Del amor y del amor a los enemigos

Un escriba se le acerca a Jesús y le pregunta sobre el mandamiento más grande de la ley (entol) con el sentido del mandamiento que está por encima de todos (Mt 22,36). No es cuestión de distinguir entre mandamientos y preceptos más importantes y menos importantes, sino de aquel que manifiesta la única voluntad de Dios más allá de todo el conjunto de la Ley, pero que, a la vez, la funda y la justifica como principio fundamental. Se refiere al que Israel recuerda mañana y tarde: *Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas tus fuerzas (Dt 6,4-5). El segundo es: Amarás al prójimo como a ti mismo (Lev 19,18). No hay mandamiento mayor que éstos+ (Mc 12,29par). El Reino, pues, revela a un Dios que ama a su criatura como a un hijo, y le exige que le ame. Para esto, Dios da la capacidad para hacerlo con el seguimiento de Jesús, según vimos en el discipulado, y según la forma con la que Jesús ama (Mt 11,27). La potencia del amor de Dios depositada en la vida humana conduce a confiar plenamente en Él, por lo que se vive cumpliendo sus mandatos y caminando por las vías que señala para serle fiel.
Arranca el mandamiento de una experiencia irrenunciable para todo judío: Dios, que es uno (Mc 12,29.32; Lev 6,4), absorbe todas las capacidades humanas para su reconocimiento en la vida de Israel por medio de la adoración. Dios desea una reciprocidad intensa y excluye las medianías y cálculos en las respuestas a su entrega amorosa. Corazón, alma, mente y fuerzas resumen la entrega total y sin condiciones (cf. Mt 6,24). Además el amor (agap)(59) lleva consigo la iniciativa sin interés, el respeto al otro, que cuando es Dios se transforma en alabanza y adoración, y la dimensión cognoscitiva que completa a la afectiva.
Jesús añade a continuación la cita del Levítico (19,18) sobre el amor al prójimo (Mc 12,31). La Escritura no compara el amor a Dios y el amor al prójimo, porque, entre otras cosas, Israel distancia al máximo la incidencia y el valor de Dios para su vida y la presencia de sus prójimos o próximos, los demás judíos y los extranjeros asimilados por la convivencia social, aunque todos pertenezcan al pueblo de Dios (Lev 19,34; Dt 10,19). Por eso el amor al prójimo se dispone como un precepto más entre otros muchos en el código de santidad (Lev 19,3-37). Sin embargo, Jesús los une en la línea de condensar el Decálogo o legislar teniéndolo presente: a Dios se dirigen los tres primeros mandamientos, el resto al prójimo, que ya está en la tradición judía y en el contexto de Jesús(60). La unión que establece Jesús constituye valorar a Dios y valorar al prójimo como principios que dan unidad a los demás mandamientos y preceptos. De ahí su importancia y fundamentalidad. Por último, la relación entre los dos mandamientos supone concretar el criterio de verificación de uno y otro. El amor de Dios se autentiza en la práctica del amor al prójimo, y viceversa.
Al darle todo el valor a estos dos mandamientos, Jesús no sólo supera la estrecha orientación del Levítico(61), sino que impide confundirlos con la tendencia natural de adorar al Ser Supremo y considerar a los demás iguales a uno mismo, como dicta la mejor filantropía griega. Para Jesús es un mandato divino, no es una cuestión de la naturaleza humana. Aunque amar al prójimo como a sí mismo coincide con la regla de oro (Q/Lc 6,31; Mt 7,12): *Como queréis que os traten los hombres tratadlos vosotros a ellos+, con la que indica el servicio para obrar el bien y defiende los intereses de los demás como se hace con los propios. Así supera el amor individual cuando significa la vida egoísta o centrada exclusivamente en el yo cerrado y alejado de las necesidades sociales.
El mandamiento del amor al prójimo al unirlo al del amor de Dios adquiere la dimensión de universalidad que parte del Padre a todos, justos e injustos, y funda la relación fraterna: el pertenecer a una vocación y destino común filial. El amor al prójimo, pues, abarca el amor al enemigo (Q/Lc 6,27; Mt 5,43-44), el amor al extranjero (Lc 10,25-37) y el amor al pecador (Lc 7,36-50), todos criaturas de Dios. Por consiguiente, el punto de partida es teológico y no antropológico. Cuando Lucas une a este texto (Lc 10,27) la parábola del Samaritano (10,30-37), -los samaritanos eran gente odiada por los judíos(62)-, y propone su conducta como modelo de este tipo de amor, no está lejos del obrar de Jesús, pues su actuación le conduce a dar la vida por muchos (Mc 10,45). Porque la clave de la parábola no está en quiénes son los prójimos (que son todos), sino en la actitud de amor de una persona que hace que todos sean sus prójimos. Este amor al alejado como servicio hasta la muerte se une al destino del Maestro en cuanto expresa la voluntad divina de salvar al hombre marginado, expoliado de su dignidad, aunque sea extranjero o enemigo.