JOAQUÍN COMPANY SOLER, OFM
(1732 – 1813)

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Nació en Penáguila, provincia de Alicante en España, el 3 de enero de 1732; vistió el hábito franciscano el 14 de enero de 1747 e hizo la profesión solemne el 15 de enero de 1748 en el convento de San Francisco, de Valencia. A los 23 años ganó por oposición la cátedra de artes y, después, la de teología moral y escolástica; y por los grados de lector jubilado, definidor de la Provincia (1775), ministro provincial (1778), definidor general y comisario general de la Familia Cismontana (1789), fue elevándose hasta ocupar la suprema dignidad de ministro general de la Orden en 1792, puesto que, por disposición del Romano Pontífice y habida cuenta de sus extraordinarias dotes de gobierno, conservó hasta el año 1806, a pesar de haber sido nombrado por Pío VII al Arzobispado de Valencia.
Fue de carácter apacible, noble y generoso y logró tal dominio sobre las pasiones, que ni aún ante las mayores adversidades, perdió su calma habitual. Sus providencias las dictaba siempre tras madura reflexión. Digno sucesor de santo Tomás de Villanueva, su caridad no tenía límites. Además de las numerosas limosnas que repartía diariamente entre los pobres, socorrió con generosidad al convento de Santa María de Jesús y a las obras que en la capilla del beato Nicolás del mismo se hacían; amplió, a sus expensas, la iglesia parroquial de Penáguila, y la dotó de varios beneficios y de valiosas alhajas; regaló, también, magníficos ornamentos a la colegiata de Gandía y a los Santos Lugares de Jerusalén, y finalmente envió cuantiosos recursos a los pontífices Pío VI y Pío VII para aliviar la penuria en que se veían, efecto de la persecución de que eran objeto.
Pero cuando su inagotable caridad se mostró de una manera singular fue en el hambre que afligió a la ciudad de Valencia en 1804. Entonces, para remediarla, hizo traer de Italia, a sus expensas, 1.500 cahices de trigo, bordeando para ello mil dificultades, y, como escribe Olmos Canalda (Los Prels. Vals., p. 268) con ellos alimentó «a más de mil pobres cada día hasta el año 1808».
Movido por todo esto y secundando los deseos de la Santa Sede, Carlos IV, con fecha 15 de marzo de 1808, lo propuso al Papa para el Cardenalato; pero, a pesar de que estos eran también los deseos del romano pontífice, el nombramiento no pudo tener lugar, porque la guerra de la Independencia impidió la celebración del Consistorio que debía elevarlo a tan alta dignidad (Olmos, p. 272).
Durante la guerra de la Independencia dio grandes pruebas de su ardiente caridad y de su valor cívico. Nombrado Vicepresidente de la Junta Superior de Gobierno del Reino Valenciano, en 1808, actuó siempre con tal prestigio y autoridad, que logró calmar varios tumultos y salvó la vida a no pocos franceses residentes en la ciudad de Valencia, y a los que estaban encerrados en la Ciudadela, librándoles de los malvados y asesinos que pretendían satisfacer en ellos venganzas personales y pescar en el río revuelto de los acontecimientos políticos. Y cuando, en junio de aquel mismo año, el mariscal Moncey llegó a las puertas de Cuarte de Valencia, intentando asaltar la Ciudad y apoderarse de ella, nuestro arzobispo Company se presentó en las inmediaciones de las murallas, en lo más recio del combate, alentando con su palabra a los defensores de la ciudad, consolando a los heridos y socorriendo a los necesitados. De esta manera, contribuyó, no poco, a hacer fracasar los planes del mariscal francés que, derrotado, fue puesto en fuga.
Materialmente agotado por efecto de los arduos trabajos que sobre él pesaban, se retiró a descansar a Gandía. Aquí recibió la noticia de que las tropas del mariscal Suchet, que habían comenzado de nuevo a invadir nuestro reino valenciano, habían conseguido finalmente apoderarse de la ciudad de Valencia el 9 de enero de 1812. Entonces, cuando todos le proponían que huyera embarcando para Mallorca, lugar seguro donde se encontraban ya varios prelados de las regiones dominadas por el extranjero, no quiso hacerlo, sino que corrió a ponerse al frente de su amada grey, prefiriendo correr su misma suerte. Escoltado por tropas francesas desde Silla, entró en Valencia, hospedándose donde las autoridades francesas le ordenaron, que fue en la Casa de la Inquisición, hoy Palacio de los Marqueses de Sardeñola, en la Calle de Navellos, donde continuó vigilado.
Esto no obstante, con su amable índole, su moderación ejemplar, y su fina política, sin abdicar un punto de sus deberes, supo dominar la situación y cautivarse muy pronto la voluntad de Suchet y de los demás jefes y oficiales franceses. Gracias a su mediación, cesaron los fusilamientos, se abrieron los templos cerrados, restablecióse el culto divino, los sacerdotes ejercieron libremente su ministerio, se cerraron dos logias masónicas, la paz volvió a imperar en Valencia, y su muerte, ocurrida el 13 de febrero de 1813, fue sentida aun por los mismos franceses, que dispusieron su entierro con toda la magnificencia y pompa fúnebre que correspondía, entonces, a un mariscal del Imperio.
Como escribe Olmos (p. 271) «vestía de religioso, siempre muy limpio; vivía pobre y remediaba cuantas necesidades se le mostraban».
Cuando en 1792 fue elevado al Generalato de la Orden, dio incremento al estudio de la Teología Positiva, al exhortar a los Lectores a beber su doctrina en las puras fuentes de la Sagrada Escritura y de la Tradición.
Estaba condecorado con la gran cruz de Carlos III y era académico de la de San Carlos.
Escribió varias obras, de las que fueron impresas: Vida del Beato Nicolás Factor (Valencia, por José y Tomás de Orga, 1787, en 4º, pp. XVIII-408); Oración panegírica de San Luis, Rey de Francia (Valencia, Esteban Dolz; en 4º, 1769) y numerosas Cartas Pastorales, escritas unas como provincial, otras como general de la Orden y otras, finalmente, como arzobispo.