La invención de Dios

Tomás Römer

La raíz de Yahvé (→Yhwh) tiene tres significados: desear, caer, soplar. El autor se inclina por soplar, el que lleva el viento, que se desata en medio de la tormenta y entraña cierta impronta guerrera. Las pruebas  arqueológicas, epigráficas y iconográficas localizan a Yahvé en el sur, y no en Ecla, Ugarit o Mari, y se relaciona con el dios de Egipto Set (cf Jue 5,4-5; Sal 68,8-9.18; Hab 3,3-10a).  Que tenga un sentido guerrero indica que las tribus que lo adoran viven enfrentadas a otras tribus, incluso con el poder egipcio (60). El libro del Éxodo da a entender que no siempre Israel adora a Yahvé.  Algunos textos egipcios mencionan a una tribu nómada shasu cuyo dios lo nombra Yahvé. Entonces sería el testimonio más antiguo del nombre del Dios de Israel. El Éxodo relata la historia de Moisés, que escapa del faraón y se une a una mujer madianita antes de la experiencia del Sinaí (cf Éx 4,24-26); se separa de ella (Éx 18,5) y en el libro de los Números (c.12) aparece unido a una mujer cusita. Educado en la corte de Egipto defiende a un esclavo shasu ante un capataz egipcio que lo asesina. No hay referencia histórica segura de su existencia: «Tal vez  se basa en un recuerdo histórico de la relevancia que tuvieron los madianitas y de un contacto estrecho entre ellos y Moisés» (66). En su huída de Egipto con los shasu se cuenta su experiencia de Dios en un monte —el actual Sinaí es una tradición cristiana del siglo IV (nota 14,283)—. Los relatos del libro del Éxodo (19-24) narran la huída de Egipto, el encuentro con Yahvé, constituyéndose en su «pueblo» elegido con que establece una alianza o pacto sellado con sangre. Esta historia del libro del Éxodo puede evocar una antigua tradición de un Dios guerrero que hace posible la victoria de esta tribu sobre el Faraón. Más tarde la tribu se introduce en la región de Benjamín y Efraín, al término del segundo mileno y comienzo del primero antes de la era cristiana, donde se encuentra Israel. Así lo indica el texto del Deuteronomio 33,2-5: «El Señor vino del Sinaí, surgió ante ellos desde Seír, irradió desde el monte Farán, [..] él ama a su pueblo Y él fue rey en Jesurún, al reunirse los jefes del pueblo, al unirse las tribus de Israel» (98-99).

Saúl (1030-1010 a.C.),hijo de Qish de Gabaa, de la tribu de Benjamín (cf 1Sam 8-12), primer rey de Israel, es investido por Samuel, profeta, juez y militar que derrota a los filisteos. Un hijo de Saúl, llamado Isbaal puede indicar que también adoraba a otros dioses, aunque es posible que fuera un atributo de Yahvé. Pero quien lleva el arca de la Alianza desde Quiriat Yearin a Jerusalén, erigiéndola en la ciudad del Señor, es David. La distancia entre las dos ciudades es de solo 10 kms (cf 2Sam 6). Jerusalén remonta su existencia al siglo XVIII a.C. Significa «fundación de Salem»; Salimu era una divinidad del crepúsculo (109). Situada en un territorio que no pertenece a las tribus que habían aceptado a David como rey , la convierte en su ciudad. Salomón es el que construye el templo, seguramente aprovechando otra edificación anterior dedicada al dios solar Shamash que fue asimilado con el tiempo por Yahvé. También se extiende el culto de Yahvé al norte, Israel, cuyo santuario más importante se encuentra en Betel. In fluyen en su culto los fenicios y arameos. Yahvé viene a ser un dios de pastores que entra en colisión con el becerro de Samaría, según el profeta Oseas. También se le recuerda con el dios que sacó al pueblo de Egipto. Con todo se le levantan estatuas bovinas aludiendo a una época de prosperidad en tiempos  Jeroboán I (cf 1Rey 12). Es significativo el cambio de nombre del patriarca Jacob a Israel (cf Gén 32) y la consolidación de Betel como el santuario del Yahvé que, con el tiempo, será conocido también en Siria y Fenicia. Cuando los Asirios vencen a Israel en el 722 a C. llevan consigo a Yahvé y a otros dioses que también se les daba culto junto a él.

En Judá se van reunificando el culto de las divinidades entorno a Yahvé y en Jerusalén a finales del siglo VII a. C. Junto a Yahvé se adora también a Aserá, llamada la «reina del cielo». Y a los dos se les venera, sobre todo por las mujeres del reino del sur, con estatuas o imágenes. Yahvé asume las funciones del dios solar (cf Dt 32,8), y si al principio se dice que es hijo del dios El Elyon (cf Sal 82,2-5), al final lo asimila y pasa a tener sus funciones de creador de todo cuanto existe. En tiempos de  Josías (640-609 a C.) Nínive, capital de Asiria, la conquista el rey de Babilonia Nabopolasar en el año 612 a. C., y Josías aprovecha la debilidad asiria y asimila para Judá algunas zonas del norte del reino de Israel. En la batalla de Megido Josías muere (2Re 23,29, 2Cró 35,20-24), pero antes consigue la unificación del culto a Yahvé en todo su reino: «Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo: «Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4-5). Con ello se anula el culto a Aserá. Y será el culto a Yahvé en Jerusalén la piedra fundamental donde se apoya la historia del pueblo hebreo en el futuro. Con la destrucción de Jerusalén en el 587 por los babilonios deportan la estatua de Yahvé, asentado sobre querubines en el templo. Durante el dominio persa desaparece la imagen de Yahvé, del dios Uno pasan al dios Único sin imagen alguna, que tanto despreciarán griegos y romanos. Con todo hay textos que sugieren la vuelta a Jerusalén de los deportados con la imagen de Yahvé (cf Jer 31,21; Is 52,8). Con los persas (400-350 a C.) el judaísmo se centra en la Torá, leída e interpretada en las sinagogas, y sustituyen a la realeza y al templo regido por sacerdotes para dar culto a Yahvé y, naturalmente, sin necesidad de imágenes. Ya ha cambiado la relación entre política, territorio y templo para adorar a Yahvé y en adelante será un dios de la diáspora.— Un buen estudio de la evolución religiosa de la identidad y culto a Yahvé.

Ediciones Sígueme, Salamanca 2022, 302 pp., 13,5 x 21 cm.

 

 

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