MUJER, ¿POR QUÉ LLORAS? LAS LÁGRIMAS DE LA PLENITUD

Elena Conde Guerri
El mundo judaico es sensible al dolor y no reprime el pudor en manifestarlo con signos visibles. Lo que en otras culturas podía considerarse como evidencia de debilidad, salvo excepciones. Lloran las mujeres pero también los varones. Y la naturaleza de las lágrimas o del dolor del que brotan no siempre es el mismo. Llora Rut, la moabita, y también Orfá cuando ya viudas y regresando hacia Judá, su suegra Noemí les pide que vuelvan a su tierra de origen para rehacer sus vidas. “Las besó, pero ellas rompieron a llorar” incluso dos veces (Rt 1, 9. 14), expresando su deseo de no abandonarla y de volver con ella a Belén. Rut no la dejó y estas lágrimas de una piedad casi filial florecieron tiempo después en el nacimiento de su hijo Obed, abuelo del Rey David, e incluido en la genealogía de Cristo. (Mt 1). Lloró Ana, esposa de Alcaná, por su esterilidad frente a la doble fecundidad de la otra esposa de su marido que por tal motivo le pinchaba continuamente, máxime que Ana era la preferida de aquél. Lloraba sin consuelo en su insistencia de pedir a Yahvé que le concediera un hijo varón al que, en su caso, se lo consagraría perpetuamente. ( I S 1, 6 ss.). El llanto fructificó en el nacimiento de Samuel, ensalzado en el texto histórico como profeta y como liberador ante los filisteos y paradigma en la metahistoria de los nacimientos teofánicos de mujeres estériles o muy mayores: Isaac, Juan el Bautista, Sansón. Por su parte, la hermosa Ester, ya Reina de factu por su unión con Asuero, no dudó en mezclar hábilmente su espléndida belleza con sus lágrimas para suplicar al rey por los judíos que habían sido deportados, en este delicioso Librito con guiños históricos a la esencia de la antigua Babilonia aunque Asuero sea personificado como un rey persa. (Est 5). La mujer consiguió así anular los malvados planes proyectados por el rey de Agag y su proverbial hostilidad contra el pueblo judío, aunque él ya hubiera sido ejecutado en la horca. Llanto suplicatorio, con planes políticos concretos en la salvaguarda del pueblo de Israel y, a la vez, autoridad ejecutiva concedida a una mujer consorte, inusual en el mundo antiguo. La salvación por decreto y victoria de los judíos asentados en todos los extensos territorios del imperio de Asuero, exultaron en la Fiesta de los Purim que, como es sabido, celebran todavía los judíos contemporáneos.
Son tres prototipos de mujer que he elegido personalmente. Rut es una espigadora, una campesina en sentido amplio. Ana, una esposa estándar de la sociedad de la época, en esencia, y Ester, una reina. Las tres tuvieron una misión salvífica para el pueblo de Israel y derramaron lágrimas, sentidas y no fingidas, aunque por motivos distintos. El protagonismo paradójico de dos de ellas, la moabita y extranjera que es Rut adepta al pueblo de Israel, y la judía Ester, insertada gloriosamente en el corazón y la política de su marido, es un referente de alteridad que persigue demostrar didácticamente que nunca resulta en vano el dolor y los gemidos por el Pueblo elegido, tal como la propia Ester salmodia en su preludio penitencial “presa de mortal angustia” antes de presentarse primorosamente engalanada ante el rey: “Señor y Dios nuestro, tú eres único. Ven en mi ayuda que estoy sola. Y no tengo socorro sino en ti. No entregues, Señor, tu cetro a quienes nada son. Date a conocer en el día de nuestra aflicción”.
En los Libros veterotestamentarios también los hombres lloran. Esta acción provocada por las pulsiones y sensaciones que enfrentan y atan al hombre con el ámbito circundante y a veces con su propio microcosmos, y que son ajenas al mundo animal, da mayor dignidad, si cabe, a sus protagonistas. Como hermoso ejemplo, un torrente de emoción sacude a José cuando sus hermanos llegan a su casa en Egipto, sobre todo al ver a Benjamín. Pero, por decoro, llora a solas en su cuarto y luego, lavándose la cara, sale para la comida de celebración pleno de infinita bondad y alegría ante los hermanos antaño fratricidas. (Gn 43, 30 ss.). La historia del profeta Jeremías, transeúnte en la época tremenda en que Jerusalén caerá ante los ejércitos de Nabucodonosor en el 586, y sus Lamentaciones en las que llega a aborrecer el día en que nació, es un treno constante. Y qué decir de Job que, aunque su persona haya sido juzgada por algunos como legendaria, hilvana con todos sus sufrimientos una obra increíble de la literatura sapiencial. Es el paradigma perfecto del sufriente atónito. ¿Por qué los castigos, penalidades, llantos y sufrimientos atenazan a un inocente?. El mismo se lamenta de que si se pudiese pesar su aflicción y todos sus males en una balanza, pesarían más que la arena del mar y hasta grita “siento asco de mi vida”. (6. 10). La comprensión de tal misterio se abrirá mucho más tarde, en el trasunto de la persona redentora del Inocente por antonomasia, cuando San Pablo explique “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, a favor de su Cuerpo que es la Iglesia”. (Col 1, 24). Pero, personalmente, el llanto desesperado que más me conmueve es el del rey David por la muerte de su hijo Absalón. Un grito lacerante, un llanto ininterrumpido en que los grandes gemidos sólo clamaban durante todo el día “Absalón, Absalón, hijo mío, ójala hubiera muerto yo en tu lugar, Absalón, hijo mÍo”. ( II S, 19). Es el padre desconsolado ante aquel hijo que había tramado un complot contra él enfrentándosele incluso en batalla. Es la tragedia de perder a su propia carne, a pesar de que se le había rebelado, y que ahora se balanceaba al viento pendiendo de la encina por los cabellos y atravesado por los dardos de Joab que había desobedecido la orden real de dejarlo con vida.
Ejemplos de diversos tipos de llantos, de distinto sexo y sensibilidades, como en un preludio de que también Cristo, el Señor, no fue impermeable al dolor y al llanto. El que dijo “bienaventurados los que lloran porque serán consolados” (Mt 5,5) se conmovió explícitamente ante la viuda de Naín cuyo único hijo había muerto y diciéndole “no llores”, lo devolvió a la vida. ( Lc 7, 13 ss.). El que se dejó humedecer sus pies con la ternura de las lágrimas femeninas de la pecadora pública (Lc 7, 44 ss.), el que sintió angustia anticipada ante la consciencia de su pasión (Lc 12, 50), el que lloró ante la ceguera mesiánica de Jerusalén y vaticinó su destrucción (Lc 19, 41 ss.), el que en la agonía infrahumana en el Huerto de los Olivos sufrió probablemente hasta hemoptisis (Lc 22, 44) , el que se conmovió profundamente en sus entrañas y lloró públicamente por su amigo Lázaro antes de resucitarlo ( Jn 11, 35) exhibe todos los acordes y pulsiones varios de su naturaleza humana para inclinarse ante la nuestra con toda la humildad y generosidad que sólo puede venir de Dios, para mimetizarse con nuestras propias reacciones y sentimientos, enseñándonos que esta naturaleza creada por Dios desde el Paraíso era ontológicamente buena y hermosa y que, aunque caída, se redime y vuelve a levantarse y a resplandecer por su Redención.
Todo este prodigio de humanidad consustancial al Padre en su persona divina, no duda en mostrarse en su cuerpo resucitado y glorioso, aunque veladamente, a una mujer. María Magdalena había estado al pie de la cruz, fiel hasta el suplicio final, y el primer día de la semana, tras el descanso sabático, fue de madrugada al sepulcro. Todavía estaba oscuro y según San Juan (20) iba sola. Al menos, en este detalle no coincide con los otros Evangelistas. Al dar la voz a Pedro y a Juan de que el sepulcro estaba vacío, éstos verificaron y volvieron a casa. Parece evidente que ella, desconcertada y aturdida, se quedó junto al sepulcro llorando y fue entonces cuando, por dos veces, fue interpelada con una frase llena de ternura y de esperanza a la vez. “Mujer, ¿por qué lloras?”. Primero, fueron los dos ángeles de blancas vestiduras. Luego, un hombre de pie junto a ella que también le preguntaba a quién buscaba tan acongojada y a quien la de Magdala no reconoció en principio hasta que Él le llamó por su nombre. La mujer, con la valentía que sólo concede el amor de quien sabe amar de modo trascendente, no sabía dónde estaba el cuerpo de su Señor y quería llevárselo consigo. Ansiaba recoger el cuerpo de un difunto y se encontró con el regalo de una Persona cuya carnalidad había sido ya glorificada y en la esencia de su resurrección abría una dimensión escatológica y un espacio nuevo que iba mucho más allá del trascurso temporal de la historia. Y todo esto, como en un flash luminoso, ante los ojos atónitos de una mujer que no comprendía nada, que por su condición carecía de entidad jurídica en la sociedad de la época y a quien casi todos dieron por una ilusa. Pero a quien se le había perdonado mucho porque había amado mucho, si es plausible la identificación de esta María con la que enjugó los pies del Señor.
Es la metanoia del dolor. El dolor se había convertido en gozo. Al igual que las lágrimas de Pedro, amargas tras su triple negación, fueron el arrojo posterior de su triple e incondicional declaración de amor al Señor resucitado, los sentimientos encontrados de dolor y gozo de María Magdalena y su anuncio del Viviente a los discípulos fueron como una sacudida para que éstos comenzasen a perder el miedo, a confiar, a pasar a la acción. Aunque al principio no fueran capaces ni de recordar lo que les había anticipado el Maestro ni de comprender nada. Ellos, varones, los más olvidadizos y los más pusilánimes. En la prodigiosa historia de la salvación, yo no pienso, humildemente, que siempre haya un equilibrio entre las emociones y la razón y que las emociones tengan una dimensión evaluativa y una vinculación con lo cognitivo, como sostenía Aristóteles en la Ética a Nicómaco ( 1385 b13-19), por ejemplo). Los personajes citados del Antiguo Testamento adecuaban bastante más sus lágrimas a sujetos o situaciones concretas que les tocaban de cerca y cuya comprensión requería una acción o una respuesta emocional inmediata. Pero desde la Encarnación del Verbo el llanto se sublima, se hace trascendente y apunta a una plenitud que trasciende la historia temporal. Puede llorarse, y a veces es necesario, por lo que nadie ve ni se ve, ni se palpa, pero que es, en esencia, por la gracia de la fe. En este generoso tiempo Pascual, pongamos melodía y plenitud a nuestra fe porque conforme al texto Apocalíptico (21, 4) “ El enjuagará las lágrimas de nuestros ojos y ya no habrá muerte ni dolor porque las primeras cosas han pasado”. Porque El hace nuevas todas las cosas.