LA MÚSICA, SIEMPRE CELESTIAL

Elena Conde Guerri
El Salmo 136 expresa la inmensa tristeza, la desolación de los israelitas cautivos en Babilonia tras la deportación que siguió a la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor II en el periodo del 587 al 597 a.C. En la añoranza de su tierra prometida y bendecida, se sentían vegetar. “Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión y en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras”. Habían perdido las fuerzas incluso para tocar el dulce instrumento de su propia historia con el que el muchacho David lograba calmar al rey Saúl, preso entonces de un corazón perturbado por el mal ( I S 16, 16 ss.).
Sobra el añadir algo más. La cadencia poética del salmista, con fuerza suficiente para trazar una pintura sensorial, nos habla también de la música, de su esencia y de su poder sanador y revitalizante, como un talismán al que agarrarse cuando el horizonte sólo esboza oscuridad. Siempre fue así. Desde su primer gran protagonista en la mitología griega, Orfeo, hijo del mismísimo Apolo y de la musa Calíope, engendrado en y para la música. Música celestial, en verdad, con poderes extraordinarios que hipnotizaban tras de sí y amansaban a la fauna más salvaje que se insertaba, sin replicar, en la armonía de una naturaleza cósmica donde todo elemento estaba medido y ensamblado al otro en un intento de perfección, conforme a las teorías de Pitágoras y de Platón. Así debía siempre verse la música: balsámica, educadora por naturaleza, reconfortante. La música es belleza y este breve preludio me lleva a unas reflexiones que giran y han girado hace tiempo en mi cabeza respecto a la música sacra. Porque yo sigo haciendo distinción entre la “sacra” y la “profana”, sea por edad, sea por las pautas educativas recibidas. Ahora que ya entramos de lleno en la Semana Santa, las solemnidades- clave para nuestra fe y todo ese Misterio de Amor del Resucitado, deberían impulsar la exigencia de musicalizar nuestra liturgia con un repertorio siempre de calidad, fiel a la tradición de los compositores más excelsos, que nos acerque más a Dios por la via pulchritudinis, como decía el Papa Benedicto XVI.
Mi moderada alergia a la innovación, en este sentido, quizá puede herir a quienes tienen otro criterio. Me disculpo pues no es mi intención, pero mantengo que el sonido de las cítaras es también el sonido de la tradición. De una tradición riquísima, sublime, inmortal, desde el Canto Gregoriano (inventado, según algunos, por el Papa Gregorio Magno a mitad del siglo VI ) y del que los PP.Franciscanos saben bastante porque nuestra Schola Gregoriana de Murcia tiene en La Merced su sede, hasta la impresionante inspiración de Karl Jenkins y su Misa para la Paz encargada en el año 2000 en memoria de las víctimas de Kosovo y que, a su modo, evidencia en la actual guerra de Ucrania nuestra vergonzosa poca voluntad para lograr la paz. Y, en el intermedio secular, pasaríamos por Juan del Encina, Claudio Monteverdi, Antonio de Cabezón y otros muchos, hasta el gigante sin discusión, al menos para mí, Johann Sebastian Bach. Nadie podrá decir jamás que su música no sea una infinita partitura musical para alabanza de Dios y sacudida de las almas escuchantes para que se eleven progresivamente hacia Él. Hasta los más posmodernos, presuntamente superficiales y consumistas de lo efímero se han sentido en alguno de sus acordes golpeados y conmovidos en su interior. Es más, algunos compositores de heavy metal han reconocido inspirarse en la estructura creativa de Bach. La mención de los más grandes compositores sería interminable, aquí y siempre. Porque Mozart, Beethoven, Mendelsson, Schubert, Schumann, Joaquín Rodrigo, Stravinsky, Puccini y también los Beattles, y cómo no, Morricone, forman parte de nuestras vidas. Y en momentos claves de nuestra existencia, en nuestros exilios interiores que suelen ser los más duros, nos han reconfortado con sus notas, nos han sacudido, o nos han hecho caer en el misterio de nuestra trascendencia porque todos, en esencia, somos homines musicales. De ahí la importancia de introducir en nuestras iglesias ( y de mantenerlo aquellas que ya lo hacen) el repertorio adecuado de estos grandes maestros, adaptado a las distintas celebraciones, porque todos ansiamos volver a la Jerusalén celestial cuando nuestro peregrinaje acabe. En el Pórtico de la Gloria, de la Catedral de Santiago de Compostela, nos miran esos veinticuatro varones esculpidos en piedra y representados de una cierta edad, que portan distintos instrumentos musicales, entre ellos la cítara. Ya se han hecho estudios serios sobre ellos, pues no dejan de ser enigmáticos. La iconología y sus interpretaciones siempre es sugestiva. Personalmente, sólo afirmo que son una obertura, un acorde de esperanza de la música divina que nos espera en el Paraíso.