Dios encarnado.
Cristología histórica, bíblica y contemporánea.

Stephen J. Wellum,
El Autor parte de la opinión que la Cristología histórico crítica y la pluralista han desenfocado la verdadera Cristología. La Modernidad e Ilustración con la defensa absoluta de la razón para explicar e interpretar toda la realidad y la Posmodernidad, que desactiva dicho poder de la razón, ponen bajo sospecha el Jesús que nos ofrecen los Evangelios. La solución es usar de nuevo una epistemología bíblica de la revelación que nos conduzca a descubrir la identidad de Jesús según nos ha revelado el Señor. Por consiguiente, se debe estudiar a Jesucristo desde arriba, desde Dios mismo según ha hablado en la Escritura. Y en ella se nos da la verdadera historia de Jesús como las interpretación más exacta de su identidad. Porque la teología sistemática debe partir de interpretar la Escritura como autorrevelación de Dios según relata la teología bíblica y aplicarla a todas las perspectivas que conforman la vida humana y creyente.
El fundamento bíblico de la Cristología lo forman la creación, la caída, la redención y la consumación. Dios realiza seis pactos a lo largo de estas épocas: Adán y el pacto de la creación (cf Gén 1-2); el pacto de Noé (cf Gén 6-11); el pacto abrahámico (cf Gén 12), el pacto con Israel o «antiguo pacto (cf Gén 35); el pacto davídico» (cf 2Sam 7; 1Cró 17); el nuevo pacto (cf Jer 31; cf Lc 22,20; 2Cor 3; Heb 8,10). El estudio de las cuatro partes y seis pactos bíblicos serán la base para garantizar que, como «verdadero hijo-imagen y último Adán, Jesucristo es Dios Hijo encarnado» (126). Y los Evangelios y el Nuevo Testamento ratifican esta identidad de Jesús como Hijo encarnado, Dios y hombre a la vez. Jesús es imagen de Dios y tiene su misma naturaleza divina, por eso actúa como Dios, recibe la adoración de sus discípulos propia de Dios y obra con su autoridad para la salvación de los hombres. El NT le atribuye los títulos y atributos divinos, pero no es Dios Padre, sino Dios Hijo para salvaguardar las relaciones trinitarias miradas en Dios en sí mismo o en su relación salvadora a lo largo de la historia (cf Jn 11,1-18; 20,28; Rom 9,5; Tit 2,13; 1Ped 1,1; Heb 1,8-9).
Pero Jesús también es plenamente hombre. Jesús crecía en edad, sabiduría y gracia, como la mayoría de los hombres, obediente a y educado por María y José, ejerciendo su oficio de carpintero (cf Lc 2,40.52; Mt 4,12-17). Pero también crecía interiormente en su entendimiento y voluntad, experimentando el gozo y el dolor que entrañan la vida humana (cf Mt 11,25; Lc 10,21-22; Mc 14,36; 15,34). Jesús gobierna también con obediencia a Dios; lleva muchos hombres a la obediencia divina; sufre la muerte para reconciliar a los desobedientes con Dios, además de dar el perdón de sus pecados.
A continuación se tratan de los dogmas cristológicos. Previamente se expone la Cristología Patrística de los siglos II-IV hasta el Concilio de Nicea: Jesús es de naturaleza divina. El sujeto de la Encarnación es la persona del Hijo. Se silencia Éfeso y la afirmación cristológica de la maternidad divina de María y la analogía, que no univocidad, de las naturalezas divina y humana de Cristo. Sin embargo se expone con claridad los diferentes enfoques cristológicos de Alejandría y Antioquía y la teología de este período: el Verbo-Hombre y el Verbo-carne con las desviaciones cristológicas del Apolinarismo, Nestorianismo y Monofisismo, terminando en Calcedonia: verdadero Dios, verdadero hombre; hypóstasis se entiende como persona; la naturaleza humana de Cristo no tiene una hypóstasis propia; la unión de naturaleza se hace «sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación» ; coexisten las dos naturalezas en la única persona divina de Jesucristo, de forma que el Hijo de Dios puede hacer milagros, tener hambre, sufrir y morir; y el Hijo de Dios asume una naturaleza humana completa: alma y cuerpo. En Calcedonia se observa el dominio del pensamiento griego como también su dualismo antropológico.
Por último se analizan las corrientes actuales de la Cristología sistemática habida cuenta de la revelación divina para salvar al hombre del pecado y la reflexión permanente que tuvo y tiene que hacer la Iglesia para sortear las herejías, que se dan en todo tiempo en la comprensión de la persona divina del Hijo y sus naturalezas humana y divina, evitando el docetismo que anula la dimensión humana del Hijo de Dios, o una humanidad de Cristo que no expresa con claridad la persona divina del Hijo, quien es el que hace posible la fuerza divina para salvarnos. Se debe tener siempre presente en el tema de la Cristología sistemática que «cómo las personas divinas se relacionan entre sí ad intra y ad extra es crucial para dar sentido a cuándo y cómo actúa y conoce el Hijo encarnado. Desde la eternidad , el Hijo, en relación con el Padre y el Espíritu, nunca actúa ni conoce al margen de su relación con el Padre (y en relación con el Espíritu). Al asumir una naturaleza humana, el Hijo sigue relacionándose con su Padre como lo ha hecho siempre, en absoluta dependencia, pero ahora como Hijo encarnado» (421).
Publicaciones Kerigma, Salem Oregón 2022, 432 pp., 18,3 x 26 cm.