Tercer Dolor 

El Niño perdido en el Templo

 

Sus padres solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. 42 Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo. Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les dijo (Lucas 2,41 -50).

 

El relato proviene del Evangelio de Lucas. Jesús vive con su familia, obediente a su autoridad y siguiendo su educación. Pero lleva en sí la consagración al Señor como primogénito y que sus padres la habían conservado al no rescatarlo. El nombre de sus parientes corresponden a patriarcas judíos: Santiago (Jacob: Gén 25,26), José (Yosef: Gén 30,23), Simón (Simeón: Gén 29,33), Judas (Gén Judá: 29,35; cf. Mc 3,31-32par; 6,3par; Mt 13,55-56). Ello indica que es una familia tradicional del campesinado de la baja Galilea enraizada en la fe y costumbres judías. Por consiguiente, no es extraño que frecuentaran Jerusalén por las grandes fiestas de Pascua, Semanas y Tiendas (cf. ÉX 23,17; 34,23-24; Dt 16,16). En los textos evangélicos es la segunda subida de Nazaret a Jerusalén. Es un detalle de las frecuentes visitas que los judíos hacían al lugar sagrado por antonomasia: «Tres veces al año se presentarán todos tus varones ante el Señor, tu Dios, en el lugar que él elija: en la fiesta de los Ázimos, en la fiesta de las Semanas y en la fiesta de las Teindas. Nadie se presentará con las manos vacías ante el Señor» (Dt 16,16).

¿Por qué estas exigencias? Porque en Jerusalén está el templo, sede del Dios altísimo y dominado por los sacerdotes, donde todo judío mira, se orienta y adora al único y verdadero Dios. La ciudad la conquista David a los jebuseos hacia el año 1000 a.C. y a ella traslada el Arca (cf. 2Sam 6,7), erigiéndola también en la capital religiosa del pueblo. Sita entre los reinos de Israel y Judá, Jerusalén es la ciudad predilecta del Señor (cf. 1Re 11,13; Sal 132,12; etc.). Aquí habita eternamente el Señor (cf. 2Re 21,4; 23,27). De la ciudad y linaje de David (cf. 2Sam 5,6-8; Is 11,1) saldrá el Mesías, y en ella Dios lo nombrará hijo suyo (cf. Sal 2,6-7; 132,15-18). Con esta profunda e intensa dimensión simbólica, se resaltan a la par la infidelidades a Dios cuando Jerusalén adora a otros dioses (cf. Jer 22,8-9; cf. Ez 8,7-19; etc.); o hiere a sus hijos más queridos, como son los pobres, cometiendo injusticias (cf. Jer 5,1; cf. 6,6; 7,3-10; etc.), convirtiéndose en una ciudad impura (Is 4,4; Ez 7,23; Sof 3,1; etc.). Ni los sacerdotes escuchan a los profetas (Jer 20,1-2; Q/Lc 13,34; Mt 23,37) y el templo, sede de Dios, se convierte en una cueva de bandidos (cf. Jer 7,8-11; cf. Mc 11,17par).

Dios, por consiguiente, puede abandonar su templo cuando caben en él otros dioses que conducen a la degradación moral y a la persecución del pueblo (cf. Ez 11,23; Mt 23,38). Por esto los esenios y los cristianos sueñan con una nueva Jerusalén. Jerusalén crucifica a Jesús, rasgándose el velo del templo (cf. Mc 15,38). Así la ciudad y el templo se sitúan fuera de la esfera cristiana. Ellos impiden el deseo de Jesús: «Cuántas veces intenté reunir a tus hijos como la gallina reúne la pollada bajo sus alas, y os resististeis» (Mt 23,37), y le hacen llorar: «Al acercarse y divisar la ciudad, dijo llorando por ella, diciendo: —¡Si también tú reconocieras hoy lo que conduce a la paz! Pero ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19,41-42). El cristianismo fundará una nueva Jerusalén, basada en la nueva alianza de Dios con los hombres (cf. Gál 4,22-31; 6,6; Flp 3,20; etc.), que será un don de Dios bajado del cielo (cf. Ap 19,8), donde en el nuevo templo, Jesús resucitado, se adorará a Dios en Espíritu y Verdad (cf.Jn 4,24; Heb 13,12-14).

Pero María y José no pensaban así en el proceso de maduración personal de su hijo Jesús, y Jesús lo mismo. Perdido Jesús: un día de marcha, otro de regreso y otro buscándolo, lo encuentran ¡por fin! en el templo sentado entre los doctores de la ley; en un plano de igualdad. Una posición privilegiada por su débil educación en la escuela ayacente a la sinagoga en Nazaret, pues no tuvo la oportunidad de estudiar en las escuelas rabínicas sitas en la Ciudad Santa. Con todo, la escena reproduce un día de estudio en dichas escuelas: los profesores enseñan y preguntan, los alumnos responden y preguntan a su vez, sobre las relaciones del Señor con su pueblo; sobre las adaptaciones de la Ley a los nuevos retos que les plantea la cultura y la sociedad. Jesús tiene que hacerlo en su ministerio con el descanso sabático, la purificación antes de comer, sobre la resurrección de los muertos, etc., etc. Lucas lo dice expresamente: «Admirados por su respuesta se callaron» en la discusión que mantiene con los escribas y sumos sacerdotes si se debía pagar el tributo al César (Lc 20,20-26).

Dejada la escena teológica y pública, el relato se centra en la familia, concretamente entre Jesús y su madre: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te estábamos buscando» (Lc 2,48). La respuesta discurre en el mismo sentido de la Anunciación: Jesús pertenece al Padre y en la misión que le ha encomendado debe serle fial, antes que a la familia humana, como sucede en su ministerio público con la nueva familia que ha creado desde dicha pertenencia divina: «¿Quiénes son mi Madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos, pues quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”» (Mc 3,31-35par).

A su padre José le dice que tiene otro Padre, un Padre cuyas relaciones son superiores que las creadas por la familia natural (cf. Lc 10,22; Jn 20,17). Es la primera expresión filial que dice el mismo Jesús, antes que lo pronuncie el Señor en el bautismo de Juan (cf. Mc 1,11par) y el tentador en el desierto (Mt 4,3 par). El Papa acentúa en esta escena su dimensión de sufrimiento. La angustía de los padres buscando a Jesús, fiel reflejo de todo padre y madre de familia de cualquier lugar del mundo, la relaciona con la Pascua de la pasión en la que María presencia la crucifixión de su Hijo, experiencia que le haría recordar la advertencia de Simeón (cf. Lc 2,35; La infancia 128).

La escena termina con el sometimiento de Jesús a la autoridad familiar y su crecimiento en todas las dimensión que entraña la persona humana (cf. Lc 2,51-52).

 

 

 

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