RISA, SONRISA, ALEGRÍA

Elena Conde Guerri

 

Ahora que ya llegó el Espíritu Santo con sus siete dones y sus doce frutos para refrescarnos en este verano que comienza, normalmente abrasador en su repetitiva monotonía uniformada que no siempre lo hace ni creativo ni garante de descanso y sí demasiado largo y a veces incómodo, se me ocurre que nuestro Defensor nos debería garantizar el fruto del gozo, de la alegría. Y, ya que parece que es un Abogado con los mejores recursos, conminarle a que sus alegatos nos defiendan de las últimas peripecias y errores de este mundo extraviado y fratricida, incluso de nosotros mismos, siendo capaces de conservar la sonrisa. Porque la sonrisa veraz suele ser reflejo de la alegría interior.

Seguro que lo hará porque todo el itinerario progresivo de las enseñanzas evangélicas apunta en esa dirección, a estar alegres. Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito. Estad alegres, resume San Pablo (Flp 4, 4) en un momento particularmente dramático de su misión apostólica, como es sabido. La alegría esencial, la verdadera y plena que reside dentro de cada cual y nadie puede arrebatar, como dice el Señor en el emotivo y teológico relato de su última Cena según San Juan, poco tiene que ver con la risa o con las risas y carcajadas. A este respecto, haciendo yo un repaso exclusivamente personal de tales categorías, advertí que Jesús nunca se ríe en los Evangelios canónicos. Y en el rastreo bibliográfico para ratificarlo, que me parece exigible, me tropecé con una publicación llena de rigor y fino análisis al particular, precisamente de un teólogo franciscano, el P. Benjamín Monroy Ballesteros, mejicano y formado en la Pontifica Universidad Gregoriana. Jesús y la risa, titula su artículo. Aun a riesgo de que muchos ya lo conozcan, quiero resumirla porque les iluminará bastante más de lo que yo pudiera decir, a la vez que “todo se queda en casa” y robustece mi idea de siempre, de que el cordón franciscano ciñe el mundo y de que sus frailes no sólo viven extasiados ante la contemplación del bucólico lienzo de la Hermana naturaleza, a decir del sentir más popular, sino que nadan y bucean en la teología para seguir conociendo mejor a Dios, glorificarlo y darlo así a conocer. Así pues, Fr. Benjamín hace un recorrido bíblico partiendo con particular énfasis de personajes del AT que se ríen en circunstancias muy concretas de su vida. El ejemplo más proverbial, el de Sara, mujer del patriarca Abraham. Era imposible que una mujer, biológicamente anciana, quedara encinta. De ahí la risa de Sara cuando se le anuncia que será madre (Gn 18, 11 ss.) y la risa posterior, esta vez de gozo ( Gn 21, 6 ss.), cuando ya tiene en sus brazos a Isaac . Al hilo, se enlaza con los Libros llamados Sapienciales, todo un acervo psicológico sobre la esencia humana y sus sentimientos y pulsiones contrapuestas (recuérdese, por ejemplo, la figura de Job) y se llega al NT en que se analiza de modo sutil el porqué de la no mención de la risa de Jesús. No sabemos si lo haría, pero se nos antoja claro que sonreiría y más de una vez: en las ocasiones amables y festivas, como en su encuentro con los niños (aunque Marcos 10, 13 ss. habla de “abrazar”), en las visitas a su Madre o en los ratos con sus discípulos y amigos. En un salto tributario a la filosofía, el autor analiza la risa y la sonrisa en sí mismas, con su diferencia, y cita las opiniones de filósofos como Nietzsche , Schopenhauer, Bergson que, como es lógico, juegan con el concepto clásico de Aristóteles en la Poética y en la Retórica que dio vida tantos siglos después a la difundidísima obra de Umberto Eco. Tampoco omite en su estudio a importantes psicoanalistas modernos al respecto, entre los que destaca la obra de Stern. Como colofón, el P.Monroy se atreve a mencionar la risoterapia con una especie de empatía fresca y actual por las técnicas que, en su caso, ayudan al bienestar de las personas.

No es para menos porque la risa es una manifestación exclusivamente humana. Sólo la persona es capaz de reir, ni siquiera los animales dotados de un cierto grado de inteligencia acomodada a su especie. Esto convierte al ser humano en dueño absoluto de un recurso poliédrico que manifiesta emociones varias y también manipulaciones varias. Hay risas escépticas, risas de gozo y alegría o bien de tristeza y claudicación; las hay irónicas e incluso cínicas; provocativas, pudorosas y diplomáticas; de disimulo y generosas, límpidas y veraces. Las hay para todos los gustos y acomodadas a las circunstancias. El arte (ya desde la obra aristotélica) consiste en saber dominarla y sin sobrepasar los límites. Porque la risa desbordada y chillona se convierte en carcajadas y éstas suelen ser incómodas, intempestivas, grotescas y hasta obscenas, en su caso, provocando a los oyentes a la sátira y al desprecio de quienes las emiten. Todo es cuestión de armonía y equilibrio, bastante ausentes en nuestro mundo actual. Es más inteligente, por ello, y más hermoso pensar que Nuestro Señor sonreía y no reía.

La sonrisa nos hace siempre más humanos, nos hace navegar serenamente en la expresión de nuestros mejores sentimientos si queremos hacerlo. Va modelando nuestro interior, aunque esté contrariado, hacia la comprensión, la empatía, el entendimiento social, la serenidad y la benignidad. Nos educa en la rectitud de la verdad, en el intento de rehuir para siempre las sonrisas hipócritas y dañinas. La sonrisa buena es un gran don de Dios, en mi opinión, porque llega a ser cómplice y delatora de nuestra Alegría interior, así con mayúscula, la que nadie puede ni podrá arrebatarnos. Alegría y gozo, regalos gratuitos del Espíritu, que necesitamos hoy más que nunca. En el Evangelio del domingo anterior, Jesús envió a los Doce, a cada uno por su nombre, a realizar todo tipo de sanaciones y seguro que lo hizo con una gran sonrisa y ellos marcharon gozosos y sonrientes. En el de este próximo domingo nos exhorta a que no tengamos miedo porque Él está siempre con nosotros a quienes, aun insignificantes y tímidos gorriones en nuestras azoteas cotidianas tan vulgares y anónimas, nos ha concedido en su corazón un valor infinito, el que sustenta sin duda nuestro gozo, la eterna y verdadera Alegría, esa que tanto gustaba a San Francisco, dicho sea de paso, y a la que dedicó reflexiones sublimes que muy pocos además de él han sido capaces de cumplir.

 

 

 

 

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