JUAN BAUTISTA Y JESÚS

Juan, como profeta escatológico, añade algo más a todo lo que ha propuesto a la gente: la intervención última de Dios se lleva a cabo por medio de un enviado suyo, por un mediador, como casi siempre ha ocurrido en la historia de la salvación. Y dice: «Detrás de mi viene uno con más autoridad que yo, y yo no tengo derecho a agacharme para soltarle la correa de las sandalias. Yo os bautizo con agua, él os bautizará con Espíritu Santo» (Mc 1,7-8; cf. Lc 3,16; Mt 3,11).
Es cierto que las esperanzas judías sobre el final de la historia presentan muchos perfiles y se configuran de las formas más variadas. De esta manera, el personaje a quien se refiere Juan puede ser el apocalíptico «hijo del hombre». Aunque es un ser humano, supera su condición natural y está capacitado para llevar a cabo la salvación en nombre de Dios. O un mesías «juez», que dilucidará al final de los tiempos el futuro de cada persona, separando el bien y el mal; o un mesías profeta, al estilo de Moisés, o de Elías, del cual ya había anunciado Malaquías que precedería al Señor en su actuación como juez de la historia; o un mesías rey a la manera de David); o un mesías sacerdotal, como Melquisedec, que además sugiere la secta del Qumrán; o el Enmanuel, el mesías salvador, largo tiempo esperado y anunciado por los profetas.
Por otra parte, en ese «más fuerte» puede indicar Juan al mismo Dios, siendo él su portavoz previo. Las imágenes evangélicas de que «el hacha ya está aplicada a la cepa del árbol: árbol que no produzca frutos buenos será cortado y arrojado al fuego» (Lc 3,9; Mt 3,10) insinúan que es el Todopoderoso el que se avecina para salvar la bondad de la creación. O se puede pensar en Dios en su función de juez escatológico que Mateo dice al final del párrafo paralelo al citado más arriba de Marcos: «Ya empuña el bieldo para aventar su era: trigo lo reunirá en el granero, la paja la quemará en un fuego que no se apaga» (3,12; cf. Is 66,24). Incluso se puede relacionar el bautismo escatológico con el Espíritu, según Marcos, con la actuación de Dios en los tiempos finales de la historia. A pesar de esto, no parece que Juan piense en Dios, simplemente por lo que dice a continuación sobre su indignidad de desatarle la correa de las sandalias, además de que no parece necesario designar a Dios como «más fuerte que él». La frase conduce y se orienta hacia alguien que pertenece a su ámbito histórico, aunque sea más poderoso. Se puede añadir que la pregunta que hace el Bautista por medio de sus discípulos, si es Jesús el que ha de venir (Mt 11,3), excluye la referencia a Dios. El sentido de la frase citada indica el convencimiento de Juan de que alguien, más decisivo que él en la historia de la salvación, actuará esta salvación después de su bautismo.
Por eso, la imagen de que no tiene derecho a desatarle las correas de las sandalias (Marcos/Lucas), o llevarle las sandalias (Mateo), ahondan la distancia entre Juan y el que ha de venir, «el más fuerte», y sugieren que él no es digno para realizar la función que tiene encomendada Dios al que enviará en un futuro. Aunque esta imagen de servidumbre que implica el desatar las sandalias puede significar también la del nuevo esposo, que, según la ley del levirato, adquiere la viuda cuando el hermano de su marido difunto no la quiere tomar por esposa y darle un hijo para perpetuar su nombre. Es entonces cuando el pariente más cercano toma las sandalias del hermano del difunto para desposarse con su mujer. El gesto es el contrato de cambio y símbolo del derecho que da el poner los pies en una nueva tierra. En este caso, la antigua alianza, la que ha tenido al Señor y a Israel desposados, queda anulada, y Juan abre un nuevo camino, por mucho tiempo anunciado, en el que se encontrarán definitivamente Dios y el hombre por medio de la presencia de alguien que ha tomado las sandalias para desposar a un nuevo pueblo con el que realmente se dé la fidelidad y amor mutuo, y que antes no se dio entre el Señor e Israel por la infidelidad de éste. En esta alianza se acentuará el perdón de los pecados por voluntad divina (Ez 36,25), la retribución personal por la responsabilidad individual de los actos (Ez 14,12), la exclusión de una religiosidad externa, acentuando una relación con Dios por la hondura del corazón, sin descuidar la fidelidad a la ley y una presencia de Dios que se palpará en laS buenas cosechas y en la paz de Israel.
Los bautizados con agua por Juan, que serán desposados con el que enviará el Señor, también tendrán la oportunidad de que, el que viene, les bautice «con Espíritu Santo». Esta dimensión escatológica del Espíritu anunciada desde antiguo como un don mesiánico, y que está en el ambiente de Juan, se ha descrito como aliento de Dios para expresar su fuerza, o como una lluvia que empapa la tierra y una aspersión que moja por entero al hombre y que infunde la vida de Dios. Este Espíritu santo de Dios originará la renovación interior del hombre dando lugar a una nueva alianza o a una nueva situación del hombre ante Dios y ante los demás hombres. He aquí la descripción de Isaías: «Hasta que se derrame sobre vosotros un aliento de lo alto; entonces el desierto será un vergel, el vergel contará como un bosque, en el desierto morará la justicia, y el derecho habitará en el vergel, el efecto de la justicia será la paz, la función de la justicia, calma y tranquilidad perpetuas» (32,15-18). Por eso el bautismo de agua de Juan es sólo un preámbulo, o una sombra de lo definitivo, que dará más adelante alguien capacitado por el mismo Espíritu a fin de llevar a cabo la postrera renovación de Israel en sus mismas entrañas, y no una renovación superficial que pueda perderse, como tantas veces ha sucedido, ante cualquier obstáculo que encuentre.