La pregunta por Dios.
Experiencias límite y respuestas de fe.

Olegario González de Cardedal
por Pilar Sánchez Álvarez
Olegario González de Cardedal, además de ser reconocido como teólogo, fue miembro de la Comisión Teológica Internacional y ganador del premio de Teología Joseph Ratzinger, es académico de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. A estos méritos hay que añadir que fue pionero en escribir en los periódicos analizando los acontecimientos diarios desde una visión cristiana, convirtiendo sus artículos en verdaderos ensayos filosóficos, históricos, literarios y teológicos, y usando un lenguaje culto y a la vez asequible a los no iniciados en el estudio teológico.
El presente libro es fruto de largos años de investigación sobre Dios y el hombre, razón y fe, y la relación entre ambos. Este tema lo utilizó en la ponencia dictada en la Real Academia a la que pertenece de número, y también en sus últimos libros como Dios, en 2004, Dios en la ciudad, en 2013, o El hombre ante Dios, en 2014, y en numerosos artículos periodísticos. El libro está dividido en dos bloques, el primero titulado La razón, Preguntas del hombre, con dos capítulos y el segundo, la Fe. Don de Dios, también con dos capítulos, con unas páginas finales donde resume sus ideas sobre el tema. En el inicio hay cuatro citas de autores, filósofos y teólogos y la lectura de cada una de ellas muestra la clave de cada capítulo.
El primero hace un recorrido sobre las preguntas que el hombre se ha hecho sobre Dios en la civilización occidental, exponiendo que en un principio las hizo desde la metafísica, la teodicea, sobre la esencia y la existencia de Dios y, desde la Ilustración, las hizo desde la antropología, la filosofía de la religión, cambiando las preguntas anteriores por otras, tales como si ese Dios es necesario para el hombre, si lo limita, o lo ensancha, llegando a la conclusión de que Dios es la única garantía para que el ser prevalezca sobre la nada. No solo es cuestión de razón sino también de voluntad, de libertad y decisión, de forma que se puede afirmar que no hay Dios para quien no quiere que lo haya, etc. Todas estas reflexiones han ido acompañadas por los testimonios de fe y de oración, porque han sido elaboradas por creyentes que buscaban entender y dar razón de su propia fe. Siempre han existido unas preguntas primordiales sobre el todo, es decir, sobre el origen y el fin del hombre, el sentido de la vida y la salvación. Y a ellas han respondido los movimientos gnósticos, las religiones o la filosofía.
El segundo capítulo de la primera parte presenta las experiencias límites o trascendentales que al hombre afectan a su núcleo y a su destino. Son experiencias universales como el mal, el sufrimiento, la culpa o la muerte, pero también las positivas como el amor inesperado y gratuito, el perdón incondicional, la belleza, la dignidad moral… Ante ellas sus preguntas son de orden metafísico como es el asombro ante la realidad, el encuentro con el mal, que no sabe explicarlo pero que no se acostumbra a él, la marcha de la historia, hacia dónde va todo. Hay preguntas de orden existencial, como su hominización, su humanización y su personalización. González de Cardedal advierte que Dios no se sitúa al final de este camino de reflexión porque los hombres han creído en él al sentir la presencia, la llamada, los signos de un Absoluto Supremo Sagrado en su conciencia personal y han experimentado una exigencia moral. La fe es sentida sobre todo como resultado de audición, de obediencia, de respuesta, de versión del hombre a Dios saliendo de si mismo. Es una llamada de Dios a la que el hombre responde, fruto de libertad y amor, no por evidencia científica ni necesidad. Ciertos filósofos han argumentado que sin Dios el hombre sería más libre, sería mejor ciudadano y mejor persona, más feliz, pero si se analiza la historia se ve el error porque se quedan sin esperanza.
Las preguntas de orden histórico son sobre la escasez del tiempo vital que pueden llevar al vacío, a una existencia vana, pero también al anticipo de una promesa. Es cierto que estas experiencias no llevan al reconocimiento de Dios, pero da que pensar e incitan a buscarle, porque no hay demostraciones que obliguen a reconocer inexorablemente su existencia, pero el hombre tiene necesidad de luz y frente a ella puede ser fiel o pecar contra ella. El camino que lleva a conocerse a sí mismo lleva a Dios. También se hace preguntas sobre el vivir cotidiano, experiencias del espíritu como algo más que una parte de este mundo, experiencias de gracia que se sienten como personales pero que sin embargo abren a la oración y a las gracias a Dios. Dios se hace presente al hombre cuando quiere, en su propia conciencia, no solo en grandes acontecimientos, porque en el evangelio son los pobres de espíritu y los enfermos los que le reconocen y acogen a Jesús.
La segunda parte analiza la fe como don de Dios, y la presenta como luz y lumbre del alma. La fe es el don que Dios da al ser humano cuando se vuelve a él deseándole y pidiendo creer, aunque también la da a quien no le buscan. Al principio el bautismo era llamado iluminación y los cristianos los iluminados. Alumbrados para crear la luz a los demás, y esta se puede acabar por circunstancias de la vida. Entender la fe como luz es entenderla como liberación, purificación y dinamización de la voluntad, orientándolos hacia la Verdad, el Bien y la Belleza. Afirma el autor que actualmente en la fe se dan reducciones que empobrecen y también nueva formas de verla que la ensanchan. Entre las reducciones se explica la intelectualista, la individualista, o la antropocéntrica, pero también hoy se comprende la fe como un don de Dios, que hace al hombre libre en el amor. La fe es fruto de la convergencia de dos libertades, de Dios y del hombre; es suscitar gratitud, es encuentro, contacto, diálogo y experiencia, es una llamada de Dios desde la historia de Cristo. “La fe crea sus propios ojos para ver al Dios que ve al Hombre”.
El segundo capítulo de esta parte habla de la fe como tarea del hombre, como responsabilidad de mantener esa luz encendida, porque esa fe se convierte en esperanza que religa el mundo de los sentidos a lo que no es perceptible por ellos. Implica como tarea a la inteligencia y a la voluntad. En el cristianismo la fe siempre ha ido acompañada de la esperanza y la caridad, porque las tres se refieren al mismo Dios desde perspectivas distintas. La fe se refiere a él en cuanto su origen, la esperanza en cuanto a su futuro y la caridad en cuanto a su fundamento.
Termina proponiendo diez tesis que resumen todo su pensamiento: El hombre se encuentra en situaciones límites que suscitan la admiración y el asombro y se pregunta por Dios, estas preguntas se han realizado en toda la historia del hombre, condicionadas por la sociedad y por la cultura, brotadas de un exceso porque la realidad le desborda al pensar en su ser, en su origen y en su fin, sobre todo en situaciones límites tanto negativas como positivas. Ese Dios no es una cosa o una idea sino un ser personal, inaccesible pero misericordioso. La fe también ha existido desde siempre en la vida del hombre a la vez que la manifestación de Dios en la historia, un Dios que se da al hombre y lo busca, un Dios autorrevelación y auto-donación, que se puede hacer presente en acontecimientos de la vida cotidiana. Pero las preguntas sobre Dios no engendran por si solas la fe, porque esta es dada por Dios a la libertad del hombre, y esa llamada exige un seguimiento.
Este libro, pequeño en tamaño, rezuma una teología con un lenguaje propio, literario que deja al descubierto la formación filosófica del autor, su admiración a los poetas, y una fe “pensada y sudada”, así como una gran pedagogía. El autor siguiendo su línea muestra a Dios a partir del mundo, desde dentro de la sociedad y con palabras de hombre. Es un libro para leer y pensar, que abre al hombre hacia la interioridad e induce a buscar a Dios en la propia experiencia.
Salamanca, Ediciones Sígueme 2023, 126 pp., 12 x 19 cm.