San Juan de la Cruz, la Biblia y otras lecturas

Francisco Javier Díez de Revenga
La influencia de la Biblia en la lírica y en la prosa de San Juan de la Cruz es uno de los elementos en que más ha insistido la crítica sanjuanista, y demostrar esta realidad es muy fácil. El mismo San Juan lo señala con toda claridad al comenzar la Subida del Monte Carmelo, en su prólogo: «no fiaré ni de experiencia ni de ciencia, porque lo uno y lo otro puede faltar y engañar; mas, no dejándome de ayudar en lo que pudiere de estas dos cosas, aprovecharme he para todo lo que, con el favor divino, hubiere de decir −a lo menos para lo más importante y oscuro de entender− de la divina Escritura, por la cual guiándonos no podremos errar, pues que el que en ella habla es el Espíritu Santo». Y lo confirma en el prólogo de Cántico espiritual: «no pienso afirmar cosa de mío, fiándome de experiencia que por mí haya pasado, ni de lo que en otras personas espirituales haya conocido o de ellas oído (aunque de lo uno y de lo otro me pienso aprovechar), sin que con autoridades de la Escritura divina vaya confirmado y declarado, a lo menos, en lo que pareciere más dificultoso de entender». Era tan asiduo y fiel a la Biblia que Fray Juan Evangelista asegura que jamás le vio leer otro libro que no fuera la Sagrada Escritura, «la cual sabía casi toda de memoria».
Cristóbal Cuevas advirtió que San Juan era un gran conocedor del Antiguo y Nuevo Testamento, aunque prefería el primero al segundo, en contra de las corrientes habituales en su tiempo, reacias a utilizar el Antiguo Testamento por temor a ser confundido, tildado o considerado judaizante. Como recuerda Cuevas, en sus cuatro obras mayores, «de mil sesenta citas escriturísticas, nada menos que seiscientas ochenta y cuatro proceden del Antiguo Testamento, y sólo trescientas setenta y seis −una tercera parte− del Nuevo».
A la Biblia le debe Juan no sólo las numerosas citas que acabamos de contabilizar, en las que se ponen de relieve sus preferencias por determinados textos (algunos los repite una y otra vez), y también su buen estilo y gusto creativo en la traducción personal que ofrece de todos los pasajes no citados en latín. Cuando no los cita en la lengua madre, los da traducidos por él directamente, tal como hace habitualmente en el Cántico espiritual y en la Llama de amor viva. Pero, además, de la Sagrada Escritura, recibe influencia estilística muy detectable, sobre todo en la utilización, como recordaba Cuevas, del lenguaje sentencioso, de las estructuras salmódicas, de las agrupaciones emparejadas, de los paralelismos ideológicos, las exclamaciones, las permutaciones, etc.
De todos los libros bíblicos, sin duda, el que más importancia tiene en la creación de la poesía y la prosa de San Juan es el Cantar de los cantares, como se ha afirmado siempre y señalaremos más adelante. Pero son otros muchos los textos que utilizó para sus tratados en prosa con intención homilética, es decir, citando un texto bíblico en su original latino y siempre en su literal traducción al romance para apoyar una determinada observación. De nuevo advertimos en este punto que sus preferencias van hacia el Antiguo Testamento y las citas se refieren mayoritariamente a Job, Jeremías, David, Isaac. Los libros que mejor conocía, sin duda, son, además del Cantar de los cantares, el Eclesiástico, el Eclesiastés, los Proverbios y los Salmos de David. Del Nuevo Testamento son las epístolas de San Pablo las que se citan con más frecuencia y revelan, desde luego, la modernidad del pensamiento sanjuanista.
En relación con la utilización del Cantar de los cantares como fuente para los poemas mayores de San Juan, pero sobre todo para el Cántico espiritual, hay que hacer referencia a la relación evidente de esta poesía con su original hebreo y la aceptación y reinterpretación que del epitalamio semita lleva a cabo San Juan en su poesía. En este sentido las aportaciones de Luce López-Baralt en su búsqueda de explicación para descifrar el «misterio» de la poesía de San Juan de la Cruz, son muy lúcidas y pertinentes. Los misterios de la poesía de San Juan deben mucho a la concepción semítica en la que están basados. San Juan aprende a utilizar estos elementos en el Cantar de los cantares, pero sus hallazgos pueden ser relacionables con un espectro semítico más amplio que se extiende a la mística del Islam, en donde es posible hallar explicaciones a la extraña y enigmática simbología mística empleada por Fray Juan.
Interesa también señalar la presencia en su taller de escritor de las corrientes filosófico-teológicas de su tiempo. Para Domingo Ynduráin no hay duda de la presencia del neoplatonismo renacentista en su obra. Pero recibido de una forma indirecta. Posiblemente San Juan no leyó a Platón y no lo cita, en efecto, en ningún lugar de su obra, ya que al filósofo que cita es a Aristóteles, que él recibe a través de Santo Tomás de Aquino. Pero parece indudable que en la cultura oral de San Juan una corriente procedente de Platón es perceptible en su obra. La base de su pensamiento es sin duda la doctrina de la Iglesia. Pero parece como si San Juan se alineara en la corriente más idealista que, partiendo de Platón pasa por San Pablo (muy citado en sus tratados) y San Agustín, y llega en su tiempo a los iluminados, a Erasmo y a los neoplatónicos italianos, entre ellos Marsilio Ficino, que tanta influencia tuvo en su tiempo en toda Europa: prioridad a la consideración del amor frente al conocimiento intelectual, identificación de bondad y belleza, reflejo de la belleza de Dios en las criaturas, atracción del hombre hacia la divinidad aun sin conocerla, etc.
En todo caso, se insiste en que San Juan era hombre de pocos libros y sus citas de los padres de la Iglesia, a través de los cuales recibe las corrientes filosóficas más comunes en su tiempo, son San Bernardo, San Agustín y Santo Tomás de Aquino, pero sus citas de estos escritores proceden no de lecturas directas sino de apócrifos y de los textos de ellos incluidos en el Breviario, que es con la Sagrada Escritura, el otro libro que siempre acompañaba a Juan en sus viajes.