Segundo Dolor

 La huida a Egipto

Cuando ellos se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo» (Mt 2,13-15)

Evoca las tradiciones rabínicas sobre el exterminio de los niños establecida por el Faraón al nacer Moisés, a lo que se une la tradición de la tumba de Raquel situada en Belén (cf. Gén 35,19-20; Jer 31,15), que llora los hombres muertos de Efraín, Manasés y Benjamín cuando son deportados por los Asirios. «El lamento es como un grito a Dios, una petición de consolación no recibida y todavía esperada; un grito al que efectivamente sólo dios mismo puede responder, porque la única consolación verdadera, que va más allá de las meras palabras, sería la resurrección. Sólo en la resurrección se superaría la injusticia, revocado el llanto amargo; “pues se ha quedado sin ellos”. En nuestra época histórica sigue siendo actual el grito de las madres a Dios, pero la resurrección de Jesús nos refuerza al mismo tiempo en la esperanza del verdadero consuelo» (La infancia 118)

Con la cita de Oseas: «De Egipto llamé a mi hijo» (Os 11,1) de nuevo se representa la marcha hacia la libertad de Israel para adorar verdaderamente al Señor concedida al pueblo esclavo del Faraón (Éx 4,22; Núm 23,22). Y «será llamado Nazareo», como le llaman a él y a sus discípulos los judíos (según Mt, Jn, Lc, Hech) o nazareno (Mc, Lc), que puede significar consagrado al Señor, como hemos visto en su presentación en el templo, o el nuevo retoño que el Señor hace brotar del tronco de Jesé (Is 11,1; Is 7.9.11), que revive, y con él la promesa de la liberación definitiva.

 

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