EL OTRO SIEMPRE NOS SALE AL ENCUENTRO

Pedro Ortega
«Nadie puede quedarse en sí mismo: la humanidad del hombre, la subjetividad, es una responsabilidad por los otros. La vuelta a sí mismo se convierte en rodeo interminable», escribe E. Levinas en su obra: Humanismo del otro hombre (pág. 131). La apertura al otro responde a la estructura misma del ser humano. El ensimismamiento, la clausura en el Yo se convierte en una tarea imposible, en un viaje interminable.
Encontrar al otro y ser escuchado y acogido es, quizás, la necesidad más sentida para muchos de nosotros. Echar una mirada a nuestro alrededor es suficiente para observar la profunda soledad en la que se encuentra el hombre de nuestro tiempo. El individuo aislado en una sociedad atomizada es una característica de nuestro tiempo. «Estamos más solos que nunca en este mundo masificado que hace prevalecer los intereses individuales y debilita la dimensión comunitaria de la existencia», escribe el Papa Francisco en su Carta Encíclica Fratelli Tutti (nº 12). Desde este modo de entender las relaciones del hombre con el mundo y con los demás no hay lugar para la fraternidad. Es verdad que junto al desinterés por lo comunitario y el bien del otro, hay evidentes muestras de solidaridad con los más desfavorecidos y descartados por la sociedad que le dan a esta sociedad un rostro más humano. Pero son como dos corrientes de pensamiento y de vida que no llegan a converger, y que cada vez se distancian más. «Un proyecto con grandes objetivos para el desarrollo de toda la humanidad hoy suena a delirio. Aumentan las distancias entre nosotros, y la marcha dura y lenta hacia un mundo unido y más justo sufre un nuevo y drástico retroceso», sigue diciendo el Papa Francisco en la citada Encíclica (nº 16). Cambiar esta concepción nada ética de ver el mundo exige no solo un cambio de las estructuras sociales, sino, además, un cambio de nuestra concepción del hombre, de nuestro concepto del otro y de nosotros mismos; supone entendernos como seres necesitados del otro para ser “alguien”, sujeto moral; implica vernos desde el otro, desde la “otra orilla”, desde la perspectiva del otro en la que encuentra su visión y sentido más pleno. El hombre es un ser esencialmente necesitado del otro para existir como humano. Abrirse al otro y responder de él es ejercer de humano. «La subjetividad no es un para sí; es, una vez más, inicialmente para el otro», escribe E. Levinas en su obra Ética e infinito (pág. 80).,
¿Qué significa encontrar al otro y ser escuchado y acogido?
- Encontrar al otro, escuchar su palabra, es atender al otro, hacerle un sitio o lugar en nuestra vida. Significa acogerlo y valorar su palabra tanto como la nuestra. Encontrar al otro y escucharlo significa resistir la tentación de encerrarnos en nuestro Yo absoluto, de imponer «nuestra» palabra y «nuestro» pensamiento para ocuparnos y preocuparnos del otro, escuchar su palabra expresada en la experiencia de su vida. Encontrar al otro y escucharle significa reconocerle su dignidad de persona, alguien con quien comparto la tarea de vivir. No existe ser humano extraño para otro ser humano. Al otro «lo llevamos dentro», forma parte de nuestra existencia como humanos. Sin el otro (ese Tú a quien llamar), el ser humano que conocemos se diluye en una idea, en una ficción. Es el otro quien nos llama a la existencia humana en una dependencia o «servidumbre» del otro que nos constituye como humanos, en feliz expresión de E. Levinas. Nadie es humano por sí mismo. Es la responsabilidad hacia el otro la que nos hace humanos. Lo humano del hombre no consiste en su pertenencia a este mundo, sino en un estar permanentemente abocado hacia «afuera», al otro que nos demanda que respondamos de él. Vivir humanamente significa des-vivirse por el otro.
Cuando escuchamos al otro solo atendemos a la demanda de aquel que nos «ordena» oír su voz, y en ella reconocemos su autoridad para decir “su” palabra. Es su máxima dignidad. Cuando a alguien no se le reconoce la autoridad para decir “su” palabra se le está despojando de su dignidad. Es la condición del esclavo que sabe que al otro lado no hay interlocutor que dé crédito y acoja su palabra. Es la situación a la que se enfrentan los marginados, descartados o sobrantes de la sociedad, los inmigrantes abandonados a su suerte… ¿Quién da crédito a su palabra? Se sienten desposeídos de “su” palabra.
- Encontrar al otro significa acogerlo y hospedarlo en nuestra casa; deja de ser un extraño (forastero) y se convierte en “alguien” con quien tenemos muchas cosas de las que hablar y compartir. La acogida al otro rompe todos los muros y resistencias, derriba todos los prejuicios, allana todas las dificultades del lenguaje. En la acogida se impone la lógica del amor que no conoce diferencias de raza, lengua o religión. Si atendemos a la experiencia (fenomenología) de la escucha, de la atención y de la acogida al otro descubrimos que ésta se presenta siempre como una salida de sí mismo, un abandono del santuario de nuestro yo, una puesta en camino sin un final previsto. En la escucha y acogida al otro está siempre presente el riesgo y la incertidumbre, pero también la compasión que nos inspira la pobreza del otro, la desnudez y vulnerabilidad de su rostro, pues todos somos “huérfanos y viudas, nómadas en tierra extraña”. En la escucha y acogida al otro ponemos entre paréntesis las propias ideas u opiniones para escuchar las del otro. La escucha y acogida al otro está impregnada por la confianza en el ser humano, por la esperanza de que el encuentro con el otro puede dar lugar al nacimiento de una nueva vida para ambos. Algo nuevo acontece cuando el otro nos hace depositarios de la experiencia de su vida, cuando nos hace el regalo de encontrarnos con él. Escuchar y acoger es una comunión en la vida. .
- El encuentro y la acogida a los excluidos de la sociedad, a aquellos a quienes se les ha desposeído de su dignidad convierte al “samaritano” de hoy en ese “alguien” en quien se puede confiar, estando atento a la necesidad de acogida de cada abandonado. Quizás la mayor carencia de los que se sienten excluidos de la sociedad sea la ausencia de alguien a quien confiar su experiencia de sufrimiento, su soledad frente a la ausencia, encerrados como él en su propio aislamiento. Esta ausencia de “alguien” en quien confiar se refleja en el rostro de los abandonados de la calle, los inmigrantes sin trabajo, los desheredados… Su rostro y su mirada es su lenguaje más elocuente. Estos no necesitan tanto que les “hablemos” cuanto que estemos dispuestos a escuchar y ayudarles a levantarse, como el buen samaritano.
4.Todos somos seres necesitados de compasión. La fragilidad, la vulnerabilidad forman parte de nuestro inevitable equipaje. Somos «el extranjero, el huérfano y la viuda», en expresión de Levinas para referirse a la limitación y a la necesidad del hombre. El “habitante de la calle”, el excluido de la sociedad, el desheredado, el inmigrante, el que afronta la vida en soledad, el que triunfa y el que fracasa. Todos necesitamos contar, narrar a alguien la “verdadera” historia de nuestra vida. Todos necesitamos compartir con alguien aquello que, desde mucho tiempo, nos acompaña y forma parte de nuestra vida, lo que somos y lo que hemos vivido. Pero hay muchos de los nuestros que no encuentran al buen samaritano a quien contar la «verdad» de su vida. El excluido social, el inmigrante que deambula sin destino por nuestras calles, los ancianos que consumen sus días en la soledad, necesitan ser escuchados y acogidos para redimirse ante sí mismos y seguir caminando; necesitan contar “su” historia completa, necesitan a alguien que escuche y acoja. Pero también las personas de éxito, las que triunfan en la sociedad, estos también necesitan contar «su» historia. Sin narración no hay identidad, no hay conocimiento de lo que somos. porque sólo nos reconocemos en lo que somos cuando contamos o narramos lo que hemos sido, lo que hemos vivido, cuando nos reconocemos en nuestros hechos. Y esa historia personal es necesario contarla para responder a esta arriesgada pregunta: ¿quién soy? Sólo así hay reconciliación con nosotros y con los demás. Quizás sea este el principal y único servicio que tenemos pendiente: escuchar y hospedar al otro en la experiencia de su vida.
- En la acogida al otro hay siempre una mirada que acoge. Y la mirada habla más que las palabras. Sólo basta con mirar para expresar cuanto queremos decir. Mirar con “otros ojos” es bajar de la altura de nuestra limpieza moral, descender a la «suciedad» de la calle y de las vidas anónimas: del corrupto, del encarcelado y del explotador, del indiferente al sufrimiento del otro y del acaparador de riqueza… Mirar con «otros ojos» es despojarse de una supuesta autoridad moral sobre el otro, abajarse y mancharse las manos con la miseria de la infinita dignidad del caído, vendar sus heridas y curarlas, reconocer su dignidad maltratada. En el samaritano del pasaje evangélico (Lc. 10, 30-38) hay una mirada de salvación porque hay abandono de poder, desciende (de su cabalgadura) al otro y lo coge en sus brazos. La acogida al otro supone una renuncia y abandono de mi supuesta autoridad sobre el otro, y la asunción de mi responsabilidad sobre él de la que no me puedo desprender. En la mirada del que acoge hay siempre una complicidad con el acogido. Ambos se saben actores de una experiencia de salvación
- Encontrar al otro significa reconocer en el otro su carácter sacramental. “Porque tuve hambre, enfermo, desnudo, en la cárcel…”. La mirada compasiva desvela una realidad que, para otras miradas, permanece oculta. Es fácil ver lo que aparece a simple vista, lo que vemos con los ojos de la carne. Hay, sin embargo, otra realidad debajo de las apariencias que nos interpela constantemente, que demanda ser desvelada, salir a la luz. Y para ello se necesitan “otros ojos”, no precisamente los de la carne. Hay en Jesús de Nazaret un modo de verse y sentirse ante el otro como alguien que no viene a condenar, sino a compadecer y acoger, escuchar y hacer suyo el sufrimiento del otro. El otro ya no es un «extraño», sino sacramento, el lugar en el que Dios se manifiesta. La palabra que viene del otro es una palabra sagrada, viene siempre de “alguien”, el lugar privilegiado de la presencia y manifestación de Dios. El filósofo lituano y judío E. Levinas, en su obra Entre nosotros (pág. 135) lo expresa en estos términos: «Cuando hablo con un cristiano, cito siempre Mateo, 25: allí se presenta la relación con Dios como relación con otro hombre. No se trata de una metáfora: en el otro se da la presencia real de Dios. En mi relación con los demás escucho la Palabra de Dios. No es una metáfora, no es únicamente de extrema importancia, es literalmente verdadero. No digo que el otro sea Dios, sino que en su rostro escucho la Palabra de Dios». La «agonía» de Unamuno en su búsqueda de Dios se hizo dolorosa porque quiso buscarlo dentro de sí, sin salir de sí mismo. Y a Dios hay que buscarlo dando un «rodeo», pasando por el otro. «Porque tuve hambre, tuve sed, estuve enfermo y encarcelado…».
- El encuentro con el otro es experiencia salvadora para el abandonado, inmigrante, excluido social, encarcelado, anciano que vive en soledad. Es la experiencia en la que se manifiesta y se da la compasión, la ternura y la acogida “al que estaba por llegar”. Quizás muchos inmigrantes o ancianos en soledad, o excluidos de la sociedad han tenido la feliz experiencia de encontrarse con alguien que le ha escuchado, le ha atendido y acogido; alguien que se ha interesado por él a cambio de nada, que le ha mirado con “otros ojos” y ha visto en él a la persona que busca ser reconocida en su dignidad, alguien que, como el hombre herido del evangelio, espera un buen samaritano que le atienda y le cuide de sus heridas. Esta experiencia de acogida y de verse reconocido en su dignidad puede ser el comienzo de su recuperación humana, de la curación de sus heridas. No es fácil curarse de tantas heridas si no se encuentra a alguien que esté dispuesto a curarlas y vendarlas, a acompañar al herido en el camino de su curación. Pero hay heridas que no se ven, no se reflejan en el rostro, están en el alma. Estas heridas son más dolorosas porque, al no verse, no mueven a la compasión. La curación de las heridas solo se puede hacer con amor. El otro, el herido y necesitado, el indiferente a la suerte del otro, siempre nos sale al encuentro. Mejor dicho: va con nosotros, «lo llevamos dentro» y no podemos desprendernos de él. La limitación y la fragilidad no es patrimonio de unos pocos, nos afecta a todos. Todos nos vemos reflejados en el hombre herido junto al camino que va de Jerusalén a Jericó, esperando que alguien se fije en nosotros, nos cure y nos ayude a seguir caminando.
Bienaventurados los buenos samaritanos:
- Dichosos vosotros, los que prestáis vuestra palabra a los desposeídos de “su” palabra.
- Dichosos vosotros, los que estáis atentos para escuchar las causas justas de los que no tienen voz.
- Dichosos vosotros, los que arriesgáis vuestra fama por la defensa de los que no tienen poder.
- Dichosos vosotros, los que reconocéis toda la dignidad de los que no pueden hablar.
- Dichosos vosotros, los que sufrís la incomprensión y el desprecio por hablar en nombre de aquéllos en los que nadie confía.
- Dichosos vosotros, los que ayudáis a recuperar la palabra a aquellos a quienes se la han arrebatado.
- Dichosos vosotros, los que miráis con “ojos nuevos” en el interior de cada persona.
- Dichosos vosotros, los que curáis y vendáis las heridas del que sufre sin esperar nada a cambio.
- Dichosos vosotros, los que dais esperanza a aquellos que piensan que lo tienen todo perdido.
- Dichosos vosotros, los que aliviáis el sufrimiento de mis hermanos más débiles. Os aseguro que os sentareis con ellos a la mesa de mi Padre.