VIII Domingo T.O.

P. Ruiz Verdú OFM

Oración colecta
Concédenos, Señor, que los acontecimientos de este mundo se orienten para nuestro bien, según tus designios de paz, y que tu Iglesia se alegre de servirte con entrega y serenidad.

Son muchas las dificultades que el hombre encuentra en su vida. Dios tiene su designio sobre la historia del hombre, que éste va construyendo. Si soñamos con un mundo feliz, Dios lo quiere aún mejor que lo que el hombre sueña.
El progreso del mundo no siempre crece según el plan de Dios, porque nosotros no solemos ver la finalidad de las realidades terrenas con la luz de la fe. Por eso le pedimos al Señor que nos conceda su ayuda a fin de que nuestro trabajo, el progreso y todas nuestras obras sean realizadas según sus designios de amor. Con ello, todas las naciones gozarían de una paz estable: la que Cristo nos dejó; y, en consecuencia, la Iglesia, tu Iglesia, Señor, podrá servirte con una entrega confiada y pacífica, porque los avatares de la sociedad influyen también en la vida de la Iglesia, ya que la Iglesia no actúa al margen de la historia humana, sino que trabaja en ella y con ella. Si las naciones gozan de paz estable, la que se fundamenta en la verdadera justicia (cf. Is 32,7), la Iglesia se llena de gozo y se alegra porque puede servir a Dios con la alegría propia del mismo Dios.

“Mírate cada día en el espejo
de la pobreza, la humildad y la caridad,
y observa en él tu rostro”
(Santa Clara de Asís)

Oración sobre las ofrendas
Dios nuestro, que nos das lo que debemos ofrecerte y consideras esta ofrenda como un gesto de nuestra devoción hacia ti; te pedimos confiadamente poder alcanzar los premios eternos, ya que nos concedes la fuente del mérito.

De Dios viene lo que ofrecemos a Dios y a Él vuelve nuestra ofrenda enriquecida por Dios, siendo Dios quien hace posible este cambio de dones, a los que unimos nuestro devoto servicio. Este servicio es exigido por Dios mismo: sería atrevimiento pretender ofrecer lo que a Dios  no le agrada, ya que carecería de la devoción exigida para que la ofrenda sea aceptada. La misericordia de Dios hace aceptable a sus ojos nuestra ofrenda, redundando en mérito nuestro lo que Él nos da para que alcancemos los premios eternos.

Te cantaré himnos de acción de gracias,
porque nos amas y nos libras de todo peligro
(cf Eclo 51,10; 2Sam 4,9; Sab 14,4)

Oración después de la comunión
Saciados con el alimento de la salvación, te pedimos, Padre de misericordia, que por este sacramento que recibimos en la tierra nos hagas participar de la vida eterna.

Acabamos de comulgar y después de un breve silencio personal de acción de gracias, el ministro del altar nos invita a realizar una oración de petición dirigida a Dios Padre que nos ha alimentado con el sacramento de su Hijo. Es el sacramento de la salvación, el sacramento de la misericordia y del amor. Es el sacramento que nos fortalece para caminar sin tropiezos en nuestra peregrinación terrena hacia la vida eterna. Signo de la bondad de Dios. Es un regalo; por eso nos cobijamos en el ropaje de su misericordia, y, cubiertos por ella, nos hemos atrevido a acercarnos a su mesa.

Tú eres el santo Señor, Dios único, el que haces maravillas.
“Tú eres el santo Señor, Dios único,
Tú eres la fortaleza, tú eres la seguridad,
Tú eres el protector
tú eres nuestro custodio y defensor,
tú eres nuestra vida eterna
misericordioso Salvador”
(San Francisco de Asís, AlD 1.4-6)

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