Pasión y muerte de Jesús. 3:

Instrucción de Anás y juicio de Pilato

                                 

            1º Jesús es conducido como un preso común al palacio de Anás.  Sin embargo los Evangelios coinciden en que existe una reunión del Sanedrín o de un grupo de sanedritas previa a esta noche fatídica, y en ella la aristocracia judía había determinado la muerte de Jesús. Después de la resurrección de Lázaro cuenta el cuarto Evangelio: «Los sumos sacerdotes y los fariseos reunieron entonces el Sanedrín y dijeron: ¿Qué hacemos? Este hombre está haciendo muchas señales. Si lo dejamos correr, van a creer en él todos. Vendrán los romanos y nos destruirán el santuario y la nación. Uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: No entendéis nada. ¿No veis que es mejor que muera uno solo por el pueblo y que no perezca toda la nación? […] A partir de aquel día acordaron darle muerte» (Jn 11,47-50.53; cf. 18,14). El dato histórico que hay detrás de esta tradición supone una reunión del Sanedrín.

Finalmente, se transmite el siguiente dicho, que tiene sentido por sí mismo fuera de su finalidad de ridiculizar el proceso: «Le hemos oído decir: Yo he de destruir el santuario, construido por manos humanas, y en tres días construiré otro, no con manos humanas» (Mc 14,58).

el distanciamiento crítico de Jesús con el templo, no contradice que, a la vez, luche por devolverle su dignidad y centralidad para la fe de Israel y lo retenga como la morada de Dios. Incluso la expresión de que se destruirán todos los edificios que constituyen el complejo del templo: —«¿Veis todos esos edificios? Pues se derrumbarán sin que quede piedra sobre piedra»— (Mc 13,2),

Por último, la frase de que «en tres días construiré otro» Santuario, aducida por los testigos contra Jesús, no se refiere a la interpretación de que a los tres días resucitará y su cuerpo se convertiría en el templo de los cristianos, sino a un corto período de tiempo en el que se comprobará la sustitución de un templo de origen humano por otro de origen divino, de un culto basado en ritos humanos por otro de origen divino.

2º  Pedro reniega de Jesús para salvar su vida. Al mismo tiempo interrogan a Jesús en el palacio del sumo sacerdote sobre su postura ante el templo y el testimonio sobre su supuesta confesión de Mesías, Hijo de Dios e Hijo del hombre, que es la prueba que elabora el redactor para que los sanedritas le condenen a muerte. Se prepara este episodio dos veces. Después de cenar Jesús va hacia el monte de los Olivos con los discípulos y les comunica que le traicionarán: «Pedro le contestó: Aunque todos fallen yo no. Le dice Jesús: Te aseguro que tú hoy mismo, esta noche, antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres. Él insistía: Aunque tenga que morir contigo, no te negaré» (Mc 14,27-31). La segunda sucede cuando apresan a Jesús y le llevan a casa del sumo sacerdote: «Pedro lo fue siguiendo a distancia hasta entrar en el palacio del sumo sacerdote. Se quedó sentado con los criados, calentándose a la lumbre» (Mc 14,53-54).

3º Ahora Jesús aparece atado (cf. Mc 15,1). El que esté atado deja entender para el poder romano, tanto la peligrosidad del reo, como la gravedad de los cargos que se le atribuyen. ¿Qué cargos pueden aducirse a la autoridad judicial romana, sabiendo de antemano que Pilato no confiesa el credo de Israel? Nada valen las imputaciones aportadas en la casa del sumo sacerdote, es decir, las críticas al templo. Sobre todo, porque es el espacio donde se reúnen muchos judíos y constituye la gran preocupación de las autoridades romanas para mantener el orden público. Si desapareciera el templo, se quitaría Roma el mayor problema de Palestina. Por otra parte, sabemos del poco respeto que Pilato tenía para este espacio sagrado judío al querer sustraer parte de su tesoro para construir un acueducto (Josefo, Ant., 18, 60-62; Guerra, 2,175-177).

Todo esto lo saben los sumos sacerdotes. Entre las muchas cosas de que le acusan, además de «malhechor» (Jn 18,30), se concreta en las siguientes: «Hemos encontrado a éste agitando a nuestra nación, oponiéndose a que paguen el tributo al César y declarándose Mesías»: en definitiva, pervierte al pueblo (Lc 23,2; cf. 23,5).

Juan (19,1-6) cuenta que Pilato manda azotar a Jesús en un intento de satisfacer a los judíos y salvarle la vida. La costumbre romana distingue entre la flagelación como un castigo de pena de muerte; o como una corrección admonitoria a fin de enmendar una conducta punitiva; o como una pena para forzar a una persona para que declare o confiese en un proceso inquisitivo; o como el preámbulo a la pena capital de la crucifixión u otras penas de muerte, formando parte de ellas. A Jesús se le flagela en la plaza llamada Lithostroton o Gabbatha, el lugar donde se le ha juzgado, situada en el palacio de Herodes el Grande.

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