Pasión y Muerte de Jesús.

1. La Última Cena

 

Jesús reúne en Jerusalén  a los que le han acompañado desde Galilea para compartir una cena en el contexto de la celebración de la Pascua. La cena toma muy pronto el sentido de despedida de sus discípulos, por la proximidad de su muerte, en las comunidades cristianas; o también porque el lugar donde se relata y recuerda su pasión es cuando se reúnen las comunidades para hacer memoria de la última cena, que es el testamento que les deja. Eucaristía y muerte andan, pues, muy relacionadas desde el principio.

Sin embargo, hay indicios históricos reflejados en los Evangelios en los que Jesús percibe que su vida puede tener un final trágico. Un dicho, inserto en las invectivas contra los fariseos y letrados, va en este sentido: «Por eso dice la sabiduría de Dios: Les enviaré profetas y apóstoles; a algunos los matarán y perseguirán» (Q/Lc 11,49; Mt 23,34). Se simboliza en la parábola que Jesús dirige a los responsables religiosos sobre una viña que un hombre arrienda a unos labradores. Dios envía profetas y a su propio hijo para cuidar la salvación de su pueblo. Pero en vez de cosechar estos frutos se encuentra con los asesinatos de sus mensajeros y de su propio hijo (Mc 12,1-9). La protesta que realiza Jesús en la explanada del templo y la decisión de los sumos sacerdotes hace que clame: «¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y apedreas a los enviados» (Q/Lc 13,34; Mt 23,37Q)(7).

Con esta sensación es muy posible que Jesús celebre la última cena cuando visita Jerusalén. Tanto Marcos (14,22-25par) como Pablo (1Cor 11,21-23), y los demás evangelistas dependientes de ellos, coinciden en la relación estrecha de la cena con la muerte inminente de Jesús al situarla al «atardecer» (Mc 14,17), o en el día de su pasión y muerte, o en «la noche en que era entregado» (1Cor 11,23). Jesús afirma después de la bendición del cáliz: «Os aseguro que no volveré a beber del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino» (Mc 14,25). La muerte constituye el impedimento de compartir cualquier banquete con sus discípulos. Entonces Jesús confía a la voluntad divina el participar en el banquete del Reino cuando Dios lo invite al final de los tiempos, es decir, cuando lo establezca en la historia de una manera definitiva. Así coinciden su ministerio y su muerte. Los dos están al servicio de la acción salvadora de Dios o su Reino. Y, como observamos antes(8), transmite a sus discípulos, a la vez, el sentido de su muerte con la fracción del pan y la distribución del vino como signo máximo de su entrega a la misión, que no es otra que el anuncio y presencia inicial de dicho Reino en Palestina.

Jesús ofrece el pan y el vino a sus discípulos como símbolo de su vida «que se derrama por todos» (Mc 14,24). De esta manera comprende su muerte como su vida, es decir, como servicio al pueblo para alcanzar su liberación y salvación. Esta actitud es su carta credencial para participar en el banquete final del Reino prometido por el Señor (Is 25,6). La continuidad entre la vida y la muerte de Jesús se inserta en la cena pascual, que es la «última» de toda una serie con las que compartió su vida con los demás, liberándolos del hambre (Mc 6,35par) y del pecado (Lc 19,9).

La muerte, pues, es el último acto de una vida transida por el servicio como sacramento del amor. La reflexión de Juan acierta con el fundamento de su vida y muerte: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos» (Jn 15,13), reflexión fundada en el dicho: «Pues este hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos» (Mc 10,45), que se inserta en el contexto de la misma cena: «¿Quién es mayor?, ¿el que está a la mesa o el que sirve?, ¿no lo es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como quien sirve» (Lc 22,27-28).

El servicio que lleva a Jesús hasta la muerte proviene de su total disponibilidad a la voluntad del Padre. Y la «buena noticia» que revela a Israel es que dicha voluntad significa su decisión libre de regalarle la salvación. Este es el Dios de Jesús que hemos descrito antes, que se abre a sus hijos con amor misericordioso y que Jesús lo simboliza en la expresión profética: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Mt 9,13; cf. Os 6,6). Lejos de Jesús está la idea de ofrecer su vida como expiación de los pecados humanos para aplacar y reducir una supuesta ira y violencia divinas.

Por último, la muerte de Jesús hace posible una nueva alianza: «Esta es la sangre mía de la alianza, que se derrama por todos» (Mc 14,24; Mt 26,28); «la nueva alianza sellada con mi sangre» (1Cor 11,25; Lc 22,20), que supera la alcanzada en el Sinaí (Éx 24,8) y fue prometida a Israel por los profetas (Jer 31,31) una vez que la rompe una y otra vez (Q/Lc 3,7-8; Mt 3,7-8). La muerte de Jesús como mediación de la comunión de Dios con el hombre, integrada en el proyecto del Reino, permanece en la historia al alcance de los creyentes con los símbolos del pan y del vino, porque «siempre que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que vuelva» (1Cor 11,26).

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