San Francisco Javier y los poetas
en su misión y en su aventura

Francisco Javier Díez de Revenga
Recordando la magna obra que constituyó hace más de sesenta años el estudio del P. Ignacio Elizalde San Francisco Xavier en la literatura española, publicado, en Madrid, en 1961, tras haber obtenido en 1956 el prestigioso Premio Menéndez Pelayo, del CSIC, quisiera hacer en esta ocasión algunas aportaciones a la presencia de San Francisco Javier en la literatura española, surgidas recientemente, y en este caso en el campo de la poesía lírica. Partiendo de las aportaciones que realizó en su día el Padre Elizalde, contamos ahora con una excelente edición de poemas en torno a San Javier, que se convierte en un instrumento de referencia, indispensable, para el conocimiento de la repercusión que, en la literatura española, desde el punto de vista poético, ha tenido la figura del santo a través de los siglos y hasta el presente. Nos referimos al libro de Carlos Mata Induráin Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, publicado en la Biblioteca Javeriana, que dirige Ignacio Arellano en la Fundación Diario de Navarra, Pamplona, 2004.Organizada por siglos, esta antología de poemas, recoge en capítulos de ingenioso título lo que cada centuria ha dado de sí en el campo de la poesía, comenzando por una “Selva florida de poemas áureos”, en los que se recogen muestras de Fernando de Lodeña, Jerónimo de Robles, Lope de Vega, Rodrigo de Herrera, Francisco López de Zárate, Matías Aberle, José Pellicer de Salas, Ambrosio de Herrera, Juan Pérez de Montalbán, Pedro Calderón de la Barca, Juan de Jáuregui, Tirso de Molina, Conde de Villamediana, Anastasio Pantaleón de Ribera, entre otros muchos.
A este capítulo, sigue la breve aportación dieciochesca de “Jardín fragante del siglo ilustrado” con sólo dos composiciones, pertenecientes a José de Villarroel y Francisco Javier de Idiáquez; para continuar con otro capítulo bien nutrido, “Floresta lírica del siglo decimonono”, en el que hay composiciones de Jacinto Verdaguer, Arturo Cayuela y Pellizari, Claudio de Otaegui, entre otros. El capítulo dedicado al siglo XX lleva por título “Vergel escogido de la vigésima centuria” y recoge composiciones, entre otros, de estos escritores muy conocidos en el campo de Javier, Genaro Xavier Vallejos, José María Pemán, e Ignacio Elizalde, el autor del libro San Francisco Xavier en la literatura española. Tanto Genaro Xavier Vallejos, como José María Pemán, escribieron sendas obras de teatro, exaltando la figura de San Javier y en este caso con poco menos de diez años de diferencia. Volcán de amor, de Genaro Xavier Vallejos (Sangüesa, 1897-Pamplona, 1991), se publicó con motivo del I Congreso Español de la Unión Misional del Clero, que se celebró en Pamplona en 1922, estrenándose en el Teatro Gayarre el 24 de septiembre de ese mismo año; El divino impaciente, de José María Pemán (Cádiz, 1897-1981), se estrenó en Madrid, en el Teatro Beatriz, el 13 de septiembre de 1932.
Y, tras estas presencias, se cierra el libro con una magnífica recopilación de poemas inéditos en su mayor parte y escritos para la ocasión por poetas actuales navarros. El título que recibe esta parte es “Pensil navarro del nuevo milenio”, y en él figuran excelentes composiciones contemporáneas, muy actuales, realizadas con una perspectiva muy innovadora, acorde con los nuevos tiempos, de Daniel Aldaya, José Javier Alfaro Calvo, José Luis Allo Falces, Marian Aoiz, Javier Asiáin, Carlos Baos Galán, Ángel de Miguel, Jesús Górriz Lerga, Jesús Jiménez Reinaldo, Iñaki Larrañaga y Alfonso Pascal Ros. Quizá, de todos los textos, caracterizados por una emoción contemporánea y una visión muy actual de las penurias del santo, ninguno contenga tanta intensidad lírica, como el único poema en prosa que figura en esta antología, en forma de carta, la carta que nunca llegó a escribir, remitida la víspera de su muerte por el santo. El poema se titula “Carta a Juan de Jaso y María de Azpilcueta”, y su autor es Ángel de Miguel.
Quiero aprovechar esta oportunidad, ya que de poesía estamos tratando, ofrecer una aportación al mundo de la lírica en torno a San Javier, aunque no estemos hablando, si desde la perspectiva de la literatura española se trata, de un poema original, por lo menos en su versión española. Me estoy refiriendo a la traducción que llevó a cabo en 1969 Gerardo Diego (Santander, 1896-Madrid, 1987) del poema “San Francisco Javier”, del gran escritor Paul Claudel (Villeneuve-sur-Fère, Picardía, 1868-París, 1955), diplomático y poeta francés, representante principal del catolicismo galo en la literatura moderna, maestro del simbolismo, pero de honda inquietud religiosa, ya que concilió la ortodoxia con el modernismo, en una poesía muy expresiva en la que utilizaba el versículo bíblico en ritmo libre, que el mismo inventó.
La traducción que ofrezco es un texto muy poco conocido ya que las tres únicas veces que ha visto la luz impresa, que sepamos, ha sido en las tres ediciones de Obras completas. Poesía de Gerardo Diego. Hoy está este texto muy olvidado, a pesar de que Gerardo Diego dispuso que se incluyera en sus Poesías completas, que editamos por primera vez en 1989. Allí, en la sección de Hojas (es decir, los poemas sueltos que Gerardo Diego tenía en sus archivos en copias mecanografiadas, y que no habían sido publicados cuando prepara sus Obras completas), hay una colección de traducciones, que suponían una continuación de su libro de versiones poéticas, Tántalo (de 1959), titulada (“Versiones poéticas 1950-1975)”. Y en ella figura la traducción del poema de Claudel, cuyo texto francés es, como es sabido, magnífico.
Paul Claudel tampoco dio mucha difusión a su poema. Lo escribió como regalo para el poeta Francis Jammes, por el día de su santo, en 1912. Se lo envió al escritor amigo y no lo publicó en ningún sitio hasta integrarlo en su libro Corona Benignitatis Anni Dei, publicado en París en el año 1915. He aquí la versión francesa:
SAINT FRANÇOIS XAVIER
A Francis Jammes pour sa fête
Après Alexandre le Grand et ce Bacchus dont parle la poésie,
Voici François, le troisième, qui se met en route vers l’Asie,
Sans phalange et sans éléphants, sans armes et sans armées,
Et non plus roi dans le grand bond des chiens de guerre, et radieux, et couronné,
Le plus haut parmi la haute paille de fer et le raisin d’Europe entre les doigts,
Mais tout seul, et petit, et noir, et sale, et tenant fort la Croix !
Il s’est fait un grand silence sur la mer et le bateau vogue vers Satan.
Déjà de ce seuil maudit il sort un souffle étouffant.
Voici l’Enfer de toutes parts et ses peuples qui marchent sans bruit,
Le Paradis de désespoir qui sent bon, et qui hurle et lui tape dans la nuit !
D’un côté l’Inde, et le Japon la-bas, et la Chine, et les grandes Iles putrides,
L’Inde tendue vers en bas, fumante de buchers et de pyramides,
Dans le cri des animaux fossoyeurs et l’odeur de vache et de viande humaine,
(Noire damnée dans ton bourreau convulsive fondue d’une soudure obscene,
O secret de la torture et profondeur du blasphème !
D’un coté les millions de l’ Asie, l’hoirie du Prince de ce Monde,
(Et le trois fois infâme Bouddha tout blanc sous la terre allongé eomme un Ver immonde !)
D’un côté l’Asie jusqu’au ciel et profonde jusqu’a l’Enfer!
(Il vient un souffle, il passe une risée sur la mer) –
De l’autre ce bateau sur la mer un point noir ! et sur le pont
Sans une pensée pour le port, sans un regard pour l’horizon,
Un prêtre en gros bas troués a genoux devant le mât,
Lisant l’Offiee du jour et la lettre de Loyola.
Maintenant depuis Goa jusqu’a la Chine et depuis l’Éthiopie jusqu’au Japon,
Il a ouvert la tranchée partout et tracé la circonvallation.
Le diable n’est pas si large que Dieu, l’Enfer n’est pas si vaste que l’ Amour,
Et Jéricho apres tout n’est pas si grande que l’on n’en fasse le tour.
Il a reconnu tous les postes et levé l’enseigne obsidionale;
Son corps pour l’éternité insulte a la porte principale.
Il barre toutes les issues, il presse a toutes les entrées de Sodome;
L’immense Asie tout entiere est cernée par ce petit homme.
Plus pénétrant que la trompette et plus supérieur que le tonnerre,
Il a cité la foule enfermée et proclamé la lumière
Voici la mort de la mort et l’arme au coeur de la Géhenne,
La morsure au coeur de l’inerte Enfer pour qu’il crève et pourrisse sur lui-meme !
François, capitaine de Dieu, a fini ses caravanes ,
Il n’a plus de souliers à ses pieds et sa chair est plus usée que sa soutane.
Il a fait ce qu’on lui avait dit de faire, non point tout, mais ce qu’il a pu ,
Qu’on le couche sur la terre car il n’en peut plus.
Et c’est vrai que c’est la Chine qui est là, et c’est vrai qu’il n’est pas dedans ,
Mais puisqu’il ne peut pas y entrer, il meurt devant.
Il s’étend, pose à côté de lui son bréviaire,
Dit , Jésus ! pardonne à ses ennemis, fait sa prière,
Et tranquille comme un soldat, les pieds joints et le corps droit,
Ferme austèrement les yeux et se couvre du signe de la Croix.
Y ahora la traducción de Gerardo Diego, de acuerdo con la versión de Hojas, que figura en Obras completas. Poesía,
SAN FRANCISCO JAVIER
A Francis ]ammes, en el día de su santo
Tras de Alejandro Magno y ese Baca del que habla la poesía,
He aquí a Francisco, el tercero, que hacia el Asia emprende su vía,
sin armas, sin ejércitos, sin falange, sin elefantes,
y tampoco rey entre un gran brinco de perros de guerra y coronado y radiante,
El más alto sobre el alto centelleo de lorigas y entre sus dedos la uva de Europa,
Sino solo del todo y chico y negro y sucio de ropa,
¡Y empuñando fuerte la Cruz!
Se ha hecho un vasto silencio sobre el mar inundado de luz
Y hacia Satán el barco avanza y boga.
Ya de ese umbral maldito viene un hálito que ahoga.
He ahí el Infierno por doquier y sus pueblos que marchan sin ruido,
¡El Paraíso de desesperación que huele bien, y que aúlla y tunde en la noche sin sentido!
Aquí la India y el Japón allá, y la China y las grandes islas de podredumbre
La India tendida hacia abajo, humeante de pirámides y hogueras de lumbre.
Entre el grito de los animales sepultureros y el olor a vaca y a carne humana
(Negra condenada en tu tormento convulso fundida de una oscura soldadura,
¡Oh abismo del blasfemo y secreto de la tortura!)
De un lado los millones del Asia, la herencia del Príncipe del Mundo,
(¡Y el tres veces infame Buda todo blanco sobre la tierra, alargado gusano inmundo!)
¡De un lado el Asia hasta el cielo y profunda hasta el infierno!
(Un hálito llega, sobre el mar una ráfaga de averno)-
Del otro este barco sobre el mar un punto negro y en el puente
Sin un pensamiento para el puerto, sin una mirada para el horizonte,
Un sacerdote gruesas medias con rotos y de rodillas al vaivén de la ola
Leyendo el oficio del día y la carta de Íñigo de Loyola.
Ahora desde Goa a la China y desde la Etiopía hasta el Japón,
Él ha abierto la trinchera entera y trazado la circunvalación.
No es tan ancho el diablo como Dios, ni el infierno tan vasto como el Amor,
Y Jericó no es al fin tan grande que no se le circunde en derredor.
Él ha revisado todos los puertos y elevado la enseña obsidional;
Su cuerpo por toda la eternidad insulta la puerta principal.
Él obstruye todas las salidas, él empuja a todas las entradas de Sodoma;
La inmensa Asia está cercada por este hombre chiquito de Navarra y de Roma.
Alto más que el trueno y más agudo que el clarín,
Ha citado a la muchedumbre encerrada y proclamado la luz que no tiene fin.
He aquí la muerte de la muerte y el arma en el corazón de la Gehena hirviente,
¡El mordisco al corazón del inerte infierno para que por sí mismo reviente!
Francisco, capitán de Dios, terminó su última caravana
Sin zapatos en sus pies y su carne más gastada que su sotana.
Él hizo lo que le dijeron, si no todo, lo que pudo, nunca atrás;
Que le acuesten por tierra porque ya no puede más.
Es cierto que ahí enfrente está la China y que él no está dentro, es cierto mas ya que entrar no puede, ante ella cae muerto.
Ya se echa, a su lado el breviario, posa la cabeza,
Dice ¡Jesús!, perdona a sus enemigos, reza, reza,
y tranquilo como un soldado, juntos los pies, el cuerpo rígido, para ver la Luz
Cierra austero los ojos y se viste del signo de la Cruz.
San Francisco Javier, que con tanta pasión recorrió medio mundo para socorrer y confortar a sus semejantes, bien merece, este reconocimiento de tantos poetas de distintas épocas, que glosaron su heroísmo y su misión en la aventura tan compleja de llevar el Evangelio a lejanas tierras.
Francisco Javier Díez de Revenga