JUAN BAUTISTA

Juan pertenece seguramente a una familia sacerdotal. Sin embargo los Evangelios lo sitúan alejado del templo predicando contra la corrupción social y religiosa que reina en el judaísmo de entonces. Juan vive en lugares alejados de los centros urbanos. Esto se indica con el término «desierto», que no necesariamente se entiende un lugar inhabitado y estéril, sino más bien un sitio distanciado de las grandes concentraciones humanas; es el lugar solitario que Jesús busca también para descansar e instruir a la gente y a los discípulos. Su indumentaria y alimentación son austeros, muy parecida a la de los nómadas del desierto. Juan lleva un vestido de piel de camello, para protegerse del calor durante el día y del frío por la noche, con un cinturón de cuero a su cintura, muy corriente en este tiempo; y se alimenta de langostas y miel silvestre.
Es posible que Juan forme parte del grupo de profetas que denuncian con su ejemplo una religiosidad equivocada por verse incapaz de restituir la libertad de Israel para ser el pueblo de Dios. En este tiempo, o en tiempos posteriores a Juan, escribe Josefo, se dan, además de los esenios, eremitas como Banus, que vive apartado de la gente con una austeridad muy parecida a la de Juan (cf. Autobiografía, 2,11), además de otros profetas que invitan al pueblo a la salvación por medio de la reproducción de ciertos sucesos de la historia de Israel, como el éxodo, la construcción de nuevo templo, etc. Todos intentan recrear las esperanzas judías de libertad y, por lo general, mueren a manos del poder constituido; es el estilo de muerte que encuentra Juan a manos de Herodes Antipas. El Tetrarca recibe las críticas del Bautista por su unión con la mujer de su hermanastro Herodes. Esto lleva a Antipas a separarse de su mujer, hija de Aretas IV, rey nabateo. Quizá esta circunstancia agrava las relaciones de Antipas con Aretas, siempre tensas por las constantes reivindicaciones mutuas que hacen sobre la línea fronteriza que separa sus territorios. De hecho, Aretas entabla una guerra contra Antipas, lo derrota, y lo hubiera arrasado a no ser por la inmediata intervención de Vitelio, legado romano de Siria.
Pero Josefo añade otra causa. Relata el miedo que tiene Antipas a la capacidad de persuasión y seguimiento masivo que tiene la palabra y vida del Bautista, temiendo la rebelión del pueblo contra él cuando Juan lo decidiese. Es cierto que el miedo a una sublevación del pueblo no viene de la directa predicación de Juan, cuya actividad es distinta a los revolucionarios Astronges, Simón y Judas, pero sus recomendaciones y llamadas a la conversión pueden provocar o suscitar el espíritu de libertad y autonomía que está siempre a flor de piel en buena parte del pueblo judío. «Entonces Juan, tras ser trasladado a la citada fortaleza de Maqueronte, fue ejecutado en ella» (Ant., 18,109-119).
La profecía de Juan es diferente a la de los grandes profetas del siglo VIII a.C., como Amós, Miqueas, Isaías y Oseas. Ellos buscaron una transformación en la vida de sus conciudadanos con una acentuada crítica social, con el rechazo a las alianzas políticas de sus jefes, y con un severo correctivo al sincretismo religioso y a la degradación de los servidores del culto, todo ello favorecido por los poderes políticos, económicos y religiosos de este tiempo. Lo que más bien proclama Juan es una intervención de Dios al final de los tiempos para abrir definitivamente la historia a unas nuevas posibilidades de vida que destierren el pecado, la muerte, la injusticia y la esclavitud. En este «final de los días», o en este «detrás de los días» se dará una situación en la que se inaugurarán «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Is 65,17) a partir de un juicio divino. El mundo nuevo entraña la paz/plenitud, es decir, poseer salud y una buena familia, un trabajo que dé de comer a todos, unas relaciones sociales en las que se cumpla dimensión pública de la persona y poder ir al templo para orar a Dios y ofrecerle sacrificios. En segundo lugar, la novedad de la vida nueva lleva consigo que Dios se abra al corazón humano para purificarlo, para salvarlo; y dialogue con el pueblo para que Israel sea fiel y cumpla la Alianza. Por último, que se experimente la amistad, las relaciones interpersonales y comunitarias para que la persona alcance su plenitud en el amor y consideración de los valores de los demás. Son el contenido de la promesa y de la esperanza que anida desde hace mucho tiempo en Israel. Pero esta vez se llevará a cabo con una intervención personal del Señor, que rehará la existencia humana y la del cosmos con la consiguiente novedad que supone la presencia de la gloria divina en la creación.
Juan actúa, más o menos, dentro de este marco, es decir, bajo la certeza del «día del Señor», que en su voz se transforma en la ira inminente de Dios; de la santidad de Dios que reacciona ante la infidelidad de su pueblo, y con ciertos tonos apocalípticos muy evidentes en el texto citado del documento «Q». Juan está convencido de que, definitivamente, «llega implacable el día del Señor, su cólera y el estallido de su ira, para dejar la tierra desolada exterminando de ella a los pecadores» (Is 13,9). La pretensión de Juan es que la gente tome conciencia de su pecado, pueda descubrir a Dios y encontrarse con Él también de una forma amigable y misericordiosa. Las diatribas lanzadas por el Profeta intentan provocar una conversión que, por una parte, alcance al individuo, al pueblo y a toda la humanidad; y, por otra, suponga en el creyente un cambio de corazón, de toda la interioridad humana y que se exprese en la conducta. Se hace referencia al término vuelta, retorno al camino de Dios, que jamás se debió abandonar. Alcanza, pues, lo más profundo de la persona y va más allá de toda práctica religiosa. La expresión externa del arrepentimiento es el bautismo que ofrece. De ahí su nombre de el Bautista.
Jesús coincide con el Bautista en proclamar la situación de infidelidad en la que se encuentra Israel, dirigido por unas autoridades religiosas que, en connivencia con los poderes económicos y políticos, impiden una relación entre los creyentes y el Señor, sobre todo según las tradiciones proféticas. Por fin Dios anuncia una intervención definitiva sobre el Pueblo, que ve acercarse su fin. Ante tal estado de cosas, es necesaria una conversión urgente, un cambio de rumbo en la vida, pues el Señor no está dispuesto a rehacer una y otra vez su Alianza y conceder el perdón de una forma permanente e ilimitada. La predicación de Juan y la práctica del bautismo como signo de conversión, es aceptado por Jesús en su conjunto.
Entonces «… fue bautizado por Juan en el Jordán» (Mc 1,9). El hecho significa que Jesús acepta el sentido que Juan le está dando al bautismo, es decir, de integrarse en el grupo de israelitas que esperan la salvación y que supone un arrepentimiento de los pecados como alternativa a los ritos propuestos por la religión oficial. Estos ritos oficiales se orientan a admitir la situación social tal y como es defendida por los poderes fácticos, donde la práctica religiosa es una pieza clave para dicha estabilidad.
La aceptación de Jesús de la propuesta de Juan la cambia con el tiempo. De hecho, los discípulos de Jesús colocan en el bautismo la experiencia que Jesús tiene de Dios. Esta experiencia le hace alejarse de la propuesta de Juan y caminar por los nuevos senderos que Dios le señala. «En cuanto salió del agua, vio que los cielos se rasgaban y el Espíritu bajando sobre él como una paloma» (Mc 1,10). Salido de las aguas, Jesús ve al instante que los cielos se rasgan. En esta experiencia personal comprende que Dios se le comunica bajando de su propia gloria, como él mismo acaba de salir del río Jordán, o subir del agua, provocándose el encuentro mutuo en la historia. Dios ha encontrado a alguien disponible a quien entregarse plena y personalmente y preparado para que le obedezca. Y lo experimenta Jesús de una forma plástica: viene del cielo como desciende una paloma hacia su nido o hacia su cebadero. A continuación pasa Jesús del ver al oír: «Se oyó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto» (Mc 1,11). Dios se dirige a Jesús como su Padre; se relaciona con la cercanía y amor que colma la vida de Jesús, lo cual le señala como Hijo único, el amado, el predilecto.
La alegría divina de haber encontrado a alguien que le responda a su amor y realice la tarea que tantas veces ha encomendado a Israel, se fundamenta en que va a instaurar la justicia y el derecho en todo el mundo, y con el testimonio de una mansedumbre que es capaz de ofrecer su vida por todos. La declaración divina puede entenderse como una llamada que hace Dios a Jesús. Y es una llamada para que cumpla su voluntad con un estilo muy diverso de aquel que pregona la gloria y el poder para su enviado, según señalan las tradiciones. Es lo que más tarde concreta Marcos para los seguidores de Jesús: «Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Quien se empeñe en salvar su vida, la perderá: quien la pierda por mí y por la buena noticia, la salvará» (Mc 8,34-35). Todo justo debe una obediencia humana al orden establecido por Dios. La obediencia de Jesús a Dios, no sólo es la del justo, sino también la que expresa su entrega hasta el límite de sus fuerzas exigida por el Padre a su condición filial histórica.
No se sabe con certeza cuándo surge en Jesús la experiencia de su peculiar filiación divina y la posesión del Espíritu con el que desarrolla la proclamación del Reino. La tradición cristiana coloca esta conciencia de Jesús en el bautismo por Juan, donde Dios le revela su identidad y misión. Esto significa el preámbulo de su actividad pública y, por consiguiente, un cambio trascendental de su vida, que su familia no ha presentido a lo largo de su convivencia doméstica. Y se observa cuando Jesús vuelve a su pueblo después de un primer contacto con la muchedumbre, a la que anuncia el Reino con unos hechos sorprendentes, y «fue predicando y expulsando demonios en sus sinagogas por toda la Galilea» (Mc 1,39). Entonces sus parientes intentan recogerlo y conducirlo a casa, porque piensan que ha perdido la cabeza. La extrañeza de su familia ante su conversión, que le hace pasar de una persona anónima a otra deseada por la gente, porque en dicha transformación radical de su vida manifiesta a Dios de una forma nueva en medio de la historia, también lleva a exclamar a sus paisanos: «¿De dónde saca éste todo eso? y ¿qué clase de saber se le ha dado, que tales milagros realiza con sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago y José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas? Y esto lo sentían como un obstáculo» (Mc 6,2-3).
En cualquier caso, es probable que Jesús esté un tiempo con Juan. El relato de la vocación de los primeros discípulos del evangelio de Juan así lo supone. Jesús está cerca de «Betania, junto al Jordán, donde Juan bautizaba» (Jn 1,28). Está, pues, fuera de su contexto familiar y de su trabajo. Sucede que dos discípulos de Juan, Andrés y Felipe, dejan al maestro y siguen a Jesús, lo que sugiere que éste los conoce, porque también forman parte del entorno de Juan cuando él emprende un nuevo camino. Este conocimiento previo que tiene Jesús de sus discípulos, donde es posible que todos estén a la espera de la intervención divina anunciada por el Bautista, explica la llamada drástica al seguimiento sin mediar diálogo alguno como se narra en los Evangelios (Mc 1,16-20). Por otra parte, Jesús aparece bautizando con sus discípulos: «… Jesús con sus discípulos se dirigió a Judea; allí se quedó con ellos y se puso a bautizar» (Jn 3,22; cf. 4,1). Se deduce, junto con el ser bautizado por Juan, su estancia por un tiempo con el Bautista, y se explica que él siga con la práctica bautismal de su maestro.
Jesús permanece un tiempo con Juan después de recibir su bautismo. Conservamos lo que Jesús piensa de Juan. Lo dice cuando comienza a predicar del Reino en Galilea. Es entonces cuando Juan envía a sus discípulos con este recado: «¿Eres tú el que había de venir, o tenemos que esperar a otro? [… Jesús] les respondió: Id a informar a Juan lo que habéis visto y oído: ciegos recobran la vista, cojos caminan, leprosos quedan limpios, sordos oyen, muertos resucitan, pobres reciben la buena noticia. Y dichoso el que no tropieza por mi causa»(Lc 7,18-23). Al interrogante, por la lógica duda de Juan, responde Jesús con las señales que han dado los profetas sobre los tiempos finales cuando el Señor se decidirá definitivamente a salvar a su pueblo y a emprender el éxodo final con situaciones bien patentes de liberación: la vida para los muertos; el oído, la vista y el alimento para los sordos, los ciegos y los pobres; la autonomía y el habla para los paralíticos y los mudos; y sobre todo la buena nueva a los pobres.
El mensaje esperanzador de Jesús y el éxito que encuentra en los inicios de su proclamación caminan hacia su verdadera meta nacida de su experiencia de Dios: «… para dar la buena noticia a los que sufren» (Is 61,1), porque el Espíritu santo del Señor se ha derramado sobre él (Is 11,2; cf. Lc 4,18-19). Este convencimiento de Jesús sobre su elección divina y el lugar prominente que ocupa en la economía salvadora diseñada por Dios para Israel hace que invite a Juan a admitirle como el enviado divino anunciado y cambie de postura de probable perplejidad y sorpresa.
Sin embargo, no hay respuesta alguna de Juan, y menos en un sentido positivo, es decir, que crea que Jesús es el que él ha anunciado como el «más fuerte» y el que «bautizará con Espíritu santo». Que se mantengan los discípulos de Juan en la era cristiana, es un indicio de la no aceptación por parte de Juan de las pruebas de Jesús. Otra vez más un profeta no ve cumplidos sus designios a lo largo de su existencia, aunque, en este caso, haya tenido la posibilidad de admitir a Jesús como el enviado del Señor por el testimonio de los dos testigos escogidos entre sus discípulos y la prueba de los milagros en favor de los pobres.
Una vez que se marchan los discípulos de Juan, es cuando Jesús se dirige a la gente ofreciendo su personal testimonio sobre el Bautista. Es importante reseñar esta opinión de Jesús, porque ayuda a perfilar la misión de Juan dentro del contexto de la historia de la salvación. «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto?, ¿una caña sacudida por el viento? ¿Qué salisteis a ver?, ¿un hombre elegantemente vestido? Mirad, los que visten con elegancia y disfrutan de comodidades habitan en palacios reales» (Lc 7,24-25). Jesús ratifica la percepción que de Juan tiene todo el pueblo, y que expresa lo descrito sobre su género de vida. La austeridad de Juan ante su convencimiento sobre la cercanía del día del Señor le configura como un personaje diametralmente opuesto a la debilidad de las cañas situadas a las orillas del Jordán en su recorrido cercano al desierto de Judea. Las cañas simbolizan la veleidad y frivolidad de ciertos personajes, o de algunos ambientes humanos e instituciones corrompidas. La aureola de sobriedad y de penitencia que caracterizan a Juan contrastan con el relajamiento que suele darse en la vida de los reyes y sus cortes, donde se mezclan la ambición y el lujo refinado que raya en el afeminamiento. Este mundo, cuyo exponente bien puede ser Herodes y su gente, y que ha encerrado a Juan en la cárcel privándole de su libertad, es el llamado a desaparecer en el momento y espacio de Dios que se avecina, por reducir al hombre a la auténtica esclavitud.
Pero Jesús amplía el horizonte de Juan más allá de la crítica severa a la vía infructuosa que recorre Herodes, ratificando la existencia valiosa del Bautista. «Entonces ¿qué salisteis a ver?, ¿un profeta? Os digo que sí, y más que profeta […] Os digo que entre los nacidos de mujer ninguno es más grande que Juan»(Lc 7,28; Mt 11,9-11). Jesús eleva a Juan a la más alta categoría de la economía salvadora. Su llamada y misión encomendadas por Dios no tienen parangón con ninguno de los profetas anteriores, tanto en Israel como en otros posibles ámbitos dentro de la humanidad. Él se inscribe en la cima de la dignidad humana y profética.
A pesar de todo esto, Juan se queda en el umbral del nuevo tiempo que inaugura Dios con la presencia en la historia de su enviado: «Y, sin embargo, el último en el reino de Dios es mayor que él» (Lc 7,28). Juan experimenta lo que le sucedió a Moisés, que, avistando la tierra prometida, no entra ni disfruta de ella, permaneciendo en la periferia. Esta nueva etapa histórica que inaugura una nueva presencia de Dios, la de su Reinado, es otra cosa muy diversa de lo acontecido hasta ahora. Así, los que siguen a Jesús, los más pequeños, es decir, cualquiera que pertenezca al ámbito del Reinado, se coloca en un espacio nuevo jamás alcanzado en las anteriores etapas de la salvación. Por esto, y en la opinión del pueblo, Juan se entiende como el riguroso asceta, que ni se pliega a los poderosos ni es seducido por la riqueza, dando un mensaje de penitencia y conversión ante el «día del Señor» que está al llegar, y, con ello, intenta rescatar a los hombres de la aniquilación final.
Por el contrario, y en el mismo tiempo, Jesús, perteneciente al mundo nuevo del Reinado, participa la alegre noticia del amor misericordioso de Dios a los marginados y pecadores en medio de sus labores y problemas cotidianos. De ahí que no sea extraño que los celosos de la fe judía proclamen: «Vino Juan el Bautista, que ni comía pan ni bebía vino, y decís: Está endemoniado. Vino este hombre, que come y bebe, y decís: Mirad que comilón y bebedor, amigo de recaudadores y de pecadores» (Lc 7,33-34). Sin embargo, Dios continúa su plan de salvación, a pesar de todos los obstáculos humanos, con la predicación exigente de Juan y las obras asombrosas de Jesús. Y muchos creyentes reciben sus bautismos (Jn 3,22; 4,1) y aceptan y cumplen sus mensajes (Mc 1,22.32).
En definitiva, este mundo diseñado con brevedad configura la actividad previa a la actuación pública de Jesús, en la cual, y supuesta la experiencia divina y la recepción del Espíritu, imprime una nueva dimensión que no tiene cabida en la estructura del mensaje de Juan y sus discípulos. Es probable que esté un tiempo orando en soledad. Aquí medita sobre la misión futura que Dios le ha encomendado y de alguna manera siente, como en el huerto de los olivos, cierta resistencia al plan que Dios ha trazado para su vida.
Después, Jesús emprende su propio camino con la misma práctica bautismal de Juan. Seguido por algunos discípulos del Bautista, regresa a su región de Galilea, y no a Nazaret, su patria chica, ni al desierto, como Juan. Galilea está llena de gente sencilla dedicada a la agricultura, a la ganadería y a la pesca. Aquí ha pasado su vida y ha trabajado hasta su encuentro con Juan. Tiene Jesús unos 33 o 34 años, se cumple aproximadamente el año 28 de la era cristiana y el 782 de la fundación de Roma.