Legado

Pedro Ortega
Agosto, de 2022
Hemos recibido un legado de nuestros mayores, traducido en creencias o valores éticos (amor a la verdad, solidaridad, compasión, respeto a los demás, amor a la justicia y a la libertad…) que han configurado nuestro proyecto de vida, y aún lo siguen configurando. Este valioso legado no puede quedar oculto, enterrado, inservible para los demás. Todo lo bueno que hemos recibido en herencia, y que hemos cultivado con mucho esfuerzo, se pudre y se pierde si no lo damos en herencia también a los que vienen detrás de nosotros. La energía positiva que genera la compasión, la solidaridad y fraternidad (valores éticos) es una corriente de vida que nadie puede detener. Es la fuerza que mueve al universo a su renovación constante, a su plena realización. Esta energía es como el agua: se corrompe si se estanca y no corre y fluye, regando y generando nueva vida. Todos somos, en alguna medida, fuentes de agua viva llamados a dar nueva vida por la que el mundo se renueva sin cesar. Somos Heráclito, corriente de vida que se transforma sin cesar, no un estanque inerte, inalterable fijo en el tiempo. En nuestro peregrinar por la vida vamos dejando huellas, semillas de los valores éticos que han orientado y “explicado” nuestra existencia como humanos, aquello que merece la pena dejar en herencia, y que justifica y da sentido a nuestra vida. Salir de nuestro aislamiento paralizante para encontrarse con el otro es afirmar la vida en el otro, crear vida en el otro y en nosotros mismos. Solo por nuestra mano tendida (compasión) el otro podrá seguir caminando, viviendo como humano, porque nadie se “salva” solo, nos salvamos todos en comunión. El otro no es un extraño o extranjero que nos encontramos por el camino, es el rostro desnudo y vulnerable en quien vemos reflejada nuestra propia imagen. El otro también soy yo. Es aquel a quien llevamos “dentro” y de quien no podemos desligarnos sin poner en riesgo nuestra propia identidad humana.
Es indispensable mirar al otro con otros ojos, no con argumentos fundamentados en la lógica de la razón, sino desde las entrañas de misericordia, desde la ética compasiva que nos han enseñado dos judíos imprescindibles: Jesús de Nazaret y E. Levinas. Ambos marcan el culmen de la ética al poner al ser humano, necesitado de ayuda y cuidado, en el centro de referencia de la conducta ética, no en el cumplimiento de la ley o norma. Nos hemos hecho esclavos de nuestras propias normas, y “el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado”, proclama el Nazareno (Mc, 2, 27). Hemos construido un mundo a “nuestra” medida, pero no a medida del otro. Pensar y actuar desde el otro, “pasar a la otra orilla”, en un viaje sin retorno, es viajar ligero de equipaje, sin las ataduras que nos impiden asumir, en medio de la incertidumbre, la inquietante tarea de responder del otro. “El sujeto es para el otro, su ser desaparece para el otro, muere en significación”, sostiene Levinas.
No es la ética idealista, indiferente o ajena a la “circunstancia” o contexto en el que vive el otro, la que da cuenta de lo que el sujeto “está siendo y viviendo”, aquí y ahora, sino la ética compasiva que hace suyo el sufrimiento del otro, como el buen samaritano del texto evangélico (Lc. 10, 30-38). No hay ética porque seamos capaces de argumentar con razones la inalienable dignidad de toda persona, porque sepamos lo que es bueno y lo que es malo. Hay ética no porque cumplamos con el deber que nace de un juicio moral; hay ética no porque tengamos dignidad o seamos dignos de ese reconocimiento como personas; hay ética porque tenemos experiencia del mal, del sufrimiento concreto, histórico del otro; hay ética porque respondemos a la situación de necesidad y vulnerabilidad del otro, a su sufrimiento, porque nos compadecemos de él. La ética compasiva no se obsesiona con los grandes principios, sino con la suerte del otro vulnerable y necesitado. Y aquí está la verdadera trascendencia: salir de sí para encontrar al otro, alejada de una inmanencia autosuficiente que hace girar todo alrededor del interés particular. No se puede construir una sociedad justa y solidaria apoyada solo en la Razón. La sacralización de la Razón no nos libró de la barbarie, al contrario, a través de la historia ha dado muestras suficientes de haber abierto las puertas a la sinrazón y a la locura.
El legado ético que hemos heredado de nuestros mayores es nuestra mejor herencia y una llamada a actuar desde la responsabilidad, desde la compasión como clave de bóveda que sostiene lo que de humano aún permanece entre nosotros. Es la argamasa que une y funde en un todo unitario a los miembros dispersos que configuran a la sociedad. Porque hay solidaridad, compasión hay ética, hay vida humana.