La oración en el Huerto de los Olivos

Una tradición antigua asegura que Jesús ora con intensidad a Dios para que le libre de la muerte en los momentos previos a su pasión. Tenemos muestras de esta lucha de Jesús con Dios en tres escritos muy diversos y siguiendo esquemas teológicos distintos: «Durante su vida mortal dirigió peticiones y súplicas, con clamores y lágrimas, al que podía librarlo de la muerte, y por esa cautela fue escuchado. Aun siendo hijo, aprendió sufriendo lo que es obedecer; ya consumado llegó a ser para cuantos le obedecen causa de salvación eterna» (Heb 5,7-9). En un contexto muy diferente, el evangelio de Juan dice: «Ahora mi espíritu está agitado, y ¿qué voy a decir?, ¿que mi Padre me libre de este trance? No; que para eso he llegado a este trance. Padre, da gloria a tu nombre» (Jn 12,27-28). Por último está la oración de Getsemaní recogida por Marcos y seguida por Mateo y Lucas, que es la que vamos a exponer.

Jesús sufre la angustia de que su vida está en peligro, a lo que se añade la forma violenta y horrorosa que ha previsto. Sin embargo, no hay que olvidar que la tensión que padece en estos momentos proviene porque aguarda la inminente irrupción del Reino del Padre, que ha sido la causa de su misión, y que ha anunciado y esperado con plena confianza. La presencia del Reino en la historia no es un camino de rosas. Pues bien, la tradición ofrece un eco de la batalla del Reino con el poder del diablo en la última noche de la vida de Jesús. Este combate escatológico con el mal se sitúa en Getsemaní, un lugar que Jesús frecuenta con los discípulos. Aquí se representa una escena de la última noche de Jesús. Getsemaní está al otro lado del torrente Cedrón; es un terreno rústico (cf. Mc 14,32), o un vergel, que contiene flores y frutos (cf. Jn 18,1) y está ubicado en el monte de los Olivos. Los Evangelistas unen la oración al arresto, pues en Getsemaní es donde aparece Judas con los enviados de los sumos sacerdotes y letrados para apresarle (cf. Mc 14,43-50).

A Getsemaní va Jesús con los discípulos para orar. Son los Doce que han compartido la cena menos Judas. Jesús se aleja de ellos, pero lleva consigo a Pedro, Santiago y Juan que, en un primer momento, se mantienen despiertos para ser testigos de la narración que se cuenta a continuación, como sucedió en la Transfiguración. Allí reciben la declaración de la filiación de Jesús en palabras entrañables del Padre: «Éste es mi Hijo querido. Escuchadle» (Mc 9,7); aquí, en un movimiento de retorno, escuchan la paternidad divina en palabras cercanas del Hijo: «Abbá (Padre)» (Mc 14,36). La relación entre Padre e Hijo se formula con el poder que posee Jesús para recuperar la vida, como comprueban los tres discípulos en la resurrección de la hija de Jairo (cf. Mc 5,37.41). Pero ahora, por el contrario, contemplarán su angustia y debilidad. Y los tres son traídos a escena para demostrar que cuando la existencia se coloca en una situación tensa y peligrosa se olvidan las promesas de lealtad con mucha facilidad.

Lo observamos en primer lugar en Pedro. Pedro, antes de la traición más sonora en el juicio religioso (cf. Mc 14,66-72), se aleja de Jesús al dormirse por tres veces: «Volvió, los encontró dormidos y dice a Pedro: Simón, ¿duermes? ¿No has sido capaz de velar una hora?» (Mc 14,37.40-41). Y esto a pesar de las palabras de fidelidad dichas poco antes: «Aunque todos fallen, yo no. […] Aunque tenga que morir contigo, no te negaré» (Mc 14,29.31). En segundo lugar, Santiago y Juan, que se comprometen a sufrir con él y como él (cf. Mc 10,39), se duermen, incapaces de acompañar la agonía de Jesús, que rechaza el cáliz de la pasión, si bien obedezca después la voluntad del Padre (cf. Mc 14,38.40-41). Los discípulos más cercanos dormitan, es decir, no entienden ni cuando el Padre habla en la transfiguración, ni cuando calla en Getsemaní. Y los demás, desaparecidos del cuadro agónico de Getsemaní, cumplen la predicción de Jesús: «Todos vais a fallar» (Mc 14,27).

Jesús cuando se separa con los tres del resto de los discípulos «comenzó a sentir estupor y angustia». El sufrimiento del justo va más allá en la narración: Jesús sufre una conmoción que está por encima de sus propias fuerzas y le rompe interiormente. Es un horror que le produce inquietud, ansiedad. Estupor y angustia es más fuerte que el entristecerse de Mateo (26,38) que está en la línea de la expresión que Jesús dirige a los tres discípulos: «Siento una tristeza mortal; quedaos aquí velando» (Mc 14,33-34; cf. Mt 26,37-38). Marcos, que antes ha descrito varios sentimientos de Jesús (ira y tristeza, 3,5; compasión, 1,41; lástima, 6,34; 8,2; gemido, 7,34; protesta, 9,19; enfado, 10,14; cariño, 10,21), especifica aquí lo que supone el alejamiento de sus discípulos; por eso les solicita la fidelidad («velad») a las exigencias del Reino, fidelidad que Jesús vive ahora en su aspecto negativo de incomprensión y persecución. Se avecina una situación que, quizás, ha previsto Jesús, pero que aún no la ha experimentado.

Entonces se distancia de los tres discípulos para permanecer sólo en oración. Con el rostro en tierra, como signo de sumisión y reverencia, o postrado en tierra, como expresión de su desquiciamiento, «oraba que, si era posible, se alejase de él aquella hora. Decía: Abba (Padre), tú lo puedes todo, aparta de mí esa copa» (Mc 14,35-36). La petición indirecta, la primera, como directa, la segunda, van en el mismo sentido: Que Dios cambie su designio; que su decisión sobre él no incluya la muerte. Jesús, que ha observado todos los acontecimientos históricos por los ojos del Padre, pretende ahora alterar su voluntad. Estas peticiones a Dios, frecuentes en la historia de la salvación, se dirigen a su voluntad, voluntad comprendida como relación de amor a su criatura, y, en concreto, para que haga justicia a su pueblo salvándole de sus enemigos. Jesús solicita entonces que se aleje la hora de su destino mortal, que se entiende dentro de la hora en la que se librará la batalla final entre Dios y el diablo para que se imponga el Reino de Dios; es la hora en que debe beber la copa del sufrimiento de su muerte, precisamente la copa que, en la cena de despedida, ha ofrecido como símbolo de su entrega sin límites. Aún más. Es tal su desquiciamiento que olvida él mismo cumplir las recomendaciones que hace a sus discípulos: «… no temáis a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más; […] temed al que después de matar tiene poder para arrojar al fuego» (Lc 12,4-5; Mt 10,28).

«Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mc 14,36). Jesús se somete a la voluntad del Padre. No se trasluce una disponibilidad activa para continuar la historia que Dios ha trazado para él, sino un dejar de ser él, una renuncia total de sí por medio de la obediencia, para que Dios imponga su voluntad. El «conflicto» de Jesús con su Padre sobre la sunción del cáliz del sufrimiento se salda doblegándose a la voluntad divina, según vimos en el Padrenuestro. Con ello, aleja la tentación que antes se ha encargado de advertir a sus discípulos ante el silencio de Dios en las persecuciones y pruebas injustas (cf. Lc 11,4). No es, pues, una situación agradable. La tensión de este momento la refiere Lucas en estos términos: «Y entrando en combate, oraba más intensamente. Le corría el sudor como gotas de sangre cayendo al suelo» (Lc 22,44). El diablo, que desaparece en el evangelio de Lucas después de las tentaciones en el desierto, reaparece para probar a los discípulos y a Jesús. Y vuelve para quebrar el hilo de unión entre Jesús y su Padre aprovechando la inminencia del arresto, la pasión y la muerte. Lo hace de tal forma que el horror de la situación, la ansiedad que padece y el derroche de energía interior que entraña pedir a Dios que le libere del cáliz del sufrimiento, se exterioriza con un pavoroso sudor que se equipara a las gotas de sangre derramadas al abrirse una herida (cf. Lc 12,50).

A partir de este momento la soledad de Jesús se agrava al no poder compartir su sufrimiento. Los discípulos se duermen ajenos al estado interior del Maestro: «Volvió, los encontró dormidos y dice a Pedro: Simón, ¿duermes? ¿No has sido capaz de velar una hora? Velad y orad para no sucumbir en la tentación. El espíritu es decidido, la carne es débil» (Mc 14,37-38). Jesús se dirige en primer lugar a Pedro, que poco antes había hecho protestas de fidelidad; después amonesta a los demás discípulos en unos términos que no sólo incluyen el tiempo que ha orado en Getsemaní, sino los tiempos finales que relatan la lucha entre Dios y el diablo con la victoria definitiva de Dios en la historia. De ahí la atención que deben mantener continuamente para encontrarse con el Señor que viene y no quedar atrapados por las redes del mal. Les exige, por consiguiente, un espíritu que les haga obedientes a Dios y que comulguen con sus planes, y aparten la debilidad de la carne que les lleva a las indecisiones propias de toda criatura cuando padece la injusticia humana y la cercanía de la muerte. Jesús se aleja de los discípulos, ora y vuelve de nuevo a ellos dos veces más. Según Mateo, mientras los discípulos permanecen en la misma actitud ausente, Jesús progresa en la definitiva aceptación de la voluntad del Padre, sobre todo después de escuchar su silencio: «Padre, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, que se cumpla tu voluntad» (Mt 26,42). La escena se cierra con el anuncio de la llegada de Judas.

Judas sabe el lugar donde Jesús se retira con frecuencia en su estancia en Jerusalén, bien solo, bien con sus discípulos. Él guía a «un grupo armado de espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores» (Mc 14,43), y, como dice Juan, «con antorchas y linternas» (Jn 18,3), pues es de noche. Quienes los envían son las autoridades judías más representativas; es un acto oficial. Por eso quien lleva el mando de la patrulla es el siervo del sumo sacerdote, llamado Malco según Juan (8,10). Quienes les acompañan son los esbirros que suelen proteger a las autoridades, servir a los tribunales y evitar altercados en torno al templo. No pueden estar presentes soldados romanos al dirigir el grupo un judío que sirve al sumo sacerdote.

Judas es el que entrega a Jesús a la patrulla. Antes ha tramado el modo, lugar y tiempo para ello: «… se dirigió a los sumos sacerdotes para entregárselo. Al oírlo se alegraron y prometieron darle dinero. Y él se puso a buscar una oportunidad para entregárselo» (Mc 14,10-11). Jesús se apercibe de ello en la Cena de despedida. La función de Judas es identificar a Jesús, y conviene con los hombres armados que dará una señal para que sepan al que deben apresar: «…al que yo bese, ése es» (Mc 14,44). Con un comportamiento aparentemente normal, el debido a un discípulo, le saluda: «Maestro», y le da un beso, un gesto que enseña el afecto en las relaciones entre los seguidores de Jesús como en cualquier círculo humano que esté vinculado por lazos de familia, de amistad, de aprecio o de reverencia. Hubiera bastado con una simple indicación con la mano.

El porqué le entrega, queda fuera de nuestro alcance. Judas es simplemente un instrumento de las autoridades judías. Sin embargo, Lucas y Juan dan un motivo: «Satanás entró en Judas» (Lc 22,3); «durante la cena, cuando el diablo había sugerido a Judas Iscariote que lo entregara […]. Detrás del bocado entró en él Satanás» (Jn 13,2.27). Según el criterio de la comunidad cristiana lo que consuma el discípulo es una obra diabólica que se entiende dentro de la lucha final entre Dios y los poderes del mal. Judas queda como un medio que usa el diablo para impedir la irrupción del Reino en la Historia.

Según pacto previo, una vez que Judas realiza el gesto «le echaron mano y lo arrestaron» (Mc 14,46), como antes ha previsto Jesús en el tercer anuncio de la pasión (cf. Mc 14,41). Judas, después de este hecho esporádico, desaparece del escenario de la pasión. Los Evangelistas resaltan su infamia, y, a la vez, no dudan en afirmar su pertenencia al discipulado más cercano a Jesús, el de los Doce (cf. Mc 14,20). Entonces «uno de los presentes desenvainó la espada y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote» (Mc 14,47). No se dice que sea un discípulo, sino alguien perteneciente al grupo que viene armado para apresar a Jesús. Ellos son los que llevan las espadas. De hecho, la amonestación de Jesús que sigue a la acción violenta se dirige a la tropa y no a sus seguidores y no reacciona drásticamente como en otras circunstancias. Mateo (26,51) y Lucas (22,50), por el contrario, atribuyen la acción a los que acompañan a Jesús, es decir, a un discípulo. Mateo ha subrayado la compañía de los discípulos durante su oración (26,38). Lucas prepara al autor del corte de la oreja poniendo en boca de un seguidor: «Señor, ¿herimos a espada?» (22,49). Le pide permiso para herir, porque antes el Evangelista ha justificado la posesión de la espada en la cena (cf. Lc 22,38). Los discípulos, que están ausentes en la agonía de Jesús en el huerto y que después le abandonan y huyen (cf. Mt 26,56), de pronto se llenan de valentía para defender a su maestro. Juan (18,10), en fin, le da un nombre al agresor: Simón Pedro, y al agredido: Malco.

Después del ataque al siervo del sumo sacerdote, concurren dos contestaciones de Jesús guiadas bajo la mirada de Dios, es decir, todo lo que está sucediendo se sitúa dentro de un plan divino previsto y orientado para la salvación de su criatura. Jesús se dirige al agresor y después a la gente que le arresta. En la primera, Mateo y Juan manifiestan la no violencia de Jesús con un claro mensaje: «Envaina la espada: quien empuña la espada, a espada morirá» (Mt 26,52), y Lucas completa la escena con un gesto de reconciliación que une a la palabra «Basta. Y tocándole la oreja lo curó» (Lc 22,51). En la segunda, que en Marcos no tiene en cuenta ni el hecho del corte de la oreja ni las palabras que le acompañan, se dirige al grupo que le rodea o tiene ya preso, enlazando con su enseñanza en Jerusalén, en concreto en el templo: «Habéis salido armados de espadas y palos para capturarme como si se tratara de un bandido. Diariamente estaba con vosotros enseñando y no me arrestasteis» (Mc 14,48-49). La protesta de Jesús es lógica, porque no se evidencia causa alguna para dicho apresamiento: no ha mostrado ningún signo de violencia para que vengan a reducirlo armados como si fuera un bandido. Las autoridades quedan como cobardes y miedosas, por no haberlo prendido antes públicamente por temor al pueblo. Entonces introducen los Evangelistas el arresto dentro del designio de Dios: todo está controlado y justificado por su voluntad.

Cumplida la detención «lo abandonaron todos y huyeron» (Mc 14,30) en claro contraste con las protestas de fidelidad que los discípulos han hecho poco antes (cf. Mc 14,18-20), pero, a la vez, advertidos por Jesús: «Esta noche todos vais a fallar por mi causa» (Mt 26,31). El interés de la búsqueda es Jesús. Él es el que asume toda la responsabilidad de lo que significa el Reino y sus consecuencias, no obstante haya incorporado a sus seguidores como testigos. A ellos también envió para proclamar la palabra y realizar milagros. Ni su corresponsabilidad en el ministerio de Jesús, ni sus promesas de seguimiento sirven para defenderlo y para que los guardias de las autoridades judías se fijen en ellos para arrestarlos también. Los sumos sacerdotes estaban convencidos de que, desaparecido el jefe e inspirador del grupo, se disiparía toda la esperanza que había desencadenado su ministerio.

Se añade a continuación: «Lo seguía también un muchacho, envuelto en una sábana sobre la piel. Lo agarraron; pero él soltando la sábana, se les escapó desnudo»(Mc 14,51-52). El joven, que es también seguidor de Jesús, se escabulle como los discípulos y con el agravante de huir desnudo, es decir, con una imagen y en una situación vergonzosa. La fuga del joven acentúa la entrega de Judas, la cobardía de los discípulos y la soledad de Jesús ante las pruebas y dificultades del seguimiento, como un hombre desconocido abandonó por las exigencias del Evangelio (cf. Mc 10,17-22). En este tiempo definitivo de la lucha entre el bien y el mal «el más valiente entre los soldados huirá desnudo aquel día» (Am 2,16; cf. Mc 13,11-12). El joven que deja todo para escapar de Jesús es el más vivo contraste del discipulado que llama Jesús para que esté a su lado; en palabras de Pedro: «Nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mc 10,28). El aviso del Evangelista a los cristianos es muy serio: ante las dificultades y pruebas no hay que ser débil, pues se caería en la apostasía.

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