanto, va parejo de una tenencia interior, una exigencia. Por eso nuestro A/ aprovecha también la frase del eremitorio para mantener, críticamente, las cuestiones debatidas y enfrentamientos entre “acción y contemplación”, y qué ser antes en ambos. Son páginas interesantes que arriban a lo más profundo: lo que importa es la encarnación que empuja a transformaciones (de la vida personal, de historia, de naturaleza). Páginas apoyadas con numerosas preguntas y citas de la Regla. La Carta, a su vez, cobra continuidad del espíritu franciscano.
La parte tercera de esta obra se encarna en la misericordia, cual si fuera un nidal para jilgueros. Tanta es su belleza y su minoridad. Tres movimientos divinos nos consuelan: Dios es compasión, Dios es consolación, Dios es misericordia. De ahí que la Antigua y Nueva Alianza (pp. 103-126) ocupen un caudal no sólo de agua viva, sino de profecía. Pasan y repasan profetas y en todos se ve a Dios. La misericordia, es potencia, pero más inmensa todavía cuando es de Dios, porque es amor sublime. Oseas, Jeremías, Isaías están tocados aquí con suavidad, pero con fortaleza de Dios. Ya en su obra “Jesús de Nazaret” Fresneda se rodeó de la ternura divina, como espacio. Pero hay más: si Dios es Padre misericordioso, en Jesús se ha avecinado al hombre en su totalidad, menos en el pecado. Vuelve, nuestro A/ al Buen Samaritano que en sí es una pregunta enteramente en relato, pero también lo es por la “compasión” que todo lo llena. W. Kasper escribió que “la misericordia es fundamento del evangelio y llave de vida cristiana”. Hermoso mucho, y la compasión es un tirón de la caridad. Vemos (en historia o leyenda) a un fraile que no para de gritar en la noche por el hambre que tiene (tan estricta la pobreza). Francisco, “sabio pastor” no sólo le trae alimento, sino que ordenó poner una mesa cual si fuera una fiesta. Lo que parecía poco, se acentuó de maravilloso. O como decía Erasmo de Rotterdam: “los que parecían cobardes son en la batalla esforzadísimos”. Y en fin, el Señor es consolación, vocablo muy franciscano. Soporte en toda vida espiritual, soporte de palabras, de gestos, de dolor aliviado, dice Fresneda. Misterios de Dios de una tríada, que se convierte en “trinidad” en los tres vocablos (compasión, consolación, misericordia). En todos tres van aquí encastrados abundantes textos evangélicos y textos de Celano.
Por su parte, en el Dios que es misericordia acontece ir agarrada a la Antigua Alianza y a la Nueva. Si hubiéramos de sintetizar espacio nos pararíamos en dos consejos de alto vuelo: “depositar corazón entre los pobres”; “ser misericordia”. Atención, se nos dice también: un peligro de la misericordia puede introducirse con una forma de psicología personal o social nada más. La auténtica es más bien un modo de hacer, un sensus de discipulado de Jesús. En ese sensus no caben escondites: “los misericordiosos de verdad encontrarán misericordia” (Mt 5,7). Constante maná es el capítulo tercero de la obra, porque recibimos una artesa de buena harina: “La experiencia de S. Francisco”. Una vida nueva en el Señor, el perdón, el corazón siempre entre los desgraciados, y la vara de medir (de cuando se medía con “varas” y no centímetros). De medir, esta es la clave: la misericordia que escucha el ministro a través de la Carta, la fraternidad misericordiosa, la experiencia teológica. Y con este alcance: la “oportunidad” de la misericordia hoy, pero que aparece en un hecho de un ministro en dudas. Quizás algún lector podría preguntarse de corrida: nimia cosa, y nimio un libro escaso de cuerpo (pocas páginas). Fresneda sale al paso: “La misericordia no es un hecho individual, sino comunitario”. Atención a Francisco enseñando que lo importante es un ministro (siervo) que aguanta ayudando. Y convencerse de que siendo rehenes del prójimo somos lo más válido y actual posible. Así de claro: apostando por un mundo que está al revés, pero hemos de cambiarlo siguiendo al Poverello de Asís. Felicidades para el padre Fresneda, y la editora Arantzazu.
Ed. Arantzazu, Oñati 2016, 201 pp.