LAS BIENAVENTURANZAS

II

«Dichosos los que ahora pasáis hambre, porque os saciaréis» (Lc 6,21).

El hambre actual no es una situación permanente. Esto es un alivio para los que no poseen las mínimas condiciones humanas para vivir. La causa del cambio de esta situación desesperada está en Dios: Él quiere colmar a aquellos que confían en su justicia, y que no se hundan en las condiciones sociales que ponen en peligro la vida. Dios representa entonces lo que acrecienta sus fuerzas para salir del estado de postración. También es una espera largamente anunciada: «Calmó las gargantas sedientas y a los hambrientos los colmó de bienes».

La bienaventuranza arranca de la voluntad divina, de su decisión de crear una nueva relación con su criatura en la que no se darán estados y situaciones que pongan en peligro su existencia. La nueva relación se establecerá muy pronto; es inminente. Por ello Jesús sacia el hambre de la multitud (Lc 9,10-17par) y avisa a los que están saciados (empimpl‘mi) que, por desconocer las necesidades ajenas, pueden verse vacíos al término del tiempo (6,25).

 

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