El hombre, maravilla de Dios.

Ensayo de antropología cristológica.

                                                                      B. Sesboüé

 

El Vaticano II en la Constitución GS se preguntó sobre el ser humano. Echando una ojeada al pensamiento de nuestra cultura occidental se ofrecen visiones sobre el hombre de las más contrapuestas: desde constituirse en el centro de la realidad hasta la mayor frustración y desencanto por sus aspiraciones y objetivos nunca alcanzados. El pensamiento cristiano tiene en cuenta la revelación que ofrece una visión del hombre en la que se manifiesta su dignidad relatada en la historia de la salvación y del pensamiento teológico. Mirando a Jesucristo, el texto plantea y desarrolla la naturaleza, el sentido y la finalidad de la persona. Su valor se encuentra en la salvación y el Salvador  que revela el mal y el pecado del mundo; aquí se comprende el alejamiento humano del proyecto de Dios, y, por último, la creación, que expone al hombre creado en Cristo y salvado por Cristo, y evita la creación como realidad alejada de la situación actual: es el mal examinado por la acción del Espíritu que actúa la historia salvadora del Hijo.

En la primera parte se plantean tres niveles estrechamente unidos: la historia natural cuyo contenido es el universo creado; la historia humana descrita como una historia circular o lineal  y una historia sobrenatural que engloba a las dos historias natural y humana y le da su valor. Dios es el único que puede abarcar a la historia natural y humana y ofrecerle una fundamentación real y objetiva. A la historia sobrenatural pertenecen los dos relatos de la creación. En ellos, la creación del hombre que hace Dios «según una imagen que se asemeja a Él» (41), y crea una carne con la mujer y es anterior a los animales y plantas que están a su servicio. No comer del árbol del bien y del mal es evitar el conocimiento reservado a Dios, el conocimiento total incluidos los misterios. Se establece la diferencia esencial entre Dios eterno y el hombre finito, creado por la libertad y el amor divino. Nada tiene que ver la evolución  de la que resulta el hombre. Y está hecho para relacionarse con su Creador y vivir en una comunidad donde se expresa su vocación y sentido social de su vida; Jesús lo resume con el  amar a Dios y amar al prójimo (cf Mt 22,37-39).- El texto ofrece a continuación una panorámica sobre la creación del ser humano en los Padres, en la Modernidad y las objeciones habidas en el pensamiento actual: el ateísmo, el Big Bang, la sexualidad, la homosexualidad, la ideología de género, etc.

La segunda parte estudia el hombre pecador. Parte de la distinción entre el pecado de los orígenes y el pecado originado: el mal que hace sufrir en todos los tiempos. La relación de los dos pecados es fundamental, porque el primero hace comprender el dominio del mal en la creación, naturalmente incluido el actual. La teología se ha centrado más en la etiología del mal según los dos relatos de la creación descritos al comienzo del Génesis. Vendría a distanciar de nuestras vidas la incidencia estructural y social —anonimato—del mal, como la cultura griega asigna a la influencia de los dioses malos sobre la creación. «Es echar balones fuera». Con ello se olvidan dos experiencias básicas de la historia humana: la libertad personal que da paso al desarrollo del pecado en nuestra vida y no prestar atención a la verdadera naturaleza del pecado, pues solo se entiende en el perdón que proviene de la bondad misericordiosa de Dios. Se revela, además, que el pecado es un acto contra Dios, y que nos redime la vida, pasión y muerte de Jesús.- Como en la primera parte, se trata en los capítulos 9 y 10 la explicación e interpretación del pensamiento occidental tanto el pecado original como el originado: Trento, Kant, Hegel, Marx, Freud.

La tercera parte versa sobre la proclamación de la salvación como objetivo fundamental de la fe cristiana que determina la encarnación de la Palabra del Padre y el motivo fundante de su presencia en la historia humana: el amor de Dios a toda la creación (cf Jn 3,16).  A la vez, el ser humano ansía la salvación, un deseo que recorre todas las culturas y religiones, deseo bien parcial o bien absoluto, que nunca alcanzamos del todo. Es lo que un día escribió P. Laín Entralgo, La espera y la experanza. Madrid 1965. Y Jesús se lo prometió a los pobres y a los humildes en las Bienaventuranzas (cf Mt 5,3-11).; también Dios a María (cf Lc 1,45), a Pedro (cf Mt 16,17), etc. El primer paso para alcanzar la felicidad es vivir, y vivir con calidad supone la relación de amor, amor recibido y servido, y ser liberado del mal. Que Dios lo ha hecho real en su Hijo, el primogénito entre muchos hermanos (cf Rom 8,29) y en la invocación permanente en el rezo del Padrenuestro: «Venga a nosotros tu Reino» (Mt 6,10; Lc 11,2). La salvación se describe en la vida de Jesús, salvado en la resurrección y prometida a la humanidad y a la creación gracias a él, si bien «Hemos sido salvados en esperanza» (8,24-28). La Iglesia, sede del Espíritu, es la que transmite dicha salvación incoada en la historia. Es la humanidad de Dios revelada en la Encarnación (cf Jn 1,14).

 

           PPC, Madrid  2020, 375 pp., 14,5 x 22 cms.

 

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